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Karina Sainz Borgo

La Polaroid

El problema no es Màxim, son los huesos de Cervantes

El problema no es Màxim Huerta, sino lo que su elección como ministro de Cultura y Deportes significa. Ese gesto, entre frívolo y desaliñado, retrata bastante bien al Pedro Sánchez que conocíamos de antes, no el de esta semana. Esta elección es el ramalazo del candidato cosmético que ya arrancó la campaña electoral desde La Moncloa 

Màxim Huerta, nuevo ministro de Cultura en el traspaso de cartera.
Màxim Huerta, nuevo ministro de Cultura en el traspaso de cartera. Tere García

Dijo Marca España en su toma de posesión. Para ser ministro de la era Pedro Sánchez pinta mal que en sus primeras palabras como titular de Cultura y Deportes Màxim Huerta echara mano de un eufemismo patentado por los populares en 2012. Ése, justo ese: Marca España. Así se llamó a la campaña de reputación creada por Mariano Rajoy nada más llegar al gobiernoMargallo, entonces canciller, firmó el Real Decreto-. Un invento que travestía la creación y el conocimiento en promoción turística y lobby. La cultura abaratada, entendida sólo como fasto y adorno. Para entendernos y por si no queda claro: algo del tipo la errata de Segismunda por Sigismunda en la tumba de Cervantes donde enterraron, a toda prisa, unos huesos que a nadie importaron durante cuatrocientos años. Porque así se despidió Ana Botella de la Alcaldía de Madrid, en 2015. Así. 

Preocupa, pues, que el nuevo ministro de la cartera más golpeada y vejada en los últimos seis años echara mano del latiguillo que usó José Ignacio Wert para azotarle el lomo a la cultura, sin enseñarle jamás ni la viruta de una zanahoria. Porque ni eso le dio. Así empezamos con Màxim Huerta: con el topicazo de quien al momento de elogiar la cultura habla de ésta como quien promociona pisos en primera línea de playa. El batiburrillo de lo propio. "Lo vas a pasar muy bien", le dijo su predecesor Íñigo Méndez de Vigo al pizpireto escritor de libros amables ahora convertido -incluso puede que sin ser él consciente de eso- en fichaje estrafalario del dream team con el que Pedro Sánchez ha dado inicio a la que será la campaña electoral más larga que se haya hecho desde La Moncloa.

Lo vas a pasar muy bien", le dijo su predecesor Íñigo Méndez de Vigo al pizpireto escritor de libros amables convertido ahora en fichaje estrafalario

Si los anteriores lo han hecho tan mal, démosle una oportunidad a él, dicen sus colegas periodistas. Claro, experimentemos -eso no lo dirían si fuera el Banco de España-. Así han salido al paso muchos compañeros de profesión del ministro para frenar en seco a quienes han mostrado sus dudas ante un nombramiento que parece un manchón vulgar en el gabinete de ensueño de Pedro Sánchez. Corporativismo en banda. ¡A Màxim, al buen Màxim, ni con el pétalo de un prejuicio! ¡Que él es lector, y le gusta escribir, y es sensible y magnífica persona!, aducen como quien asegura que su madre tiene sensibilidad artística porque pinta al óleo. Ya habría querido el también tertuliano José Ignacio Wert una cuadrilla así para defenderse de quienes lo esperaron, hacha en mano, como suele hacer la prensa cultural más o menos responsable con quien no trae perfil gestor o programa claro bajo el brazo. Con el hacha esperaron a Wert. Y a Ángeles González-Sinde. Y al mismísimo Méndez de Vigo. Pero al buen Màxim, no. A ése no.

Para ser ministro de Cultura no basta con ser buena persona, ni la mucha ilusión, tampoco las aptitudes lectoras desde el parvulario o el legajo de composiciones infantiles que barruntaban la precoz vocación literaria, ni siquiera  la conversión del tertuliano de Ana Rosa en novelista que se retira a escribir cartas a sí mismo. Nada de eso basta para ser ministro de Cultura. Ni siquiera ser un premio Primavera o la membresía del club de fans de Ana María Matute. Nada de eso es suficiente para designar un secretario de Estado que pueda aguantarle el ritmo a Eduardo Maura en la Comisión de Cultura del Congreso o que sea capaz de resolver una ley de Mecenazgo a medias o una reforma fiscal con exenciones para el cine aun por emprender, por sólo mencionar algunas cosas a las que el buen Màxim tendrá que hacer frente, ahora como ministro de Cultura y Deportes, sí: la una y la otra, aunque le dé mucho vértigo la primera y demasiada pereza la segunda. Es además antitaurino, y ha de serlo hasta los tuétanos, como para no mencionar la tauromaquia entre las áreas que competen a su cartera el día en que tomó posesión del cargo. 

Para ser ministro de Cultura no basta con ser lector o escribir poemas desde el parvulario, ni siquiera la membresía del club de fans de Ana María Matute

Hace unos días, un perfil publicado en el diario El País se refería a Màxim Huerta como el ministro afrancesado. Aludiría, claro, a sus debilidades parisinas -escribió su novela No me dejes en las terrazas de Les Deux Magots, Brasserie Lipp y el Café de Flore-, que ha hecho manifiestas en las páginas de La parte escondida del iceberg –entre otras de sus historias-. Incluso, la expresión algo tendría que ver con el espíritu ilustrado de un periodista curioso y ávido de nuevos territorios que dejó atrás Mediaset para buscar su voz literaria; muy bien por él. El afrancesamiento le llegará hasta ahí, porque dista mucho el valenciano de ser la Françoise Nyssen del gabinete de Macron. Y ya por ponernos a comparar, y aunque en su toma de posesión le diera por citar a André Malraux, dista mucho Màxim Huerta del Jorge Semprún que consiguió la firma del acuerdo con el barón Thyssen para la creación del museo o del Carlos Barral diputado que peleó por la legislación editorial.

El problema no es Màxim Huerta, sino lo que  su elección como ministro significa. Ese gesto, entre frívolo y desaliñado, retrata bastante bien al Pedro Sánchez que conocíamos de antes, no el de esta semana, sino el que daba bandazos en función de un único eje: su supervivencia política. Esta elección es el ramalazo del candidato cosmético. De quien también entiende aquello de la cultura como un departamento de asuntos pintorescos. Esa cosa que pasa cuando vas a la alfombra roja de los Goya o se entrega el Cervantes. Eso que unos llamaron Marca España. La cultura como área blanda, contenedor de lo ornamental al que van a parar los restos y que puede mezclarse, aunque nada tenga que ver, con Deporte. El problema no es Màxim Huerta sino el síntoma de su nombramiento. Lo que quiso hacer Sánchez: animar el cotarro pues, plantándole una figura mediática y dejándola huérfana de verdaderos gestores. Quedarnos solos. Quedarnos en los huesos. Sean los de Cervantes o los nuestros. Los fastos, pues. El adorno. La poca cosa.



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