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Opinión

El príncipe y los 700

El príncipe heredero de Arabia Saudí se ha hecho acompañar de un séquito de 700 personas, o sea, nueve centurias de una legión romana. Se han ganado guerras con menos gente

Su Alteza Real Mohammed Bin Salman Bin Abdulaziz Al Saud,
Su Alteza Real Mohammed Bin Salman Bin Abdulaziz Al Saud, EFE

Cuando yo era mozo, allá por los primeros tiempos del Imperio, Roma tenía un problema muy molesto que se llamaba Herodes. El asunto era complicado porque nadie sabía, en realidad, cuántos Herodes había. Estaba Herodes el Grande, sí, pero luego iban y venían Herodes Arquelao, Herodes Antipas, Herodes Agripa primero y segundo (el primero fue muy amigo de mi señorito Claudio, el emperador), Herodes Filipo también primero y segundo, Herodes de Calcis y por ahí seguido hasta la extenuación; había más Herodes que en Cataluña hay Jordis. Todos eran más o menos reyes, reyezuelos, príncipes, principastros (o lo que fuese) de Judea, un remoto secarral cercano a Siria lleno de gente extraña, muy quisquillosa, de pésimo carácter y con la habilidad de causar tremendos dolores de cabeza a todo el que se les acercase, singularmente a los romanos.

No nos tragaban, pero casi toda aquella multitud de Herodes pasó por Roma y dejaron clara una cosa: lo mejor era no fiarse de ellos, porque se empeñaban en mostrarse muy amables y refinados pero tenían una predisposición casi genética para la traición: antes o después te la jugaban. Y sobre todo no había que ponerse a discutir con ellos, porque inmediatamente empezaban a hablar de su dios: un tipo verdaderamente extraño que no tenía imagen, que tampoco tenía nombre y tan presuntuoso que pretendía ser no ya el mejor o más poderosos de los dioses (eso se decía de muchos de ellos), sino el único dios; naturalmente, eso era una seria falta de respeto en un sitio como la Roma de mi tiempo, en la que había cientos de dioses traídos de todas partes y nadie se molestaba por eso.

La familia Saud, musulmanes wahabitas, tienen de los derechos humanos la misma opinión que Herodes tenía de la microbiología

Nunca llegué a entender por qué nuestros gobernantes, desde Augusto, hacían tanto caso de aquellos pelmazos. No tenían un duro, no tenían petróleo (tampoco les habría servido de mucho en aquella época) y lo único que causaban eran dificultades.

Me acuerdo del enjambre de los Herodes ahora que ha visitado España el (de momento) príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán. Arabia es el único país del mundo que pertenece a una sola familia, los Saud. No tienen más ley que su religión: una manera fanática de entender el islam llamada wahabismo, que está en el torrente sanguíneo de todas las variedades del terrorismo islámico que hay en el mundo. Desde el punto de vista ético y político son gente todavía menos recomendable que nuestros Herodes, pero el príncipe Mohamed terminaba en Madrid un viaje que comenzó en Estados Unidos y continuó por Francia: en ambos países le han hecho todas las zalamerías posibles y le han adulado hasta el almíbar, lo mismo que aquí, por una sola razón: con él llegaba un río de oro. Negro, pero oro. No hay ningún otro motivo.

El príncipe ha sido agasajado por nuestros reyes, por el jefe del Gobierno y por todos los ministros disponibles. Se ha alojado en el palacio de El Pardo, que se reserva a las visitas de máximo prestigio. Para él se convocó un inmenso almuerzo en el que estuvieron presentes todos los querubines, serafines, tronos y dominaciones del empresariado español; del mundo oficial solo faltó Cristina Cifuentes, que sigue atareadísima buscando por los altillos y los armarios el trabajo del fin de su máster (no lo encuentra). ¿El motivo? El contrato por 2.000 millones de euros para la fabricación de cinco barcos de guerra, lo cual devolverá la vida al astillero Navantia y dará trabajo a miles de personas. Eso y otras sabrosísimas sinecuras empresariales.

Cuando quieren meterse con la Corona, nuestros republicanos a la violeta le echan en cara su buena relación con la familia Saud, que tiene de los derechos humanos la misma opinión que aquellos Herodes de antaño tenían de la microbiología: no es algo que les preocupe especialmente. Pero es evidente que esa actitud es la misma que mantienen desde hace décadas los franceses, los norteamericanos y cualquier hijo de vecino a quien visiten los saudíes, porque dos mil millones de euros son muchos euros y anestesian la sensibilidad de muchas narices.

El verdadero motivo de que se permita conducir a las mujeres es acabar con la carga económica que representan los taxistas filipinos, una multitud a la que los árabes apenas consideran seres humanos

Hay quien trata de vender a este visitante como un sabio y honesto Marco Aurelio que mandó encarcelar a once príncipes de su familia, por corrupción, en noviembre pasado. No se añade, sin embargo, que lo que en realidad pretendía era asegurar su ya enorme poder y eliminar estorbos en su camino hacia el trono. Y tampoco se dice que la familia real saudí es tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del desierto: hay más príncipes saudíes que Herodes. Son cientos. Tan sólo el abuelo de este señor tuvo (como mínimo) 37 hijos de 22 esposas distintas, y seis de esos hijos fueron reyes del país. También se asegura que la teocracia saudí está mejorando mucho en su consideración hacia las mujeres, porque ya se les permite conducir. Tampoco es así: el verdadero motivo es acabar con la carga económica que representan los taxistas filipinos, una multitud a la que los árabes apenas consideran seres humanos (inferiores en la escala social a las propias mujeres) pero que cobran por su trabajo. Son tantos que el régimen prefiere dejar que las mujeres se sienten al volante antes que seguir pagando a los despreciables taxistas.

Lo que me asombra es que este príncipe ha visitado tres países haciéndose acompañar de un séquito de 700 personas. Eso no es un séquito: son nueve centurias de una legión romana. Se han ganado guerras con menos gente. Los 700 sirvientes han ocupado los mejores hoteles de Madrid; entre ellos el Villa Magna, que multiplicó por diez el precio de sus habitaciones. Pero las preguntas que me inquietan son estas: ¿Sabrá el príncipe cómo se llama cada uno? Y, sobre todo, ¿qué hacen? ¿Cuál es la función de cada cual en el servicio a su Alteza? Imaginen ustedes que el príncipe pide un té. ¿Habrá uno que encienda el fuego, otro que traiga el agua, otro el cazo, otro la bolsita, otro la taza, otro la cucharilla y así hasta justificar quince o veinte nóminas (sin contar al del azúcar)?

Pero dejémonos de tonterías. Son dos mil millones de euros. No hay nada más que hablar.



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