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Miquel Giménez

Opinión

Cuando pretendes dirigir un país desde la cárcel o el extranjero

El expresident de la Generalitat Carles Puigdemont en una imagen de archivo
El expresident de la Generalitat Carles Puigdemont en una imagen de archivo Efe/ Ricardo Ramírez

El congreso del PDeCAT es harto singular por lo que de ajuste de cuentas tiene. Hablar de sectores ideológicamente opuestos en la ex Convergencia sería simplificar demasiado el asunto. Aquí lo que se ventila es un asunto de nombres y apellidos.

Un error clásico

En tiempos de Franco, curiosamente tan de moda, la oposición al Régimen podía dividirse en dos: la que operaba clandestinamente en el interior y la que actuaba desde el exterior. En el caso de los anarquistas, el grupo de exiliados de Toulouse nunca acabó de entender muy bien lo que hacían los –pocos– cenetistas que estaban en territorio nacional. Aquellas personas conservadoras, porque el anarquismo de toda la vida lo es, torcían el gesto al ver unos melenudos con “sus” banderas de la FAI mientras reivindicaban el consumo de drogas, el amor libre o la libertad sexual sin referirse para nada al comunismo libertario, la colectivización o la organización social en base a la federación. Debían pensar, como el clásico, “No es esto, no es esto”. Posiblemente, tenían razón.

En el PCE, el partido con mayor estructura durante el franquismo al disponer de poderosos medios económicos vía URSS, las diferencias entre la militancia en suelo español y el Comité Central, que estaba fuera, eran durísimas. Lo del centralismo democrático nunca ha encajado muy bien en nuestra forma de ser. Recordemos el caso Grimau, sin entrar en mayores detalles, para comprobar hasta qué punto el Politburó podía enviar a sus dirigentes hacia una muerte segura.

Con el PSOE es harto sabido como acabó la pugna entre los viejos socialistas y la nueva generación: defenestración de Llopis y su gente, masones, republicanos a la antigua usanza, mal vistos por el establishment de la Internacional Socialista, y triunfo rotundo en Suresnes de los del interior, léase Felipe González, Alfonso Guerra y Luis Solana, modernos, abiertos, pactistas, opuestos a la orden del compás y la escuadra a más no poder y patrocinados por Willy Brandt. En la batalla entre quien está en el ajo y quien se lo mira desde la barrera acaba ganando el primero, salvo excepciones como De Gaulle, pero esa es otra historia.

En las últimas horas hemos visto aumentar el nivel de tensión en el mundo separatista. El presidente del Parlament acusa a Junts per Catalunya de mentir para desgastar a Esquerra"

A los separatistas les está pasando, salvando las distancias, que son muchísimas, lo mismo. Quienes están en la cárcel o en el extranjero pretenden arrogarse la potestad de saber mejor que nadie qué pasa en Cataluña, qué dice la calle, qué opina el personal. Intentan dictar el rumbo de la política de manera, en ocasiones, autoritaria, sin derecho a réplica. Cuando se ha perdido el poder real, los egos se disparan. El problema radica en que, si tienes que basar tus análisis en lo que le cuentan, una de dos, o se dispone de una buena red de informantes o acabas equivocándote en el diagnóstico. Seguramente a Oriol Junqueras le llegan datos más fidedignos que a Carles Puigdemont, aunque solo sea porque el primero exige veracidad mientras que el segundo solo quiere escuchar lo que le interesa. Sea como fuere, el debate congresual neo convergente va a pivotar sobre la figura del expresident, que pretende seguir siendo el único e indiscutible eje alrededor del que pivote toda la vida pública catalana.

Desde Alemania, Puigdemont ha lanzado numerosos ukases a su partido, hasta ahora, el PDECAT. Y también hasta ahora éstos le han hecho más o menos caso, pasando por alto e incluso justificando sus ocurrencias, sus gazapos, sus errores. Lo último es la pretensión de que el partido se sume a la Crida puigdemontiana, con intención de que se disuelva en la misma. Y dirigentes como Marta Pascal han dicho basta. Convergencia ha pasado ya por demasiadas mutaciones, por lo que es lógica su resistencia a cambiar de piel otra vez.

Aun y así, la dirigente neoconver ha acudido a la cárcel de Lledoners a intentar un último esfuerzo. Quería pactar una lista de consenso entre los irreductibles del cesado y los suyos, los moderados. La gestión no ha dado frutos. En la sesión del congreso de este viernes, ni el propio Artur Mas le ha brindado su apoyo para que siga el frente del partido. ¿Están condenados los neoconvers al hara kiri político? ¿Abandonarán al sector moderado de Pascal para entregarse en brazos del radicalismo? Puigdemont ha lanzado su envite, o César o nada.

¿Qué pasaría si el nacionalismo de derechas se rompe?

En las últimas horas hemos visto aumentar el nivel de tensión en el mundo separatista. Roger Torrent, presidente del Parlament, acusa a Junts per Catalunya de mentir para desgastar a Esquerra. El portavoz de los neoconvers, Eduard Pujol, ataca duramente a los de Junqueras, acusándolos de pretender blanquear al socialismo del 155. Puigdemont amenaza con dejar el PDECAT si Marta Pascal sigue al frente del partido. Sergi Sabriá, portavoz de Esquerra en el Parlament, denuncia que lo que está sucediendo es gravísimo. En suma, estamos asistiendo a un iceberg emergiendo con total furia, un iceberg de discordias y viejos rencores sumergido gracias a la hipocresía de los dirigentes separatistas y, no en menor medida, a la complicidad de los medios de comunicación afines al régimen del 1-O.

Puigdemont se ocupa solamente de sus cuentas con la justicia y de consolidar su posición en lo político y en lo económico, que la vida está carísima por esas Europas de Dios"

La dialéctica entre Esquerra y Junts per Catalunya, entre Junqueras y Puigdemont, entre los que desean un independentismo posibilista y los que se mantienen en un o todo o nada tenía que acabar estallado. Y lo ha hecho. En el congreso del PDECAT se palpa esa disyuntiva. Los hay que desearían a un Puigdemont investido president para volver a una república de incierto desarrollo y fatal destino, frente a los que se han dado cuenta de que el fracaso del proceso, torpemente ejecutado y peor asumido por parte de sus protagonistas, no les deja otra salida que volver a lo de siempre, intentando que no se note demasiado.

La gran pregunta es que papel jugará Quim Torra. Recordemos que el actual president también milita en el PDeCAT, aunque haya mostrado su apoyo a la nueva formación creada ad hoc para y por Carles Puigdemont. Se declara seguidor de Puigdemont con la fe del carbonero, pero tengo para mí que, bajo esas declaraciones de adhesión inquebrantable, hay algo más. En el mundo político separatista hay pujolistas, puigdemontianos, junqueristas, cupaires, pero, que se sepa, aún no existen los torristas, nombre difícil si los hay. Torra ha de moverse en un terrible ejercicio de funambulismo político entre los diferentes sectores que lo han apoyado hasta el momento. Pero, es el, y no otro, quien se ha reunido con Pedro Sánchez. Es el quien ha convocado al presidente del gobierno a otra reunión en el Palau de la Generalitat. Es el quien auspicia acuerdos con el gobierno de la nación. Por el contrario, Puigdemont se ocupa solamente de sus cuentas con la justicia y de consolidar su posición en lo político y en lo económico, que la vida está carísima por esas Europas de Dios. Mientras tanto, Torra debe afrontar el gobierno del día a día, con todo lo que supone. Otra vez las dos tesis, el interior y el exterior. ¿Se conformará con la imagen de chico de los recados o dará un paso al frente? ¿Asumirá la estrategia de Junqueras o se dejará llevar hacia el precipicio al que se dirige Puigdemont?

Veremos si Torra acaba por decidirse en este congreso y, lo más importante, si la unidad falsamente cacareada del separatismo de derechas se rompe del todo o, por el contrario, intentan cerrar en falso su tremenda crisis. Que, si importante es el congreso del PP, no lo es menos el del PDeCAT. El separatismo y su estrategia son determinantes en la política española de la próxima década. A los hechos me remito.



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