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Andrea Mármol

Opinión

Un president para ir desmontando el ‘procés’

Lo único bueno de la temeridad que constituye Torra al frente de la Generalitat es que probablemente no existía un candidato mejor para ir desmontando el desafío independentista

Quim Torra, 131 presidente de la Generalitat.
Quim Torra, 131 presidente de la Generalitat. Efe

En la noche electoral de las elecciones catalanas, una vez conocidos los resultados de los comicios, un compañero politólogo, que se había desplazado hasta Barcelona desde Madrid para vivir allí los últimos días de una campaña electoral que, sin duda tuvo -y sigue teniendo- dimensión nacional, me dijo, tras percatarse de mi pesimismo por la reválida de la mayoría parlamentaria separatista: “No acaba hoy. El ‘procés’ empieza ahora”. Los meses que habían precedido aquella jornada habían sido duros y muchos catalanes confiábamos en la posibilidad de dar portazo, al menos superficial, al plan separatista. Poco después de la inmediata resignación, afloraron las reacciones entre los no nacionalistas sobre las bondades de unos resultados electorales que, al menos -no era poco- ponían de manifiesto que aquello del ‘un sol poble’ no era más que un mantra nacionalista y que el conflicto verdaderamente servido era entre catalanes.

A pesar de los años de travesía en el desierto, que esa constatación fuera mayoritaria venía de algún modo a darle la razón a las tesis de mi colega. El relato alimentado durante las décadas de democracia por parte de los nacionalistas catalanes, así como el desafío independentista de los últimos años, han hecho que confundamos el final del conflicto con su punto de partida, que habría que situar en el momento en el que se asume que el nacionalismo catalán, pasado en bloque al separatismo, pretende imponer de manera unilateral su plan ilegal contra de la mitad de los catalanes para privarles a todos de los derechos y libertades que les reconoce la Constitución. ¿Estamos hoy más cerca de definir así el ‘procés’ de lo que lo estábamos hace un año? Atendiendo a lo que hoy dicen quienes durante tanto tiempo han hecho el caldo gordo al nacionalismo, ya fuera por desprestigiar nuestra democracia o por estrategia electoral, todo indica que sí.

Hay dos hechos característicos de la estrategia de los partidos independentistas que hoy se aprecian con mayor nitidez que nunca: su carácter antidemocrático y su vocación -esta sí, heredada del nacionalismo de antaño- de hablar en nombre de Cataluña. Recientemente, dos acontecimientos han dejado al descubierto ambas maniobras. La actuación del separatismo en y su golpe parlamentario al Estado en septiembre evidenció que además de rechazar a España rechazaban la democracia; la aparición en escena del Rey Felipe VI el 3 de octubre dirigiéndose sin concesiones al conjunto de los españoles, alentó a los catalanes contrarios a la independencia a sentirse interlocutores tan legitimados como los independentistas para dar rienda suelta a sus demandas.

Hay dos hechos pilares de la estrategia de los partidos independentistas que hoy se aprecian con mayor nitidez que nunca: su carácter antidemocrático y su empeño en hablar en nombre de Cataluña

“Se les ha caído la careta”, pronunciamos muchos entonces: pensábamos que se trataba el final del ‘procés’ pero era, efectivamente, el inicio. Un punto de partida al que nos acercamos cada vez que el nacionalismo, en sucesivos renuncios, se muestra tal como es. Ayer fue nombrado presidente de la Generalitat Quim Torra, un señor cuyas vejaciones xenófobas y observaciones etnicistas deberían inhabilitarle –al menos, moralmente- para ser representante público, más cuando no ha tenido a bien desmarcarse de sus comentarios difundidos no hace tanto tiempo. Torra insultó a millones de catalanes a los que ni siquiera considera ciudadanos de segunda, que sería mucho decir para alguien que les ha equiparado a ‘bestias’, ‘espoliadores’, etc. Su investidura la propiciaron en bloque los diputados separatistas entre risas e amables intercambios dialécticos entre ellos, que además de compartir el sentido de la votación parecían compartir la sensación de que se elegía a uno de los suyos. Y así fue.

Que ERC y la CUP hayan tardado un santiamén en dar su visto bueno a un candidato que ha proferido esos insultos contra un colectivo, sólo se explica porque ese colectivo son los españoles, importándoles poco que así se sienta una amplia mayoría de los catalanes a quienes dicen servir. Les ha pesado más la sintonía entre compañeros de proyecto que el rechazo a la xenofobia del que andan haciendo gala. Sus votos favorables son como ese ‘pero’ que invalida todo lo anterior. Véase si no a los ‘republicanos’ y sus frustrados intentos de desmarcarse de la sombra convergente. Mención aparte merece la CUP, un partido antisistema capaz de boicotear a un candidato corrupto y no a alguien que destila xenofobia.

Lo único bueno de toda esta temeridad que constituye Torra al frente de la Generalitat es que probablemente no existía un candidato más nítido sobre lo que es capaz de entrañar el nacionalismo. Los tuits de Torra, sus artículos, fueron escritos desde la sensación de impunidad consecuencia del silencio cómplice de muchos que hoy ya no callan porque, de tanto tensar la cuerda por parte del nacionalismo, las cosas han cambiado y estamos más cerca de afrontar el procés como lo que es esencialmente: la negación de la pluralidad de la sociedad catalana. Artur Mas, quien en su día quiso presentarlo como una demanda democrática de los catalanes afirmó el sábado que si él no tenía unos comentarios en su historial como los de Torra es porque su trayectoria pública había comenzado antes. No dijo nada más. Pudiendo haberlo hecho -porque no se le recuerdan comentarios ni de cerca similares- no se desmarcó. Así que sí, hay algo positivo en todo esto y es que no existía un candidato mejor que Torra para ir desmontando el desafío independentista.



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