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Rubén Arranz

Análisis de medios

El día que 'El País' salió a la calle sin publicidad...

Se empeñan las grandes empresas periodísticas en mantener con vida el negocio el papel como quien opta por enviar telegramas en lugar de correos electrónicos; o quien hace hogueras porque reniega de la vitrocerámica

Los ingresos de la prensa se han desplomado en el segundo trimestre
Los ingresos de la prensa se han desplomado en el segundo trimestre Pixabay

Era 28 de julio cuando los termómetros de la capital alcanzaron los 40 grados y los noticiarios hablaban de forma hiperbólica sobre los rebrotes de la covid-19. Ese día, la edición madrileña del diario El País apareció sin publicidad. Maticemos: en realidad, sus páginas 1, 12, 16, 17, 18, 24, 36, 41, 44, 47 y 48 incluyeron mensajes sobre promociones y productos del Grupo Prisa, pero no había ningún anuncio como tal. Se puede decir que lo único que hizo que entrara dinero en caja fue la esquela del señor Zoilo Navarro Hoyo.

La realidad de su principal competidor, El Mundo, no es mucho mejor. Ese día, lucía un anuncio del Grupo Retiro en su portada, otro de Palacio de Bornos en la página 7, un encarte comercial sobre Grecia, dos pequeñas referencias del Espacio Fundación Telefónica y del Ayuntamiento de Móstoles en la 29, una publicidad sobre un centro terapéutico contra el alcoholismo en la 30 (útil para periodistas de todo medio), otro de una Junta General de Accionistas en la 32 y otro de la Comunidad de Madrid en la 33.

Puede parecer que ese día sacó una gran ventaja a El País y, a la vista de las dos ediciones, así es. Pero, en realidad, el resultado está muy alejado de lo que era habitual en los buenos años del sector. De hecho, el diario se lanzó con tan sólo 48 páginas.

Hubo un tiempo en el que los días de playa solían comenzar con un viaje al quiosco para comprar el periódico. Lo cantaba Ella Fitgerald: “Es verano y la vida es fácil”; por lo que el repaso a las noticias podría alargarse, en la tumbona, hasta bien pasado el mediodía. Sucede que la vida ha cambiado y se ha impuesto un aparato que ha generado oportunidades, pero también ha llevado al borde de la ruina a algunos sectores: es el teléfono móvil. ¿Para qué gastar el dinero en un diario si la información circula gratis por internet y si, además, suele contener información que ya se sabe desde hace unas cuantas horas?

Excusas de mal pagador

Se empeñan las grandes empresas periodísticas en mantener con vida el negocio el papel como quien opta por enviar telegramas en lugar de correos electrónicos; o quien hace hogueras porque reniega de la vitrocerámica. Lo hacen con el argumento de que hay personas -especialmente en la prensa regional- que todavía guardan la costumbre de comprar el periódico. También porque el papel todavía aporta ingresos y, a fin de cuentas, lo que se pone negro sobre blanco tiene un peso mayor que lo que circula por la realidad líquida de internet.

Sobra decir que estas excusas de editor cobarde se desmontan fácilmente, pues los ingresos por circulación de ejemplares de los grandes grupos de prensa han caído de forma constante durante los últimos años y los publicitarios, más de lo mismo. Sirva como ejemplo que, en 2007, la prensa recaudó 1.991 millones de euros a través de sus anunciantes (i2P). El año pasado, 438,5.

Los románticos del papel son todavía unos cuantos. El problema es que el amor no te puede llevar a la ruina, pues, de lo contrario, cuando termina el embrujo de Cupido, uno se puede ver obligado a dormir entre cartones. O a declarar la bancarrota.

Por si esto fuera poco, la covid-19 ha terminado de destrozar el negocio. En los seis primeros meses de 2020, la prensa recaudó 130 millones de euros, es decir, el 41,2% menos que en el mismo tramo de 2019. Los dominicales, que otrora eran todo un balón de oxígeno, lograron 6 millones, el 52,8% menos.

Los románticos del papel son todavía unos cuantos. El problema es que el amor no te puede llevar a la ruina, pues, de lo contrario, cuando termina el embrujo de Cupido, uno se puede ver obligado a dormir entre cartones. O a declarar la bancarrota. Pusieron en marcha una campaña el mismo 28 de julio una campaña las asociaciones de editores de revistas (ARI), de diarios (AMI), de distribuidores (FANDE) y de puntos de venta profesionales (Comisión Nacional de Vendedores). La llamaron 'Tus revistas y diarios van contigo'.

Lo hicieron para reivindicar el papel en estos tiempos de dificultad. Implícitamente, el lema de la campaña incluía la razón por la que están condenadas: los lectores ya llevan los productos en su dispositivo móvil, sin necesidad de imprimirlos. O de comprarlos en los quioscos. Que, por cierto, cada vez hay menos. En los últimos años, han cerrado 5.000 en toda España.

Suscripciones digitales

Es curioso porque la portada de El País del día de marras incluía un anuncio que decía lo siguiente: “El periodismo necesita a los buenos periodistas. Suscríbete a los hechos”. Era una llamada a que se abonaran a su edición digital, que desde el pasado mayo incluye un muro de pago que sólo permite a los lectores consultar 10 noticias gratis cada mes.

El problema es que todos los editores españoles que han puesto en marcha estos sistemas de pago por contenidos lo han hecho con las vistas puestas en The New York Times, que cuenta con un equipo de 1.000 periodistas y 600 técnicos de todo tipo para ofrecer a los lectores noticias y muy diversos elementos gráficos y productos que otorgan diferentes perspectivas de la actualidad.

Digamos que los grandes grupos autóctonos han esquilmado las redacciones en la última década con diferentes expedientes de regulación de empleo. Eso no sólo ha repercutido en la salud mental de los que se han quedado -obligados a redoblar esfuerzos, bajo la amenaza de la guillotina-, sino que ha empobrecido el producto periodístico. Volvemos a lo mismo: si hay algo que caracteriza a gran parte de los empresarios de los medios patrios es la cobardía y, entre cerrar el negocio y mantenerlo en activo, a costa muchas veces de alcanzar pactos vergonzantes con empresas y administraciones, optaron por lo segundo.

En las últimas semanas, han presentado sobre sus plantillas expedientes de regulación temporal del empleo (ERTE) que no son de fuerza mayor, puesto que el periodismo fue considerado como una profesión esencial durante el estado de alarma, por mucho que cueste a veces creerlo. En marzo, llamaron la atención algunos casos como el de Javier Moll, quien antes prácticamente de que se supiera casi nada sobre la pandemia, propuso tijeretazos temporales de hasta el 40% en algunas de sus redacciones.

Algún periódico digital ha recortado el sueldo de sus empleados pese a haber repartido varios millones de euros en dividendos durante los últimos años. En la práctica, trabajan lo mismo, pero cobran menos. El sueño de todo aquel al que no le gusta jugar limpio.

En estas condiciones, con pocos periodistas y con recursos escasos, en las redacciones cada vez existe un mayor convencimiento de que los ERTEs se transformarán en EREs en 2021. Entonces, los responsables de las cabeceras mantendrán sus campañas para lograr suscripciones. Lo harán, como siempre, prometiendo buen periodismo en la era de las fake news, lo que en sí entraña una noticia falsa, pues ningún periódico del mundo evoluciona mientras recorta en medios de producción y en personal.

¿Cómo van a convencer a los ciudadanos de pagar una suscripción si no aportan valor añadido sobre lo que antes tenían (y tienen) gratis?

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