Como supieron aquí, por experiencia vivida, nuestros mayores, sin libertades no existe prensa que merezca tal nombre porque, privados de ese oxígeno, los medios de comunicación degeneran como propaganda de los regímenes autoritarios en cuyos márgenes subyacen lindando con la clandestinidad a la que se ven abocados clandestinos buscan legitimarse los periodistas comprometidos. Pero llegados a este punto conviene examinar qué quedaría de las libertades políticas, tal como las conocemos, si la prensa, los medios, que observan la realidad, verifican los hechos antes de proceder a difundirlos como noticias y emplazan a los poderes, dejara de existir. Ahora en nuestro país las referencias periodísticas largo tiempo acreditadas parecieran declaradas a extinguir mientras van pasando a manos extranjeras de probadas afinidades, que debieran causar grave inquietud sin que nadie se alarme por ello ni en el sector privado ni en el público. Sin reparar que, como escribe José María Maravall en su libro La democracia y la izquierda (Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021), la aceptación sin más de las cosas tal como se presentan, con satisfacción o con resignación, acaba dañando tanto a la democracia como a la izquierda.

En la galaxia mediática, Francia es más con Le Monde o Le Figaro; Italia es más con La República o Il Corriere; el Reino Unido es más con la BBC o el Financial Times y España fue más con El País o La Vanguardia. Pero da la impresión de que, como en el libro de Ivan Krastev y Stephen Holmes La luz que se apaga (Editorial Debate. Barcelona, 2021), algunas de esas referencias rectoras de los países citados estuvieran en fase declinante. Para explicar ese debilitamiento se recurre a la carencia de un modelo de negocio que haga sostenibles esos empeños en el marco de la digitalización. Pero otros sectores desde la electricidad al turismo han merecido la consideración de las autoridades, en aras de su recuperación, mientras los medios de comunicación parecieran condenados a emprender una carrera para generar afinidades gubernamentales que les hagan merecedores del maná de los fondos europeos, de modo que uncidos al poder perderían la credibilidad y se enajenarían la confianza del público. Porque, más allá de sintonías genéricas, cuando un medio entra en la espiral degenerativa de la sumisión disciplinaria al poder político puede darse por perdido.

Quedan ustedes advertidos de que sobrevendrán cambios de más importancia en los medios de comunicación. A la vuelta de vacaciones veremos.

Volviendo a Maravall, sabemos que los políticos no aguardan pasivamente el veredicto de los ciudadanos y que desarrollan estrategias para atribuirse la ideología, las capacidades, el patriotismo, la valentía o la magnanimidad que polarice el voto a su favor, diseñan otras estrategias “exonerativas”, exculpatorias, que justifiquen las deficiencias de su gestión y buscan descalificar a sus antagonistas, generando si viniera al caso la crispación candente. Nuestro autor reconoce que, inundados por unos flujos de información que no siempre contribuyen al conocimiento, la presencia de instituciones suprapartidistas pudiera ser fundamental para que los ciudadanos evaluaran críticamente la información contaminada que reciben. Y entre esas instituciones menciona al poder judicial y a unos medios de comunicación plurales. Pero su señala también que su subsistencia se hace cada vez más difícil por la insaciabilidad del poder a la que aludía la viñeta de El Roto del 3 de julio de 2019 en cuya leyenda se leía: “Toda crítica es excesiva; todo elogio, insuficiente”.

Así que ahora que en las ruedas de prensa de las capitales bálticas oiremos al presidente Sánchez responder o esquivar el asunto del cambio de ministros, quedan ustedes advertidos de que sobrevendrán cambios de más importancia en los medios de comunicación. A la vuelta de vacaciones veremos. Y, a quienes preparan la mesa del reencuentro en Moncloa para septiembre recomendémosles la lectura del libro Les droits del’homme rendent-ils idiot? Publicado por Justine Lacroix y Jean-Yves Pranchère en Editions du Seuil, para que tengan en cuenta que “los derechos de los pueblos no garantizan ningún derecho a los individuos: constituyen una identidad colectiva sobre la que se basa la distinción entre los que pueden formar parte del pueblo y los que deben ser expulsados puesto que son el extranjero y el no semejante, es decir el que amenaza la homogeneidad, el charnego perturbador.