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Miquel Giménez

Opinión

¿Quién le pone el cascabel a Puigdemont?

Elsa Artadi, Carles Puigdemont y Artur Mas en una fotografía de archivo
Elsa Artadi, Carles Puigdemont y Artur Mas en una fotografía de archivo EFE

Aunque se desgañitan diciendo que Carles Puigdemont ha de ser el próximo President, en el PDeCAT hay personas que, sabiendo que eso no va a ser posible, estudian alternativas. Que, por cierto, también son de echarse a temblar.

Demasiada cama para tan poca gente

Parece que a los indepes se les atraganta la democracia. El fugado Puigdemont no para de insistir: si el Gobierno de Mariano Rajoy no acepta sus condiciones y le permite volver a Cataluña para proseguir con su golpe de Estado, no vuelve. Hace poco se jactaba de haber organizado un pollo del que España no podía salir. Anda el hombre muy ufano por tierras belgas, amenazando con bloquear la constitución del Parlament si fuese menester. Pero en su propio partido, y en estos modestos artículos hemos dado puntual noticia de ello, hay personas que desearían ver a Puigdemont dedicarse a criar monos en el Amazonas para dejar paso a alguien con más sensatez.

En ese sentido suenan un par de personas que han sido elegidas el pasado 21-D, aunque este cronista dude mucho de que posean más sentido común que su amado líder del flequillo. El lector sagaz se preguntará, con toda lógica, como, siendo unos eixelebrats, unos atolondrados, el sector sensato – si lo hubiera o hubiese – de la ex convergencia puede considerarlas aptas para reconducir una situación imposible. Para examinarlo, ni que sea a vuela pluma, aparquemos un instante a los dos candidatos y repasemos como tienen el patio los separatistas en ese Parlament que se abrirá antes de quince días.

Como es público y notorio, el bloque del golpe de estado separatista tiene serios problemas. Ese problema se llama artículo 89 del reglamento parlamentario catalán. Se conoce que los guarismos no son propicios a los independentistas, no hay más que ver el 155. A esta tropa heredera del pujolismo la única cifra que les ido de maravilla es el tres. El tres por ciento, claro.

Si el Parlament ha de tomar el acuerdo que sea, se precisa la asistencia presencial de la mayoría absoluta de sus miembros

El citado artículo deja claro que, si el Parlament ha de tomar el acuerdo que sea, se precisa la asistencia presencial de la mayoría absoluta de sus miembros. Son 68 diputados y, en teoría, los separatistas tienen, si sumamos PDeCAT, Esquerra y las CUP, 70. Pero ahí empieza el lío: un puñado de los diputados secesionistas lo tienen mal para acudir al Parlament emanado de las pasadas elecciones, aunque puedan asumir su acta de diputado a distancia, como aquellos antiguos cursillos de corte y confección de la entrañable CEAC. No parece que tal cosa pueda suceder con Carles Puigdemont, Toni Comín, Clara Ponsatí y Lluís Puig, fugados en Bruselas, sin la menor intención de retornar para enfrentarse a la justicia y un más que seguro ingreso carcelario; del mismo modo, Oriol Junqueras, Joaquim Forn y Jordi Sánchez (el otro Jordi, el de Ómnium, también en prisión no se presentaba a las elecciones) están ingresados en el presidio de Estremera. Ya dijo un dirigente nacionalista que poner en las listas a personas que no podían garantizar que iban a estar ocupando su escaño era una barbaridad. Tenía razón.

Como lo primero que debe dirimirse en sesión parlamentaria es la composición de la mesa igual no tienen quorum suficiente, lo que, seguramente, daría una gran alegría a la ex presidenta del Parlament, Carme Forcadell, que desea, como en los textos bíblicos, que se aleje de ella ese cáliz. El recuerdo de la noche que pasó en la cárcel no debe gustarle mucho.

Si los electos mencionados no abandonan su acta, para que corra la lista, se quedan sin mayoría. Incluso podrían quedarse sin candidato a la presidencia. Ahí es donde entran en escena Eduard Pujol y Elsa Artadi, las personas que suenan más como alternativas al fugado bruselense o al preso de las misas. Veamos quienes son.

Un periodista del régimen y la creadora de la rifa de Navidad de la Generalitat

A Eduard Pujol lo conocemos bien los profesionales de los medios catalanes. Este periodista de cuarenta y ocho años, oriundo de Martorell, proviene de la bunquerizada Cataluña Radio, en la que estuvo nueve años, pasando después por el Fútbol Club Barcelona, para acabar siendo director de RAC1, emisora radiofónica del Grupo Godó, en el año 2010. Pueden ustedes suponer sin demasiado esfuerzo como es el caballero. No extrañó a casi nadie que en el 2017 fichara por la candidatura de Puigdemont como número ocho por Barcelona. Ha seguido trabajando para la misma razón social, convergencia y asociados, desde el minuto cero. Pertenece a la nomenklatura periodística catalana que va de cargo en cargo, cobrando siempre buenos sueldos – salidos de dinero público, porque, aunque RAC1 sea oficialmente privada, se nutre de subvenciones millonarias por parte de la Generalitat –, dispuestos a defender al poder político haga lo que haga. Duraría poco en un medio privado de verdad, donde se lo midiera por sus méritos profesionales reales y no por su capacidad para el halago al de arriba.

Pujol tiene todo lo necesario para ser un dirigente separatista: no escucha, no deja hablar, repite como un lorito las consignas que toquen, gasta un mal café considerable y cree estar en posesión de la verdad

Tiene Pujol, al que hasta el apellido le viene de molde para ser President, una virulencia dialéctica tremenda. Posee, además, todo lo necesario para ser un dirigente separatista: no escucha, no deja hablar, repite como un lorito las consignas que toquen, gasta un mal café considerable y cree estar en posesión de la verdad. Recuerden: este caballero dirigió cinco años, ¡cinco!, la emisora catalana con mayor audiencia, decidiendo acerca de contenidos, líneas editoriales, presentadores, colaboradores y formatos. Luego aún hay gente que se pregunta como pasa lo que pasa.

Elsa Artadi, barcelonesa de cuarenta y ocho años, con una imagen perfecta de bona noia convergente, esa que le gusta tanto a la madre superiora, Marta Ferrusola, tiene un currículum nada despreciable: doctora en economía por Harvard, profesora de economía en la Universidad Bocconi en Milán, profesora de economía en China, miembro del Comité Científico del Banco Mundial, consultora de dicho banco en Washington, miembro del European Economic Association…

Vista así, Artadi parecería una buena candidata para ocupar un cargo público donde fuera. Luego la cosa se complica. Entró en la Generalitat como asesora, pero rápidamente fue nombrada como directora general de Tributos y Juegos, creó la lotería catalana de navidad, la Grossa, que pretendía hacer la competencia a la del Estado, y de ahí saltó a la fama. Curiosamente, participó en la redacción de la propuesta de pacto fiscal.

Artadi es quien decide lo que debe o no debe hacer Puigdemont. Es su eminencia gris, su jefa de campaña, su estratega

No busquen en esos datos, aunque hay material suficiente, el fondo de lo que es realmente Elsa Artadi. Porque es ella quien decide lo que debe o no debe hacer Puigdemont. Es su eminencia gris, su jefa de campaña, su estratega. En estos momentos, después de frenar la caída en votos de Junts per Catalunya que todos vaticinaban, y lograr que la candidatura neo convergente no se hundiese en un fracaso total, nadie se atreve a toserle en el PDeCAT. Por la relación de confianza que mantiene con el fugado, son muchas las personas que apuestan por ella como Presidenta. Es radicalmente separatista, fiel a Puigdemont hasta la médula, más de la derechona catalana que un programa de TV3 y, cuidado, mujer, lo que no es una baza menor si se trata de oponerla a la pesadilla nacionalista: Inés Arrimadas. Lo comentan en privado los capitostes convergentes. “Artadi es joven, con un historial impecable, es dels nostres, nada, que venga Arrimadas y lo mejore”. Les gusta, vamos. “A esta, Arrimadas le dura cero coma en un cara a cara”, me decía un joven cachorrito independentista.

Como que una presidencia vía plasma no parece posible, diga lo que diga el del flequillo y su corte del faraón, sería plausible acabar viendo a Artadi al frente de un gobierno autonómico, pretendiendo, eso sí, que el legítimo está en Bruselas y que la independencia la tenemos a punto de llegar. No se rían, que, si Junqueras decidía sobre la economía catalana y Comín sobre la sanidad, todo es posible en esta tierra de milagros y aparecidos. Ahora se trata de ver quien le pone el cascabel a Puigdemont y lo convence. ¿Artadi? No diría yo que no. Llámenlo un presentimiento.

Miquel Giménez


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