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Roger Senserrich

Opinión

Políticos y sentido del deber

Las democracias tienen una virtud muy simple: son el único sistema de gobierno que tiene reglas establecidas y predecibles para echar a líderes inútiles

Pedro Sánchez y Pablo Casado.
Pedro Sánchez y Pablo Casado. EFE

El ansia, el anhelo de ser reelegidos es una de las mayores fuerzas que motivan a cualquier político. Muchos dirán en voz alta que no, esto de la reelección no les importa, que su única motivación es el futuro del país, su legado cambiando la sociedad, las vidas cambiadas a mejor por sus políticas públicas. Mienten. La noche de las elecciones todos ellos, sin excepción, están igual de nerviosos, expectantes por saber si sus conciudadanos les están apoyando otra vez.

Ya sé que en tiempos de populismos y desconfianza hacia políticos y dirigentes se da eso de pedir apelaciones al sentido del deber, altura de miras, y actuar con firmeza sin pensar en las urnas, cabeza erguida, mirada gloriosa, al alba, con viento de levante, etcétera. Se habla de nuevo de eso de limitar mandatos, de pedir que se aparquen rencillas y conflictos políticos; queremos unidad, gobiernos de concentración, grandes coaliciones, etcétera. Líderes que hacen lo correcto, se dan la vuelta, y vuelven a la granja tras ganar batalla; el viejo mito de Lucio Quincio Cincinato.

Dejadme, sin embargo, romper una lanza a favor de todos esos políticos que no son Lucio Quincio Cincinato. Los políticos electoralistas, los que pelean como locos por intentar ganar elecciones.

Los votantes, más o menos cada cuatro años, tienen la oportunidad de ir a las urnas y decir que su presidente, primer ministro o canciller es un inútil y tiene que volverse a casa, sin honores, glorias ni loa alguna

El secreto del éxito de las democracias representativas no es, en contra de lo que pueda parecer, que son un instrumento moral o un reflejo de unas convicciones éticas profundas. Los ideales democráticos, por supuesto, son loables, decentes y deseables; queremos un gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo, igualdad ante la ley, derechos fundamentales, etcétera, etcétera. La cuestión es que estos valores son en la práctica complicados de operacionalizar y traducir en valores que los reflejen de forma adecuada. La definición linconiana de democracia (of the people, by the people, for the people) es estupenda, pero nunca debemos olvidar que fue pronunciada en un funeral durante una guerra centrada en dirimir quién formaba parte del “pueblo” en primer lugar.

La democracia y la mediocridad

En realidad, las democracias tienen una virtud muy simple: son el único sistema de gobierno que tiene reglas establecidas y predecibles para echar a líderes inútiles. Los votantes, más o menos cada cuatro años, tienen la oportunidad de ir a las urnas y decir que su presidente, primer ministro o canciller es un inútil y tiene que volverse a casa, sin honores, glorias ni loas algunas. El mundo está lleno de inútiles que creen que no lo son. En democracia, no dependemos de que Cincinato se dé cuenta él solito que ahora molesta. Ya nos encargamos nosotros. En el fondo, los sistemas democráticos parten de la idea de que la inmensa mayoría de seres humanos son mediocres.

Todo político, del más inútil al más brillante, sabe que la mejor manera de ser reelegido es hacer las cosas bien. Quizás nuestro líder de turno sea un psicópata que sólo piensa en su ego y acumular poder (es más, casi todos lo son) al que el bienestar de la plebe le importe un pimiento, pero en democracia mantener a esos ciudadanos contentos es la mejor manera de cumplir sus deseos. Por lo que a mí respecta, prefiero a un político que quiera ganar elecciones a uno que sólo quiera servir a sus ideales. El primero al menos me hará la pelota, el segundo irá por el mundo venerando una idea abstracta quién sabe con qué consecuencias.

No quiero gobiernos de concentración nacional, no quiero grandes pactos de estado que limiten el debate y la discrepancia. Quiero un vigoroso debate democrático sobre qué medidas son urgentes

En estos días de pandemia, cuando veo tantos comentaristas pidiendo sentido de Estado, dejarse de electoralismos, y anteponer el país a las disputas partidistas, no hago más que fruncir el ceño. Aunque reconozco que sería muy bonito que los políticos se sentaran todos en una mesa y tuvieran ilustradas discusiones asesoradas por los mejores expertos sobre el camino a seguir, esto no deja de ser una fantasía. Primero, porque el Gobierno está intentando responder a problemas muy complicados sin respuestas obvias y donde los expertos no se ponen de acuerdo, así que tomar una decisión de consenso sería cualquier cosa menos sencilla.

Segundo, y más importante, porque quiero que todos los políticos tengan el mejor incentivo posible para tomar la decisión correcta, esto es, que estén trabajando muy, muy duro para ser reelegidos (Sánchez) o explicar por qué y cómo ellos lo harían mejor (el resto). No quiero gobiernos de concentración nacional, no quiero grandes pactos de estado que limiten el debate y la discrepancia. Quiero un vigoroso debate democrático sobre qué medidas son urgentes para salvar miles de vida y evitar una catástrofe económica, y quiero unas elecciones de aquí una temporada en las que gane el mejor.

Debate constructivo

Por supuesto, el debate, aunque enérgico y contencioso, debe ser constructivo, y la oposición haría bien de proponer, en lo posible, soluciones distintas cuando ven errores y apoyar aquellas decisiones que les parezcan correctas. El Gobierno debe liderar, sí, pero debe seguir escuchando, y en los puntos donde los acuerdos son posibles, debe buscarlos.

Lo que debemos dejar atrás, sin embargo, es esta idea boba de que una emergencia requiere renunciar a lo que hace que una democracia funcione, la posibilidad de criticar y deponer a los inútiles. El debate será a veces feo, a veces, confuso, a veces incluso indignante, pero sin este, el sistema deja de funcionar.

Que los políticos luchen por nuestro voto. De eso se trata.

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