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Antonio Rivera

Opinión

Políticos ilustrados

Los políticos que venían de la Transición no necesitaban másteres. También fueron profesionales, pero contaban con una ocupación anterior y, de paso, con una formación previa

Los líderes políticos de la Transición junto a Adolfo Suárez en la firma de los Pactos de la Moncloa.
Los líderes políticos de la Transición junto a Adolfo Suárez en la firma de los Pactos de la Moncloa. EFE

Un viejo dicho señalaba que cuando el pobre y la merluza se encontraban, uno de los dos estaba malo. La relación entre la política y la universidad es similar: cuando ocasionalmente se encuentran, uno o los dos lo hacen con pésimos resultados. La atención a la situación universitaria no es característica de nuestro país. La falta de ideas al respecto por parte de nuestros políticos y el escondite de una mal entendida autonomía universitaria por parte de la academia han puesto a unos y otra de espaldas. Como mucho, se dejan hacer, sin mayores complicidades.

Una distancia que también se puede señalar entre la universidad y la prensa. Es insólito el desconocimiento de los procedimientos universitarios demostrado por todo el sistema mediático a la hora de denunciar las presuntas irregularidades en másteres o los presuntos plagios de tesis doctorales. Cuesta creer que los periodistas hayan sido capaces de afirmar sin rubor la sarta de mentiras y medias verdades que llevan publicando desde hace meses. Al final, todo es marasmo y sospecha. Un método de conocimiento que quizás esté cerca de la parva política -y hasta de un periodismo partisano-, pero desde luego que en las antípodas del que acostumbra a estilarse en el medio universitario.

El político habitual hoy es diestro en el regate corto y en el abordaje de la política en términos tácticos, no de estrategia y proyección

Pero más allá de esas relaciones peligrosas entre nuestros cuerpos sociales, el asunto ha puesto al descubierto algunos modernos pecados tanto de nuestra clase política como de nuestro sistema universitario. Comenzando por los primeros, se ha señalado, con razón, que todo tiene que ver con la relativa novedad española del político, no solo profesional, sino prefabricado con ese objeto. Aquellos políticos que venían de la Transición también fueron profesionales, pero contaban con una ocupación anterior y, de paso, con una formación previa. En aquellos tiempos se atendía en exclusiva al oficio de político y en su ejercicio estos debían demostrar sobre todo convicción, asumiendo una convivencia con el cuerpo técnico de las instituciones públicas que no se deterioraba por tan diferentes procedencias. Cada cual sabía de dónde venía, a dónde iba y dónde estaba. Sin embargo, el político de hace un par de decenios ya está fabricado desde las juventudes de su partido y prospera en el mismo haciendo gala de capacidades y conocimientos radicalmente distintos de los universitarios. Podríamos decir que pierde el tiempo si se aplica a ellos. Remedando a Max Weber, las miradas del político y del científico son realmente antitéticas: para el primero lo importante es el tiempo, tomar una posición con rapidez; para el segundo lo esencial es la precisión, tomar una decisión después de conocer todos los datos, al margen del problema de su aplicabilidad perentoria.

De manera que, sin tener esa necesidad y viniendo naturalmente de las aulas universitarias en el nivel del grado, nuestros jóvenes políticos regresan puntualmente a ellas para adornar su currículum con un postgrado. No lo necesitan en absoluto. La casi totalidad de políticos españoles no responde ni lejanamente al título genérico de intelectual. De hecho, entre las excepciones, y solo en un nivel de “político pensador” –esto es, capaz de reflexionar y leer sobre temas más allá de lo inmediato, los auténticamente importantes-, está el ya retirado Ramón Jáuregui, precisamente el que presentó el libro surgido de la tesis del presidente Sánchez. El político habitual es diestro en el regate corto y en el abordaje de la política en términos tácticos, no de estrategia y proyección. Los tiempos y modos universitarios le causarían más engorro que ventaja. Pero la titulitisle permite enfrentarse sin rubor, con su corta edad, a funcionarios expertos a los que, a falta de años y sin tanta convicción ruda como sus mayores, pueden presentar cursos, cursillos, másteres y tesis doctorales. Tampoco los funcionarios tienen tiempo ni cuerpo para entretenerse en esos menesteres académicos. De alguna forma, como pasa con tantas cosas de esta vida que llevamos, el papel (o título) aguanta aquí también una falta de arrestos y de seguridades característica del cursus honorum endogámico y poco exigente de nuestros gobernantes. Es el precio por tenerlos tan jóvenes y guapos: hablan inglés, tienen títulos… y poco más. Convicción y oficio, que decía Alfonso Guerra. ¡Qué tiempos!

La educación lleva decenios convirtiéndose en un negocio. El resultado son esos másteres pintorescos con los que las universidades maquillan sus déficits de gestión

Y al otro lado está la universidad. Cuando eclosionaron los postgrados los cenizos de siempre denunciaron que iban a ser un sistema para engordar las arcas universitarias. Era tan tosca la acusación que no les creímos, pero el tiempo les ha dado la razón. No me refiero al chalaneo del director del Instituto de Derecho Público de la Juan Carlos I. Siempre hemos tenido piernas en las universidades y su estilo es más del pasado. El presente pasa por una organización del conocimiento universitario soportado cada vez más en los postgrados, cuando no debiera ser así. Por razones diversas, el grado deja sin cubrir grandes parcelas, que se tratan de cubrir a posteriori, con cursos mucho más caros, socialmente -no intelectual o profesionalmente- cada vez más reclamados por la rutina de la titulitis y discutiblemente justificados, más allá de alguno profesional (el viejo Curso de Adaptación Pedagógica o el de los abogados para su ejercicio, aunque ahí también podríamos decir algo) y algunos pocos muy oportunos para cubrir espacios novedosos para los que la cintura universitaria no está preparada. El resto, la mayoría, no tienen demasiada justificación.

La educación lleva decenios convirtiéndose en un negocio, como todas las cosas en este mundo de emprendedores. Y la educación superior es todavía más negocio. El resultado -insisto, más allá de listos puntuales- son esos másteres rutinarios, de nombres pintorescos, con los que las universidades maquillan sus déficits de gestión. No es de extrañar así la prosperidad de las Escuelas y Negociados de Másteres o el sentido progresivamente mercantil que aplican a su existencia. Por ese camino, también, la universidad no alcanza su excelencia. Todo lo contrario.   



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