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Rafael Jiménez Asensio

Opinión

Políticos ‘erizo’

No es época de ‘eruditio’ y ‘eloquentia’. Se impone el político burdo, grosero, manipulador, insultante e, incluso, macarra. Es el reino del erizo

Imagen del escritor Stefan Zweig
Imagen del escritor Stefan Zweig EFE

“El destino de todo fanatismo es consumirse a sí mismo. La razón, eterna y calladamente paciente, sabe esperar y perseverar. A veces, cuando los demás, ebrios, se embravecen, tiene que callar y enmudecerse. Pero su tiempo llega, siempre vuelve”

(Stefan Zweig, ‘Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista’, Paidós, 2011, p. 26)

En la actual política española, y no digamos nada en la catalana, abunda el erizo y se echa de menos el zorro (algo muy distinto, no se confundan, al despreciable astuto). En Cataluña, por ejemplo, tanto quien preside formalmente como quien manda de verdad (o pretende hacerlo), se encuadran en la primera categoría. Pero nada de ello es privativo de allí (donde, hoy por hoy, el erizo se halla por doquier y el zorro están en fase de extinción), sino que es un síntoma peligroso que ha echado fuertes raíces asimismo en el conjunto de la política española. Y todo apunta que ha venido para quedarse. La política de frentes alimentada irresponsablemente a derecha e izquierda (¿dónde están las ofertas políticas de centro?), la pasión desatada por los símbolos de unos y otros partidos, la búsqueda infinita de la fractura a mitades de la sociedad o el acoso y destrucción de las instituciones o de las fuerzas políticas no amigas, ha dejado prácticamente huérfanos a millones de votantes. Con mayor o menor intensidad según los casos, los actuales líderes que pueblan la escena política española (más aún alguno emergente) también se encuadran en la categoría de erizo. El zorro está en la retaguardia o, peor aún, ha sido borrado del mapa. El que pervive todavía, tiene las horas contadas.

La política de frentes, alimentada irresponsablemente a derecha e izquierda (¿dónde está el centro?), ha dejado huérfanos a millones de votantes

Para entender cabalmente la tesis que aquí se expone, basta leer la breve y citada obra de Isaiah Berlin, El erizo y el zorro (Península, 2016). Una vez hecho, se advertirá por qué encuadro a los líderes políticos en esa categoría de erizo, que tan bien describiera ese autor basándose principalmente en la monumental obra de TolstoiGuerra y paz. En épocas de polarización situarse distante solo puede traer desgracias y desgarros. Nadie entiende los discursos templados o preñados de razón; ahora las emociones son lo que importa y cuanto más exageradas, mejor.

Stefan Zweig lo expresó de forma espléndida en la obra que abre este artículo (y que en su día me recomendó el profesor Manuel Zafra), al analizar la tensión entre Lutero (auténtico erizo) y Erasmo (expresión del zorro): “El intelecto ha sucumbido al desorden de la turba (…), los doctos ya no debaten con cartas y opúsculos refinados sino que intercambian insultos groseros y ordinarios como verduleras en el mercado, nadie quiere entenderse con nadie sino imponer violentamente su credo, marcar su doctrina con fuego”. Y concluye: ¡Hay de quienes quieran estar por encima de los partidos y echarse a un lado!, “pues contra ellos se dirige el odio por partida doble”. Trasládenlo a nuestra época y, salvando las distancias (que son muchas), aparecerán no pocas similitudes. Son tiempos de fanatismo y desmesura, de hipérbole y desproporción. No es época de eruditio y eloquentia, menos en política. Se impone el político burdo, grosero, manipulador, insultante e, incluso, macarra. Tampoco es momento de transversalidad, aunque algunos pensadores y ensayistas incidan una y otra vez en ello. Es el reino del erizo.

En estos momentos de zozobra y polarización de la vida política, salpicada de acontecimientos que pretenden acelerar el curso de la Historia (otra cosa es que realmente lo consigan),  conviene tal vez darse un sosiego y leer (o releer) con calma estas dos sugerentes y estimulantes obras de ambos ensayistas, aparte de la que citaré al final. Pero me centraré de momento en la primera.

Sociedad cerrada vs sociedad abierta

Partiendo de un verso de Arquíloco (“El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una más importante”), Berlin divide a las personas (pensadores, escritores, políticos, etc.) en dos antagónicos mundos: “quienes lo fían todo a una visión central única, a un sistema más o menos coherente o articulado a partir del cual comprenden, piensan y sienten -un principio organizador universal que es lo único que da sentido a todo cuanto son y expresan- y, por otro quienes persiguen múltiples objetivos, a menudo sin relación entre sí o incluso contradictorios, conectados acaso de facto, por alguna causa psicológica o fisiológica, sin relación con ningún principio moral o estético”. Y el autor concluye que el primer tipo es el erizo y el segundo el zorro. Sociedad cerrada versus sociedad abierta, Popperdixit.

La política, nos guste más o menos (siempre ha sido así), está plagada de egos inflamados, personas que quieren emular a los grandes hombres (o mujeres), pero que, en verdad, representan seres “ordinarios lo bastante ignorantes o vanidosos como para aceptar la responsabilidad sobre la vida de las sociedades”. Como dice también el autor en un pasaje posterior de esa obra, “el hombre sufre porque desea demasiado, es desmesuradamente ambicioso y sobrevalora de forma grotesca sus capacidades”. Esos grandes hombres a los que me refiero (pues hombres o varones son todos, curiosamente), políticos por vocación o por necesidad, no son conscientes, como recuerda Berlin, de su medianía e insignificancia. Y esto en política se paga caro, pero quien abona la factura es la ciudadanía, pues el político erizo vive sumergido en su mundo cerrado en el que la sociedad abierta es un espacio inexistente y, allá donde exista, un ámbito a eliminar. Este político con espinas nos echa a los leones, mientras él mira el espectáculo desde su privilegiada barrera. Se impone lo total frente a lo plural.

Tan solo se perciben destellos de cordura política en algunos políticos autonómicos y locales, pero son absoluta minoría, para desgracia de todos

Ante esta epidemia de erizos, necesitamos políticos sabios que vean aquello que a los demás se les escapa; es decir, que identifiquen “lo que puede ser y lo que no, cómo los hombres viven y para qué, qué hacen y cómo sufren, y cómo y por qué actúan y deben actuar de una forma y no de otra”. Estos dirigentes ni se ven ni de momento se les espera. Son claves para nuestro desarrollo y progreso, también para nuestra concordia. Y aquí viene el drama que está instalado en nuestra sociedad. Tan solo algunos destellos de sensatez y cordura política se advierten en ciertos políticos autonómicos y locales, pero son absoluta minoría, para desgracia de todos. Las emociones mandan por todos los lados. La razón en política está preterida y en franca retirada.

En una obra menor (por su extensión, no por su contenido), “El realismo en la política” (El poder de las ideas. Ensayos escogidos, Página indómita, 2017), Berlin contrapone una vez más dos mundos o dos formas de hacer política: los estadistas prácticos y los utópicos. En esa comparación, el autor destaca las ventajas del pragmatismo frente a la utopía. Así, afirma que “los artistas exitosos se comportan como artesanos que comprenden su medio”. En su comportamiento recurren a la “imaginación”, al “talento político”, al “sentido de la historia” o al “juicio infalible”. Tienen ese “sentido de la realidad” del que los otros carecen, pues “este don parece ser absolutamente incompatible con la fe en algún modelo idealizado” (las ideologías fanáticas).

Y en esas estamos. Ese dualismo entre el erizo y el zorro o entre el pragmatismo y la utopía sigue marcando la vida política de los pueblos como una pesada condena. Ahora nos toca plaga de erizos, esperemos mejores cosechas y que el zorro vuelva a aparecer en la escena política. Parece que, de momento, no hay solución a ese péndulo. Pero sí cabe aportar un punto de optimismo, encontrar la solución. Y para ello nada más oportuno que tomar por bandera (nunca mejor dicho) la cita que abre este artículo. La razón, más tarde que pronto, se termina imponiendo. El problema es el tiempo perdido, que no conoce excepciones, pues se ceba en una generación o en varias. Y estas no computan. Se amortizan. El tiempo, también en política, ha sido siempre implacable con la frágil biología y existencia humana. Para mal de todos aquellos los que nos toca vivir épocas donde el erizo es soberano y el zorro no emerge.

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