Politólogos, comentaristas de tertulia televisiva, columnistas sesudos, cúpulas de partidos (sobre todo de los perdedores) y clientes asiduos de los simpáticos reductos de alegre convivencia vecinal que tanto parece despreciar el augur oficial del Gobierno, andan enfrascados desde el pasado día 4 de Mayo en el análisis del espectacular resultado de los comicios. El hecho de que la candidatura de Isabel Díaz Ayuso haya sumado más escaños que toda la izquierda junta, que Pablo Iglesias haya desaparecido de la primera línea con el moño encogido y que Vox haya mantenido el tipo pese al éxito arrollador de una IDA que ha ido mucho más lejos de lo previsto, marcan sin duda un cambio de tendencia en la política española que llevaba demasiado tiempo sumida en la “ensoñación”, benévolo término acuñado por el Tribunal Supremo y en el que Pedro Sánchez nos ha obligado a vivir contra la realidad y la lógica más elementales.

En efecto, el debate público impulsado por la izquierda y muy especialmente por su franja extrema formada por comunistas bolivarianos, separatistas golpistas y justificadores del asesinato como forma de relación con el discrepante, ha consistido básicamente en evitar a toda costa enfrentarse a los auténticos problemas de nuestro sistema institucional y de nuestro modelo económico para engolfar a los ciudadanos en el combate maniqueo entre dos Españas reinventadas. La resurrección rencorosa de la Guerra Civil, el impulso de medidas completamente opuestas a la recuperación de la capacidad de crear riqueza y empleo en los ámbitos fiscal, social y laboral, la obsesión por magnificar las peculiaridades de determinadas minorías caracterizadas por su orientación o su ambigüedad sexual, muy respetables, pero sin duda carentes de la condición de cuestión central de nuestra vida en común y de nuestro ordenamiento jurídico, los permanentes atentados contra la libertad de educación, la pertinaz insistencia en eliminar el mérito, la excelencia, el estudio, la disciplina y la autoridad del profesor de nuestro sistema de enseñanza, la indisimulada voluntad de someter el Estado a la rama ejecutiva y, en definitiva, la preferencia por todo aquello que propicie el enfrentamiento, el odio, la división y la degradación de nuestra convivencia, han sido el leitmotiv de los Gobiernos de Pedro Sánchez desde que la malhadada moción de censura del primero de Junio de 2018 entregara las riendas del país a un conglomerado infernal aglutinador de lo peor de cada casa.

El aldabonazo de las urnas del 4 de mayo en cierta manera les han despertado de un letargo de pesimismo, fatalismo y resignación, que ya venía de la soporífera etapa de Rajoy, y les ha insuflado nuevos ánimos

Los sectores saludables de la sociedad española, los que creen en la unidad nacional, en el respeto a la Constitución, en el trabajo, en el ahorro, en la familia, en la honradez, en el reconocimiento del talento, la creatividad y el emprendimiento, en la concordia y en el empeño común, como los mejores caminos para levantar un país aplastado por la crisis financiera del 2008 seguida de la pandemia y sus estragos, han experimentado como una pesadilla la trayectoria de unos gobernantes que se entretenían en hacer volar en helicóptero los huesos de un dictador desaparecido hace medio siglo mientras empresas y autónomos se extinguían por decenas de miles y los puestos de trabajo se evaporaban por cientos de miles. Desde esta perspectiva, el aldabonazo de las urnas del 4 de mayo en cierta manera les han despertado de un letargo de pesimismo, fatalismo y resignación, que ya venía de la soporífera etapa de Rajoy, y les ha insuflado nuevos ánimos demostrándoles que el horror que representa Pedro Sánchez y su Gobierno teratofílico es superable y puede ser derrotado, devolviéndole a las tinieblas de las que nunca debió emerger.

Las necesarias reformas

Los verdaderos desafíos de España no son el feminismo, la secesión catalana o la amenaza de un fascismo inexistente, son la falta de calidad de nuestras instituciones, una estructura territorial irracional y ruinosa, una legislación laboral letal para el trabajador, un sistema de pensiones inviable, una demografía dramáticamente declinante, un Estado hipertrofiado que gasta frenéticamente en su propio beneficio en subvenciones, organismos superfluos y una nómina de empleados públicos desmesurada, una suma ingente todos los años que no tenemos y nos condena a la quiebra. Si dispusiésemos de un Gobierno que atacara de frente todos estos asuntos con firmeza, sin complejos y sabiendo explicar a los españoles la necesidad de las reformas necesarias, todo lo restante se resolvería por añadidura.

Nuestra desgracia es que los encargados de acometer esta exigente agenda de cambio estructural son en buena medida los beneficiarios de estas lacras y no es casualidad que la nefasta reforma de la Ley del Poder Judicial de 1985 haya sobrevivido a diversos gobiernos del PP y del PSOE, algunos con mayoría absoluta, y que el número de los que viven de los Presupuestos haya aumentado desde 2000 un 116%, dos décadas de vaciar los bolsillos de los ciudadanos por parte de los dos grandes partidos nacionales.

En Madrid, genuina representación del conjunto de la Nación, la gente, harta de una clase política vacua, ignara, incompetente, sectaria y extractiva, ha dado su apoyo a una mujer joven, sencilla, que ha dado respuesta a sus preocupaciones

El 4 de mayo ha lanzado una señal esperanzadora: en Madrid, genuina representación del conjunto de la Nación, la gente, harta de una clase política vacua, ignara, incompetente, sectaria y extractiva, ha dado su apoyo a una mujer joven, sencilla, que sin grandilocuencias ni pirotecnias verbales, ha actuado en función de sus verdaderas preocupaciones y les ha facilitado, dentro de las terribles circunstancias que hemos atravesado, que pudieran abrir sus establecimientos, acudir a sus trabajos y respirar a través de una rendija de libertad que ha mantenido contra viento y marea.

La formación política que, inspirada en el ejemplo, modesto, pero eficaz, de Isabel Díaz Ayuso, sepa aplicar este mismo espíritu, pero con la ambición requerida, a los auténticos y profundos defectos de nuestro entramado institucional, productivo y social, con coraje y sin vacilaciones, no sólo sacará a España del hoyo en el que la han hundido las recientes crisis y una clase dirigente de tercera categoría, únicamente atenta al disfrute del poder y al expolio de los recursos que son de todos, sino que ganará elección tras elección y ocupará un lugar de honor en nuestra historia contemporánea.