La juventud comienza a disiparse cuando uno hace retrospectiva y se descubre idiota en sus recuerdos. Hay idiotas eternos que en la mitad de su vida se dejan llevar por la nostalgia de la veintena y concluyen que la mejor forma de recuperar aquello es taladrarse la oreja o perseguir faldas de universitarias. También hay otros idiotas que se sitúan a la sombra de la muralla que establece la edad y renuncian a la frescura que otorgan esos años de inconsciencia. Batallan contra eso, pues lo ven negativo; y se llenan de prejuicios contra todo lo que huela a juventud. Y a libertad.

Aquí se encuentran los policías de balcón, que son los que el pasado sábado programaron sus alarmas a media noche para cumplir con su impagable función social, que es la de señalar a sus vecinos. Sabían que a esa hora terminaba el estado de alarma y que se iban a producir aglomeraciones en la calle, pues hay una parte de los veinteañeros que tiene ganas de vivir. Eso siempre requiere un punto de imprudencia, pues, aunque algunos renieguen de ese recuerdo, la juventud implica perder el norte y no saber, en ocasiones, el nombre de lo que se bebe ni de la persona con la que se despierta.

Ese frenesí supone un problema cuando un virus anda suelto, pero eso no implica que haya que criminalizar a nadie, ni mucho menos proscribir la alegría, que es en lo que andan empeñados algunos desde hace más de un año. Convendría intentar entender -que no compartir- el comportamiento de quienes han estado expuestos durante varios meses a restricciones cuya utilidad todavía está por demostrar, como la de establecer un toque de queda a las 20.00 horas o cierres perimetrales entre las fronteras políticas españolas.

La lógica es aplastante: cuanto más corta sea la cuerda con la que se retiene a la población, más explosiva será su primera carrera en libertad. Las Administraciones deberían hacer autocrítica al respecto, pero no lo harán: contribuirán al señalamiento.

Periodismo ilustrado

Hubo algún periodista de postín (o eso piensa) que incluso subió el sábado a sus redes sociales una foto de ataúdes para avivar el sentimiento de culpa en los celebrantes. Son los informadores que se preocuparon durante el confinamiento -en su minuto de oro diario- de trasladar una imagen dulcificada de lo que les ocurría a los ciudadanos, confinados. Los que hablaban de fiestas en los balcones y videoconferencias con la abuela. Los que trabajan en medios de comunicación que incluso llegaron a programar una comedia sobre el encierro domiciliario. Quisieron dotar de un toque divertido a algo que resultaba patético -con intención política- y ahora tratan de dar lecciones de moral.

Lo hacen, como siempre, sin comprender. Porque no entienden nada. Interpretan su papel de inquisidores del resto y obvian el contexto. El de una juventud que prioriza la diversión a la lógica tras 9 meses de toque de queda. Es imprudente y arriesgado, claro está, pero detrás de esa explosión de alegría hay una frustración latente que necesita una vía de escape. Y los jóvenes de las dos crisis, la mediocridad educativa y el mercado laboral vetado saben bien lo que es la desilusión. Las sociedades en decadencia siempre son víctimas de la misma tentación: acribillar lo joven y lo novedoso.

Hay 'torquemadas' que todavía se dedican a hacer fotografías de las terrazas o a grabar escenas de alegría colectiva. Que son los botellones, no las manifestaciones que respalda el partido al que votan

En cualquier caso, antes de dejarse llevar por la tentación de convertirse en un juez del comportamiento de los demás, convendría recordar algo: que en este país no fueron pocos quienes llamaron a la policía porque su vecino bajó a la calle a fumar un cigarro durante el confinamiento. También hubo edificios donde se emplazó a los médicos y enfermeras a mudarse a otro lugar para no contagiar a nadie en su bloque. Y hay 'torquemadas' que todavía se dedican a hacer fotografías de las terrazas o a grabar escenas de alegría colectiva. Que son los botellones, no las manifestaciones que respalda el partido al que votan.

El cainismo tiene muchas caras. Tantas, que a veces puede confundirse con la solidaridad. A veces, el cainismo se transmite desde los partidos. Y, a veces, lo generan los prejuicios. Entraron unos policías a un domicilio tras reventar la puerta con un ariete, y hubo quien criticó que dentro hubiera una fiesta. Se señaló la anécdota, pero no la vulneración de los derechos. Ése ha sido el leitmotiv de esta pandemia. Y da que pensar: parece que hay quien está dispuesto a renunciar a todo por encajar.