El día 13 de abril, la politóloga Karen Stenner, investigadora de las causas de la intolerancia y autora de “La dinámica autoritaria”, compartió en Twitter el siguiente mensaje:

“La enorme ventaja es que reducir la preeminencia -cacofonía- de la política es de las cosas más calmantes, tranquilizadoras y desmovilizadoras que puedes hacer por los autoritarios que hay entre nosotros. Odian la democracia y cuanto menos oigan hablar de ella y menos sientan la necesidad de implicarse en ella, mejor”

Se refería a un mensaje de Matt Grossmann, director del Instituto de Políticas Públicas e Investigación Social de la Universidad de Michigan, que mostraba un gráfico con la siguiente explicación: “La administración Biden ha reducido drásticamente el interés de búsquedas sobre Trump sin estimular el interés en Biden. Las búsquedas de Congreso, Pelosi, AOC y otros, también se encuentran en puntos bajos, lo que sugiere que el comienzo de Biden puede haber reducido la relevancia de la política en general.”

El gráfico al que alude es la fotografía de la polarización. Dos líneas, una roja (Biden) y otra azul (Trump) que suben y bajan paralelas a lo largo de la línea del tiempo. Como boxeadores bailando en el ring, uno frente a otro, manteniendo la distancia constante.

Nuestros iliberales patrios se alimentan de la cantidad e intensidad de la animadversión que consiguen provocar entre los partidarios del otro bloque

Ojalá alguien en uno de los dos polos políticos en España tuviera la misma idea que la administración Biden. No va a suceder. Les va la existencia en ello. Sin la violencia -cada vez menos- soterrada y el desprecio manifiesto que se profesan, desaparecerían. Al igual que los hombres grises de Momo -Michael Ende, 1973- necesitaban el tiempo de los humanos para existir, nuestros iliberales patrios se alimentan de la cantidad e intensidad de la animadversión que consiguen provocar entre los partidarios del otro bloque.

A finales de 2017 y principios de 2018 leíamos que España era una excepción. Parecíamos inmunes a los radicales de extrema derecha y los estudiosos del gremio producían papers con posibles explicaciones al fenómeno pese al paro, el procés o la inmigración.

Sin embargo, sabíamos que era cuestión de tiempo que la excepción dejara de serlo. Una profecía autocumplida en la que los protagonistas ejecutan su parte del baile.

Vivir y dejar vivir

Lo que nos enseña el gráfico de Grossmann es que la polarización afectiva que campaba desatada en los Estados Unidos es modulable por los actores principales. Lo que nos enseña Stenner es que el autoritario, que muchos de nosotros llevamos dentro, puede vivir y dejar vivir o convertir las sociedades democráticas en algo irrespirable y hay mucho que nosotros podemos hacer al respecto.

Hablamos demasiado de política. Ocupa una cantidad patológica del tiempo de nuestras cortas vidas. Convertimos en algo real aquello de “lo personal es político” sin pensar que, al hacerlo, lo personal desaparece y todo es devorado por la política. Dejamos de ver al ser humano concreto, individual. Una vez lo etiquetamos con el nombre de un colectivo, todas las atrocidades son posibles.

“Hasta los tontos tenemos tope”, continúa la canción de “El madrileño” a cuya letra se refiere el título de esta columna. No sé dónde está el nuestro. Estamos tardando demasiado en ver el teatro y la manipulación grosera de los sentimientos de forma completamente profesionalizada.

Estamos tardando demasiado en darnos cuenta de que envejecemos y no somos mejores ni más felices. Seguramente hasta somos más pobres. El tiempo pasa.

De colchones de gomaespuma en Mozambique porque, como cuenta Rosling en sus memorias, “por fin la gente podía hacer el amor sobre algo suave en vez de en suelos de tierra dura. Por fin, la modernización

Nuestras hijas crecen y un día ganan premios de lectura porque el destino puso en sus manos un texto que su madre les leía cuando ellas apenas silabeaban. Dos palabras -el Mochuelo- bastaron para traer de vuelta el olor de la playa y la historia de Delibes.

Esto es la realidad, lo otro… lo otro es mentira. Es lo que algunos hacen para ganarse la vida. Hasta que todo se descontrola y perdemos la nuestra.

“Hablas mucho. A ver si te callas ya”, dice el bueno al que toman por tonto en la canción.

Hablemos de la vida, de la templanza, de la belleza de crear vacunas que posibilitan niños corriendo y abuelos sin mascarilla ni miedo a pasear. Hablemos de libros interesantes, de la curiosidad que nunca mató gatos sino que produce energía limpia. De colchones de gomaespuma en Mozambique porque, como cuenta Rosling en sus memorias, “por fin la gente podía hacer el amor sobre algo suave en vez de en suelos de tierra dura. Por fin, la modernización”.

No necesitamos salvar la humanidad cada día, a veces basta con no empeñarnos en destruirla.