En una escena de la película de Woody Allen Todos dicen I Love You uno de los protagonistas de la cinta, un joven conservador republicano, cae de repente en una fiesta. Cuando es atendido en el hospital encuentran que un coágulo de sangre dificultaba la entrada de oxígeno a una parte del cerebro. Una vez solucionado, el chico deja de ser conservador y se transforma en liberal de izquierdas.

Esta escena no deja de ser una hipérbole al más puro gusto de Allen. Te hace reír, por supuesto en relación inversa a tu nivel de conservadurismo y, al final, te preguntas por las razones que motivan que unos u otros tengamos nuestras ideologías y hasta dónde nos pueden hacer llegar.

La ideología la conforma una base de creencias de las que, a partir de ellas, emanan ideas que estamos dispuestos a asumir y defender. Estas creencias recaen en el más estricto ámbito personal, por lo que no son universales, aunque sin duda compartidas con aquellos que piensan como nosotros, nuestra tribu ideológica. Es importante remarcar que estas creencias caen en ese ámbito personal ya que diferencia a la ideología con otro tipo de construcciones basadas en las ideas. Así, por ejemplo, un físico teórico, que pertenece a la tribu de los físicos, no defiende una ideología física, pues las creencias en las que se basa esta son objetivas y universales. En realidad, estas creencias se basan en hechos demostrables, que es por lo que se caracterizan por ser objetivas y universales.

Nazismo y estalinismo

La ideología, en casos extremos, podría asemejarse a la religión, aunque es obvio que ambas cosas divergen en ciertos puntos. La religión va acompañada de elementos adyacentes como los rituales y un fuerte componente sentimental. La religión implica una adhesión a las creencias más elevadas, mientras que la ideología permanece en otra esfera de la relación del individuo con el mundo (más terrenal). No obstante, nadie duda que en la historia casos extremos de ideología han venido a sustituir a la propia religión, como el nazismo, el estalinismo,...

Pero ideología y religión tienen elementos en común. En primer lugar, y al igual que en la religión, el cauce para la adhesión a las creencias se gestiona, como afirma Pinker, a través de las historias. Estas cuentan la realidad según el prisma específico construido a partir de las creencias. Ensalzan estas historias lo bueno de lo que creemos, los valores que compartimos con nuestro grupo y nos previene de quienes no creen lo mismo.

varios experimentos parecen haber demostrado que la parte del cerebro que reacciona cuando un conjunto de creencias de un individuo es atacado es el mismo que reacciona ante un ataque físico

En segundo lugar, y para ambos casos, sabemos que tratar de modificar las creencias que nutren las ideas por medio de la exposición de evidencias o conocimientos objetivos que las desmontan no es tan fácil. Justamente la neurociencia ha avanzado en la comprensión de por qué es tan complejo cambiar a las personas de opinión cuando de ideología (o religión) se trata. De hecho, suele ocurrir que en una dialéctica donde una parte trata de desmontar toda una arquitectura basada en creencias no sustentadas por la evidencia, por hechos objetivos, lo que sucede es lo contrario. Quien se ve amenazado suele aferrarse más a su esquema ideológico. En particular, varios experimentos parecen haber demostrado que la parte del cerebro que reacciona cuando un conjunto de creencias de un individuo es atacado es el mismo que reacciona ante un ataque físico. En un debate político donde una parte trata de desmontar a la otra, se activan zonas del cerebro que están relacionadas con los sentimientos más profundos y con la desconfianza (amenaza). Quizás aquí encontramos, como afirma Ezra Klein, el origen de la polarización, es decir, un proceso de refuerzo de creencias frente a un contrario que ataca y del cual hay que defenderse con toda la fuerza disponible. Acción-reacción que refuerza el distanciamiento y polariza cada vez más.

Todo esto podría dar sentido a la escena de la película de Allen, aunque aquella no deje de ser una caricatura convenientemente expuesta. Sin embargo, el hecho de que la ideología esté tan arraigada en la mente de todos nosotros nos impide, en no pocos casos, poder avanzar en el diseño de políticas que, basada en evidencias, podría mejorar el bienestar del conjunto de la sociedad.

Evidencias interesadas

Por ejemplo, sabemos muy bien, porque es un debate muy actual, que el control de precios en los alquileres no alcanza los objetivos deseados por quienes lo proponen. Pero da igual la cantidad de evidencia que presentes. Al final obtienes un debate estéril pues quien propone tales actuaciones termina por cerrase en banda y justificar que tales evidencias son propuestas de forma sibilina e interesada por quienes defienden un sistema social contrario al que sus creencias consideran más deseable. Ante el ataque a tus creencias llega un momento en el que la defensa se basa en apelar al sentimentalismo (como en la religión), a la idea de pertenencia a un grupo al que no quieres traicionar o a la supuesta maldad o interés oculto de quién te debate.

Las políticas deben beneficiar, supuestamente, al débil (la demanda), y no al fuerte (la oferta), ya que apoyar a esta podría ser tachada de política liberal y terminar de ser acusado de traidor a la causa

Dado que el fin es el mismo, lograr un mayor bienestar, las diferencias se concentran en los medios. El debate termina por concentrarse en el instrumento de política (fijar precios) y no en lo importante (acceso a la vivienda de los más vulnerables). Este instrumento debe encajar a la perfección con el paquete de creencias que comparten los miembros de la tribu ideológica. Las políticas deben beneficiar, supuestamente, al débil (la demanda), y no al fuerte (la oferta), ya que apoyar a esta podría ser tachada de política liberal y terminar de ser acusado de traidor a la causa. Extiendan esto a supuestos desmantelamiento de reformas laborales o subidas de salarios mínimos. Lo que importa es el cómo, no el qué. Y es que apelando a donde disentimos se fertilizan historias que apuntalan las creencias. Donde coincidimos, no.

Ninguno estamos libre de este comportamiento tan humano. Por ejemplo, la profunda creencia de que un sistema fiscal laxo y débil es mejor porque incentiva la actividad da origen, junto con otras, a un modo diferente de comprender cómo la sociedad puede avanzar hacia la prosperidad. En este caso, de nuevo, el objetivo no determina el debate, sino que es el instrumento el centro de la dialéctica. Rellenen la lista con otras creencias que los hechos refutan pero que condicionan al debate político y económico transformándolo en estéril y pueril, pero que gozan del aplauso de las diversas tribus que deben apoyar o jalear a los predicadores de historias, a sus ídolos: discursos antimigratorios, educación pública, nacionalismos…

La consecuencia final es que la polarización en base al refuerzo en ideas contrarias paraliza el progreso. La polarización no es mala per sé cuando abona el debate y genera discusión. Sin embargo, es nociva cuando, al final, los esfuerzos solo se dedican a desmontar, inútilmente, las creencias del otro. Y cuando se utiliza a la política económica para ello esta se pone al servicio de la dialéctica, y no al de los ciudadanos.