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Cristina Casabón

Opinión

El debate de los cabezones

La única forma en la que podemos relacionarnos con el votante podemizado sin salir mal parados es no hablando de política

Bronca entre Pablo Iglesias y la ministra de Hacienda en el Congreso: "No seas cabezón", le dice Montero.
Bronca entre Pablo Iglesias y la ministra de Hacienda en el Congreso: "No seas cabezón", le dice Montero.

El liberal y el votante podemizado hablan distintos lenguajes, utilizan dos partes distintas de la mente. Una es la parte crítica; la otra, la emocional, situada más bien en las tripas. El crítico racional tiene el mismo espíritu que permeó en el siglo de la Ilustración, habla un lenguaje que apela a la individualidad, y el liberalismo es una doctrina abierta, que ni siquiera se entretiene con encasillar a la gente en base a ideologías del siglo pasado. El votante podemizado siempre puede volver a entusiasmarse con una única idea o absoluto, porque se basta a sí mismo, saboreando sus emociones. Algunos, como Steiner, creen que el agotamiento del mundo religioso en Occidente dejó un inmenso vacío, "y donde existe un vacío, surgen nuevas energías y realidades que sustituyen a las antiguas". Este vacío, esta oscuridad era debida a "la muerte de Dios" que predicó Nietzche, dando paso a la "nostalgia de un absoluto”.

No alcanzamos a comprender que el acto de contar historias puede ser un ejercicio de poder, de los que tienen voz sobre los que no tienen sentido crítico. “La concienciación, como el compromiso, como lo políticamente correcto, es una continuación de aquella vieja abusona, la línea del partido”, decía Lessing en Las cárceles que elegimos. Curiosamente, encontramos que aún quedan tipos casi trágicos, como el pobre votante podemizado, que ensalzan a esa “vieja abusona”, la línea del partido del Gobierno que hoy marca el vicepresidente, sin cuestionar ni un solo punto. La “censura interior”, o lo que los psicólogos denominan “internalizar una presión externa”, se produce de manera progresiva, es lo que hace que muchas veces pase inadvertida para este tipo de votante.

Pareciera que en esta nueva época de "mesías seculares", como los denomina Steiner, muchos políticos y colectivos identitarios promueven una adhesión que tiene que ver más con el fanatismo que con la discusión propia del debate de ideas. El ethos o la identidad es lo que está en juego en las guerras culturales, el tema de debate es secundario. La única forma en la que podemos relacionarnos con este votante podemizado sin salir mal parados es no hablando de política; lo que no sea una expresión de apoyo puro e incondicional al partido se concibe como una falta de respeto y una provocación al conflicto. ¿Cómo se para este tipo de pensamiento entontecedor?

Frialdad y templanza

El liberal, el curioso que merodea hablando hasta con las piedras y se toma a sí mismo menos en serio, que duda de sus certezas, cuando se topa con el votante podemizado, se encuentra en una situación un poco incómoda. Se da cuenta de que cualquier crítica es considerada como un acto deliberado de la más calculada oposición, y se empieza aquí a forjar un ambiente tan cargado como el de una tertulia televisiva. En realidad, es muy normal que María Jesús Montero le dijera a Pablo Iglesias en el Congreso: "No seas cabezón”, dadas las dinámicas del laboratorio de Podemos, que hacen siempre crecer el nivel de intensidad, al convertir las ideas en certezas y carecer de la templanza y frialdad necesarias para considerar un asunto desde diferentes ángulos y perspectivas.

Para el tipo podemizado, el conflicto y el drama son un medio para un fin, por incoherente que parezca, y el drama le permite reafirmarse en sus ideas y sus creencias

Hoy en día, aquellos que emplean el lenguaje podemizado tienden a aceptar la moral y las ideas políticas que apoya “la buena gente”, y la obsesión con la certeza y la bondad domina la inseguridad de muchos políticos. Se ejerce un tipo de presión en el interlocutor mediante el sentimentalismo o victimismo. El material de las ideas del político moderado es más ligero, intenta intercambiar una serie de observaciones, ideas, argumentos; sale a la tribuna a argumentar, no a sudar. Para el tipo podemizado, el conflicto y el drama son un medio para un fin, por incoherente que parezca, y el drama le permite reafirmarse en sus ideas y sus creencias. Cultivar el conflicto y mantenerlo en funcionamiento es algo así como una inversión en la marca personal.

Los excesos que ejercen los del bando podemizado en sus acaloradas guerras culturales son siempre perdonables para la izquierda, son achaques de exuberancia temporal, equivocada y justificada, mientras que los excesos del otro lado son siempre considerados como una conspiración del mal. Están comprometidos en batallas culturales para salvarnos contra una oposición deshonrosa fatalmente corrompida y con muy mala fe. “Cada situación se analiza en términos de las malas personas que actúan para preservar su poder y privilegio sobre las buenas personas” (Haidt).

Hay un tono demagógico en el populismo actual que intenta mediante estos errores interesados encandilar al “pueblo” con falsas promesas, para llevarlo a un espejismo de proyectos simplistas

Los hechos difícilmente pueden rebatir o extirpar la poderosa fascinación que ejerce para algunos una idea, o una interpretación de la realidad particular, y esto es así porque la “verdad” del populista y del político identitario es “absoluta”; su drama particular impregna la realidad misma, la envuelve y su mente trabaja por asociaciones de tipo personal y sentimental. Isaiah Berlin, en su ensayo La contra-ilustración, dice que la caótica amalgama de pereza mental, conjetura, superstición, prejuicio, dogma, fantasía y, por encima de todo, el “error interesado” mantenido por los gobernantes o líderes, son responsables de gran parte de nuestros problemas. Hay un tono demagógico en el populismo actual que intenta mediante estos errores interesados encandilar al “pueblo” con falsas promesas, para llevarlo a un espejismo de proyectos simplistas, sin fondo ni proyección.

No debemos desestimar que el acto de construir narrativas populistas y visiones reduccionistas es, también, un ejercicio de poder, de unas determinadas contraélites que aspiran a representar la voz de una mayoría silenciada fabricada. En las democracias liberales, el debate público se asentaba sobre los valores básicos de la honestidad y la racionalidad, pero esto está cambiando. El pluralismo político, si se ejerce respetando una base común mínima, es sinónimo de una sociedad madura y plural. Pero si la razón pierde importancia frente a este adoctrinamiento de tipo moralista o sentimental, entonces estamos hablando de otra dinámica de comunicación, entramos en un debate entre cabezones. Lessing decía que “existen personas que siguen su propio criterio y que no se rinden ante la necesidad de decir, o hacer. De ellas depende la salud, la vitalidad de todas nuestras instituciones”.

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