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Jose Alejandro Vara

Opinión

Pablo Iglesias y la Flor de su secreto

El 'caso Dina' se envenena. Unas fotos indiscretas se han convetido en un caso judicial grave y en un problema descomunal para Pablo Iglesias

Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados
Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados Europa Press

Decían que eran las cloacas y resultó un vodevil, un artefacto teatral repleto de relaciones secretas, encuentros furtivos, engaños, intrigas, líos... Aquí aparecen todos los elementos para armar una serie pornopolítica de cinco temporadas. A saber. Una joven asistente política, su dilectísimo jefe, una colección de fotos indiscretas, una abogado por nombre Marta Flor envuelta en un affaire con un joven fiscal anticorrupción a quien llaman 'Ironman'. Si a ello le sumamos la figura del policía que ha chapoteado en las charcas más pestíferas de este país durante los últimos 25 años completamos un guión morboso con vocación de taquillazo. 

A Iglesias le han pillado. No caben ya excusas ni escapatorias. Su voluntarioso montaje sobre las cloacas se se le ha deshecho como dos peces de hielo whisky on the rocks. El líder de Podemos ideó un argumento infalible como línea de su campaña electoral en las generales de abril. Un sofisticado revoltillo en el que aparecía como el gran mártir de una operación montada por ese conocido inspector sin escrúpulos, un exminsitro de la caverna algo tontales, y algunos otros merodeadores de los bajos fondos del Estado. En suma, los saldos del postfranquismo, perfectamente coordinados y actuando en comandita para acabar con el gran caudillo del partido de la 'gente'. 

Según cabe deducir de la instrucción, quien supuestamente manipuló la hirviente tarjeta de la joven asistente fue el propio Iglesias, el denunciante fraudulento, el falso mártir, el impostor

La historia suena bien, salvo que todo era mentira. El juez García Castellón ha desvelado la gran patraña. Ni cloacas franquistas, ni campaña contra Iglesias, ni hostigamiento a Podemos. Justo, al revés. Según cabe deducir de la instrucción, quien supuestamente manipuló, ocultó y luego destruyó la tarjeta delatora de la joven asistente fue el propio Iglesias, el denunciante fraudulento, el falso mártir, el impostor sobre el que ahora recaen todas las sospechas

Dina Bousselham, que por entonces tenía 23 años, es la protagonista de toda esta gran bufonada de consecuencias imprevisibles. El juez, por el momento, ha tenido la osadía de retirarle a Iglesias la condición de perjudicado en la causa y ha descartado asimismo que Villarejo tuviera algo que ver en el robo y manipulación del móvil de la damisela. El magistrado quiere saber quién lo hizo. Dina ha incurrido en todo tipo de contradicciones y, en los últimos días, se han desvelado escandalosas connivencias entre la letrada de Iglesias, que también era la de Dina, con el fiscal Stampa, representante del ministerio público en el caso. 

El recorrido judicial de la causa está por ver, pero el devenir político del podemismo menguante ya se vislumbra. Y no es bueno. Sánchez no tiene clemencia. Ni siquiera pestañeará cuando baje el pulgar

En apenas unos días, las cloacas han cambiado de bando. El gran montaje urdido por el líder de Podemos en torno a esa 'policía patriótica' que buscaba hundirle se ha venido abajo. El recorrido judicial de la causa está por ver, pero el devenir político del podemismo menguante ya se vislumbra. Y no es bueno. Sánchez no tiene clemencia. En los últimos días ha despreciado sin pestañear a su socio de Gobierno en varios asuntos de importancia. Se ha cargado la comisión parlamentaria contra el Rey emérito, ha hecho lo propio con similar iniciativa contra Felipe González, el impuesto a los ricos, la reforma laboral, los 'papeles para todos'... Sánchez ha dado un giro a su estrategia, se ha asomado al abismo de la crisis, ha mirado a Bruselas y ha buscado apoyos en Cs, PNV y PP, muy lejos de la galaxia Frankenstein en la que hasta ahora flotaba grácilmente. Y lejos, también, de su partner morado, en tiempos origen de todos sus insomnios. 

Algunos despachos monclovitas, donde no soportan a la pareja podemita, alientan el fuego de la crítica. Reaparecen las islas Granadinas y la oscura financiación de Podemos

Los paseantes por los círculos de Podemos advierten claros síntomas de nerviosismo. El hundimiento de la gran trola de su líder, de esa intragable fábula en la que basó todo su argumentario en los últimos tiempos, se antoja la antesala del cataclismo. 'La muerte política de Iglesias', titulabaÁlvaro Nieto su clarificadora pieza de este lunes en Vozpópuli.  Hay inquietud y un punto de pánico en la familia morada. "Qué nerviosa se está poniendo con este tema la jauría y el macho alfa que la alimenta", apuntaba Alsina en su speech matinal de Ondacero. Han soltado a sus trolls, a sus bots, a sus perros de presa por teles y redes, los han lanzado como posesos contra cualquiera que ose escarbar en esa inmensa pocilga del caso Dina y en ese secreto no tan oculto de la abogada Flor. Cuando ruge la marabunta es que agua lleva.

Este es el país de 'no pasará nada'. Al cabo, 45.000 muertos lo demuestran. Pero el enredo de Dina empieza a molestar a Sánchez y ahí escuece. Los medios de información vasallos mantienen un silencio sepulcral sobre el asunto. Pero no basta. Altos despachos monclovitas, donde no soportan a la pareja morada, alientan el fuego de la crítica. Reaparecen las islas Granadinas y la oscura financiación de Podemos. De pronto, el cielo empieza a tornarse plomizo sobre la cabeza de Iglesias. Su rostro parece entumecido por la ira. Su natural prepotencia, trastabillea; su arrogancia, afloja. Hasta su tonillo verbal, entre franciscano y lastimero, ahora chirría. Empieza a notar con horror que Galapagar tiembla bajo sus pies. 

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