El que más y el que menos sabe quién es Rocío Carrasco porque en su momento llegó a tapizar la prensa rosa a diario y era plato habitual en los programas de cotilleo. Luego, años después, desapareció de nuestras vidas y, al menos el que suscribe, la había prácticamente olvidado. Su momento dulce lo vivió a finales de los noventa. En aquel entonces era muy joven, poco más que una adolescente y su madre, Rocío Jurado, se encontraba en la cima de su popularidad. Ser hija de Rocío Jurado le valió el sobrenombre de “Rociito”, un afrentoso remoquete que la interesada tardó años en quitarse pero que aún se mantiene en la memoria colectiva a pesar de que Carrasco tiene ya más cuarenta años.

Desconozco la razón por la que Rocío Carrasco se apartó de los focos, tal vez porque su madre falleció y le legó una generosa herencia que le ha permitido vivir sin tener que arrastrase por los platós de televisión diseccionando vísceras propias o ajenas. En todo este tiempo, según me soplan los colegas de la sección de ecos de sociedad, ha presentado con más pena que gloria algunos programas de televisión. Lo que nunca ha vuelto a tener es el fulgor mediático que la acompañó a finales de los años noventa, cuando era guiso habitual en todas las salsas.

Aparte de ser hija de su madre (y de su padre, el boxeador Pedro Carrasco, que llegó a campeón mundial de peso ligero en los años setenta), Rocío Carrasco obtuvo renombre gracias a un matrimonio precoz, breve y fallido con Antonio David Flores, un jovencísimo agente de la Guardia Civil. Todo lo demás vino de ahí. Carrasco y Flores tuvieron dos hijos y desde el mismo momento de su divorcio, allá por 1999, comenzó una agria disputa por la custodia de los niños a quienes los padres, siempre tradicionales, tuvieron el detalle de bautizar con su nombre. A la niña la llamaron Rocío y al niño David.

Se enfangaron en acusaciones y denuncias ante los tribunales que luego vendían a tanto el kilo en la prensa del ramo y que hacían las delicias de los aficionados a la casquería televisada

Todo esto, la boda, el divorcio, las peleas por la custodia carece de importancia, son cuestiones puramente privadas que llegaron a ser de conocimiento público porque tanto Carrasco como Flores los airearon en televisión durante años. Se enfangaron en acusaciones y denuncias ante los tribunales que luego vendían a tanto el kilo en la prensa del ramo y que hacían las delicias de los aficionados a la casquería televisada. Flores consiguió la custodia compartida, aunque los niños, aún de corta edad, siguieron residiendo con Carrasco. Sucedió que muchos años después la niña tuvo un rifirrafe con la madre y decidió mudarse a vivir con el padre. De este último giro de la historia yo no me había enterado a pesar de que sucedió hace ya casi diez años, pero la actualidad es muy exigente y no se puede estar al tanto de todo.

De entre las muchas querellas que la pareja despachó entonces a caballo entre los tribunales y los platós de televisión había una de presuntos maltratos. Carrasco lo denunció, pero no tras producirse los maltratos, sino veinte años después de la boda, en 2016, año en el que interpuso la primera denuncia en un juzgado de violencia de género. El maltrato se habría producido mientras estuvieron juntos, que no fue mucho tiempo, unos cuatro años, desde 1995 a 1999. En la denuncia Rocío Carrasco acusaba a Antonio David Flores de haberla maltratado física y psicológicamente, pero la denunciante fue incapaz de probarlo y el caso fue sobreseído. Carrasco recurrió y en marzo de 2018 una jueza admitió que había indicios de posible delito por lo que se reabrió el caso. Antonio David interpuso un recurso y en noviembre de ese año volvió a sobreseerse el caso. Carrasco se lo llevó al Supremo, pero el alto tribunal lo desestimó.

La Fábrica de la Tele

Hasta aquí el recorrido legal de la cuestión. Desconocemos si Antonio David Flores maltrató entre 1995 y 1999 a Rocío Carrasco, lo que si sabemos es que esta última no ha podido demostrarlo ante un juez por lo que, mientras no se demuestre lo contrario, Flores es inocente. En este punto es donde arranca el siguiente capítulo del folletín. Cegada la vía judicial, Carrasco se apuntó a la idea de La Fábrica de la Tele, una productora cercana a Mediaset, de hacer un programa documental sobre su vida. De un tiempo a esta parte está de moda recuperar ciertas figuras de la época dorada del papel cuché como la propia Carrasco o Isabel Pantoja, a quien dedicaron un algo parecido hace no mucho tiempo.

La emisión de la primera parte del documental, programada para el pasado domingo, contaba con la presencia estrella de la propia Carrasco que, de cuerpo presente y envuelta en lágrimas, relató pormenorizadamente sus sinsabores matrimoniales. Un testimonio conmovedor, sin duda, pero, como sucede con este tipo de producciones, reservado a un nicho muy concreto de audiencia. Lo que nadie esperaba es que algo así se convirtiese en un fenómeno mediático con implicaciones políticas de primer nivel. Durante la emisión de la entrevista la ministra Irene Montero publicó un hilo en Twitter en el que denunciaba airadamente la violencia de género y ponía a Carrasco como ejemplo doliente del machismo que nos atenaza.

Que un asunto menor, casi folclórico, se adueñe de la actualidad y se convierta en el primer problema nacional es síntoma de que hemos empezado a vivir en una realidad paralela dictada por el Gobierno y sus terminales mediáticas

Aquello causó estupor entre los ajenos y una incontenible ansia por imitarla entre los propios. Tras ella se sumaron Íñigo Errejón y Adriana Lastra. Se abrieron los diques y, en cuestión de unas pocas horas, unos presuntos maltratos que tuvieron lugar hace dos décadas se convirtieron en tendencia en las redes sociales y objeto de agrio debate a escala nacional. Algo simplemente increíble, había que pellizcarse para creer que eso estaba sucediendo de verdad. Que en un país con la economía en caída libre, con el déficit y la deuda disparada, en el que cierran un centenar de empresas cada día, que acumula desempleados mes tras mes y que se encuentra entre los más castigados del mundo por los efectos de la pandemia, un asunto menor, casi folclórico, se adueñe de la actualidad y se convierta en el primer problema nacional es síntoma de que hemos empezado a vivir en una realidad paralela dictada por el Gobierno y sus terminales mediáticas. Una suerte de Show de Truman en el que los señores de la televisión manipulan las bajas pasiones del público con entresijos sentimentales carentes de interés y que, se mire desde donde se mire, constituyen una afrenta a la tragedia económica y personal que millones de españoles están padeciendo desde hace más de un año.

Podemos y su entorno ideológico -en el que habita Errejón por más que le pese-, ha ido perdiendo todas sus banderas. Lo han hecho, además, a mucha velocidad

Habría que preguntarse por qué se han agarrado a esto, por qué gente como Irene Montero o Íñigo Errejón, están utilizando en su beneficio la triste historia de Rocío Carrasco, por qué están convirtiendo un asunto privado entre dos celebridades vencidas ya por el tiempo en una gran cuestión de alcance nacional. Seguramente sea porque no les queda otra cosa. Podemos y su entorno ideológico -en el que habita Errejón por más que le pese-, han ido perdiendo todas sus banderas. Lo han hecho, además, a mucha velocidad. No son ya el partido de la regeneración, tampoco el representante de la gente, ni el portavoz de los trabajadores agobiados por las hipotecas, los bajos salarios o las dificultades para encontrar empleo. Si convocasen hoy una manifestación en Madrid como aquellas de 2014 o 2015 sólo acudirían los paniaguados de la administración que deben su sustento al partido. Muchos lo harían en coche oficial, con escolta y el último modelo de iPhone en la mano. Nadie más se apuntaría. Están poco a poco licuándose en la nada.

La distancia entre Podemos y lo que debería ser su base electoral es hoy ya insalvable. Sin banderas que enarbolar sólo les queda la del feminismo radical y las cuestiones identitarias. Lo hemos podido comprobar durante el último año. Pablo Iglesias y sus ministros, incluida Montero, no han tenido el detalle de visitar un solo hospital, tampoco se han preocupado demasiado por la infinidad de problemas que afrontan los autónomos o los asalariados que se están quedando sin empleo. Los problemas del español de a pie simplemente no van con ellos. Hace meses anunciaron a bombo y platillo un “escudo social” que iba a materializarse en una especie de renta mínima que al final se ha quedado en nada porque no hay con qué pagarla.

Dispositivos dialécticos

La cruda realidad contable los ha llevado de cabeza al mundo de la quimera y los problemas minoritarios cuando no abiertamente imaginarios, aproximadamente lo mismo que se dedicaban en su época de agitación universitaria. La diferencia es que ahora pueden financiar sus desvaríos con una cantidad considerable de dinero público. El presupuesto con el que cuenta la ministra Montero es superior a los 400 millones de euros o, lo que es lo mismo, cuatro hospitales Isabel Zendal. Con dinero y presencia mediática se puede redirigir la atención hacia donde ellos quieren. Para subsistir necesitan dispositivos dialécticos en el que haya buenos y malos fácilmente distinguibles. Ellos se colocan en el lado de los buenos y cargan la maldad absoluta sobre sus adversarios políticos actuales.

Rocío Carrasco no representa a la mujer media española, nada tiene que ver su caso con el drama de mujeres que padecen maltrato doméstico. Carrasco es una privilegiada. Fue una niña rica criada entre algodones en La Moraleja

Con este asunto de Rocío Carrasco llevan días insistiendo en que su historia es la historia de todas las mujeres maltratadas. No es cierto. Rocío Carrasco no representa a la mujer media española, nada tiene que ver su caso con el drama de mujeres que padecen maltrato doméstico. Carrasco es una privilegiada. Fue una niña rica criada entre algodones en La Moraleja, carece de estudios superiores porque no quiso realizarlos y no se le conoce habilidad especial ni trabajo alguno más allá de los que consiguió en televisión por ser hija de sus padres, una cantante y un campeón de boxeo que, ellos sí, hicieron fortuna gracias al éxito derivado de su trabajo.

Es posible, claro está, que Rocío Carrasco fuese maltratada por su exmarido, pero no ha podido demostrarlo ante quien debía demostrarlo y, de haberse producido ese maltrato, sucedió hace veinte años por lo que el delito habría prescrito ya. No existe ninguna resolución judicial que diga que Rocío Carrasco es víctima de violencia de género, sólo tenemos sus declaraciones en un programa de televisión. La sentencia o las resoluciones judiciales lo que han dicho es que no existía prueba alguna de que sea violencia de género, por eso se acordó el sobreseimiento. También es posible que no se produjese y estaríamos asistiendo al linchamiento mediático y social de un inocente, un linchamiento dirigido desde el Gobierno.

Sirva esto como ejemplo de la sima moral y la desconexión absoluta que Podemos en particular y la nueva izquierda en general tiene con la realidad. Sólo les queda el poder, el presupuesto que trae aparejado, un sinfín de altavoces televisivos que tronan mañana, tarde y noche agitando la única bandera que les queda. A ellos se van a agarrar todo el tiempo que puedan.