Relataba un periódico hace un tiempo las ventajas del coliving, es decir, de compartir piso con desconocidos. Alababa la capacidad que esa opción proporciona para conocer otras culturas y socializar con gente joven y enérgica; y cualquiera podría preguntarse si por la mente de su redactor había pasado alguna vez una idea que no estuviera relacionada con la felicidad. Pero con esa felicidad que proporcionan los barbitúricos, que es tan artificial como peligrosa.

Existe una diferencia sustancial entre administrar riqueza y administrar precariedad. Lo primero suele requerir prudencia, mientras que lo segundo, imaginación. No es lo mismo dividir capital que hacer mitades para guardar una, por si mañana no hubiera dónde caerse muerto. Regodearse en la escasez es casi tan ridículo como ocultarla por orgullo. Es una actitud decadente que suele ocultar algún complejo o manía. O alguna mala intención.

En el periódico anteriormente mencionado, que es El País, aparecía hace unas horas otro texto que ilustraba sobre las ventajas de determinados modelos de vivienda sin cocina. Se hacía eco de la opinión de una arquitecta, becada en la Universidad de Harvard, muy viajada ella e interesada por esta forma de vida.

Su discurso era insoportablemente esnob e incluía un ejemplo de cocinas comunitarias que surgió en México tras la crisis de 2008, cuando las mal llamadas clases medias se dieron cuenta de que, en realidad, eran y habían sido siempre pobres.

Afirmaba lo siguiente: “Además de tener a la población alimentada, esas cocinas sirven de radar social. Se detectan por ejemplo, situaciones de violencia de género. Hay una dedicada a la comunidad LGTBI”. Más allá de lo delirante que resulta pensar en el concepto de 'comedores identitarios', llama la atención el mero hecho de que se extraigan aspectos positivos de la precariedad. Es la exaltación de la miseria. Del jodido, pero contento.

Adoptar hijos entre amigos

No es el peor ejemplo de todos. Como la izquierda-pop posmoderna parece decidida a reventar toda estructura social tradicional para inventar nuevos esquemas, cada vez más absurdos, hay quien ahora defiende la idea de que dos amigos puedan adoptar un niño en caso de que se pongan de acuerdo.

Así lo recogió hace unos días El País en un artículo en el que citaba como ejemplo lo que sucedió en un par de series de televisión (de ficción), en las que sus protagonistas se hacían con la custodia de una criatura. Y, claro, eran dos comedias, por lo que todo tendía siempre al final feliz. Lo más inquietante del texto era una frase en la que se afirmaba: “En una sociedad en la que el amor ya no es un valor al alza, no son pocas las personas que, sobre todo al llegar a cierta edad, se plantean si no es mejor compartir la custodia de un hijo con un amigo, que no con una pareja inestable”.

Llegó al fin el temido día en que un periodista se atrevió a especular sobre las emociones y los estados de ánimo para defender su tesis. Y no son tiempos fáciles y quizás los nexos humanos tradicionales han quedado resentidos por la absurda inmediatez de la vida moderna y el estúpido discurso que pretende debilitar las estructuras sociales tradicionales. Pero de ahí a atreverse a teorizar sobre el sentimiento más universal media un trecho que parece osado recorrer. Máxime si la conclusión es tan errónea e interesada.

Afirmar que el amor es un valor en decadencia es absurdo. Implica caminar sobre el castillo en el aire que construyeron los posmodernos y sobre el que han tratado de impulsar todo tipo de transformaciones sin pisar la calle ni conocer la circunstancia de aquellos a los que se dirigen.

Decía Erich Fromm en El Miedo a la Libertad que el principal esfuerzo de los hombres en sus vidas es el que realizan para huir de la soledad. El amor es el cauce de eso y la familia (con sus nuevas formas), la consecuencia. Por tanto, afirmar que el amor es un valor en decadencia es absurdo. Implica caminar sobre el castillo en el aire que construyeron los posmodernos y sobre el que han tratado de impulsar todo tipo de transformaciones sin pisar la calle ni conocer la circunstancia de aquellos a los que se dirigen. Que en lo esencial no es diferente a la de los antiguos. Como la propia condición humana.

Lo que sí es cierto es que parece que alguien provocó hace un tiempo un incendio sobre todo lo que amamos y nos hacía felices; y ahora, sobre las brasas, hay quien se empeña en lanzar mensajes optimistas sobre las cenizas. Quizás porque quiere poner en valor el polvo para venderlo. Pero celebrar la imposibilidad de independizarse, de tener cocina o de formar una familia, como consecuencia de las lamentables enfermedades sociales y de la precariedad, parece una soberana estupidez.

Pero la izquierda pop es capaz de eso...y de más. Y los periódicos. Casi todos, no sólo El País. El clickbait crea monstruos.