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Roger Senserrich

Opinión

La pobreza no es un estilo de vida

Sabemos que las sociedades más igualitarias no sólo son más justas, sino que tienen un mayor crecimiento económico a largo plazo

La Policía Municipal desaloja a personas sin techo que acampaban en el Paseo del Prado (Madrid) en octubre de 2019.
La Policía Municipal desaloja a personas sin techo que acampaban en el Paseo del Prado (Madrid) en octubre de 2019. Efe

Nadie que ha vivido en la pobreza, absolutamente nadie, tiene ningunas ganas de permanecer en ella. Ser pobre es una experiencia terrible, abrumadora; algo que combina un profundo estigma social, un gigantesco sentimiento de culpa, una ansiedad tremenda, constante, irreal sobre qué deparará el futuro y que requiere de una disciplina casi imposible para salir de ella. Alguien que es pobre no puede hacer planes ni puede pensar más allá de la semana que viene porque su mundo no incluye fondos para existir en el mismo estado en que vive ahora la semana que viene. Nadie que ha pasado una temporada sin blanca olvida esos días, olvida ese miedo.

Es por este motivo que uno de los programas que mejor funciona para sacar a gente de la pobreza en todas partes consiste en dar dinero a los pobres. Los programas que hacen esta clase de cosas existen en muchos países, casi siempre disfrazados en forma de “créditos fiscales”, “rentas de inserción” o “cheques familia” porque insistimos en tratar a la pobreza como un fracaso moral, no un problema económico. Lo que vemos cuando se le da dinero a quien no lo tiene, sin embargo, es que la gente que es pobre acostumbra a saber con bastante precisión qué es lo que estaba impidiéndoles salir de la pobreza, y gastan los fondos en cosas que son útiles.

Ingresos muy bajos

El caso más claro es el Earned Income Tax Credit (EITC), la versión americana del complemento salarial anual garantizado que propuso Ciudadanos hace unos años. El EITC es un pago que reciben aquellos trabajadores y familias americanas que están trabajando pero que tienen ingresos aún bajos. Es un programa bastante generoso (las familias pueden llegar a recibir un crédito que ronda un 25% de su salario anual) que tiene la ventaja además que no “desaparece” de inmediato una vez sus receptores salen de la pobreza, sino que va disminuyendo lentamente. Nunca nadie tiene más ingresos trabajando menos.

Los efectos positivos del EITC en salud, disposición a trabajar, bienestar familiar, educación de los hijos de los receptores e incluso en su salud mental están bien documentados y son uniformemente positivos. El mecanismo, las decisiones de consumo que toman aquellas familias que viven en la pobreza con el dinero, es igualmente fascinante.

El sueldo de tres meses

Casi todos los receptores de EITC lo cobran entre enero y abril en un solo pago cuando hacen la declaración de la renta. Podemos estar hablando de un cheque de 3.000 dólares para una familia que gana 18.000 dólares al año; para alguien que está teniendo problemas atroces para llegar a fin de mes equivale a cobrar en un día el sueldo de dos o tres meses.

Para los guardianes de la pureza moral del capitalismo que ven dependencia, esclavitud y camino de la servidumbre en todas las esquinas, este dinero es algo que sólo hará que los pobres se sientan premiados y se echen a dormir, renunciando a cualquier esfuerzo adicional que les haga libres. Eso si antes no deciden malgastarlo en vicio, alcohol, televisores OLED y otros lujos innecesarios. La realidad, sin embargo, es muy distinta. Los estudios indican de forma consistente que los receptores de EITC no se gastan el dinero en productos de ocio o en bienes perecederos, sino en tres categorías primordiales: bienes duraderos de transporte (es decir, en un coche), pagar deudas, y ahorro.

Lo primero, en Estados Unidos, es todo menos un capricho; en muchos lugares del país es casi imposible ir a trabajar sin tener un coche. La gente que tiene pocos ingresos sabe que es imposible dejar de ser pobre sin tener este medio de transporte, y el EITC va muy a menudo a arreglar un vehículo o comprar uno de segunda mano.

Las tarjetas de crédito, en el anémico estado de bienestar americano, son el recurso de emergencia para responder a una emergencia, como tener que arreglar el coche o una factura médica demasiado elevada

Pagar deudas es también algo lógico, y más si vemos las dos principales categorías, tarjetas de crédito y vivienda. La vivienda (alquileres o hipotecas atrasadas) es imprescindible para tener la estabilidad que necesitas para dejar la pobreza; uno de los principales símbolos de ser pobre, de hecho, es tener que mudarse constantemente. Las tarjetas de crédito, en el anémico estado de bienestar americano, son el recurso de emergencia de muchos para responder a una emergencia inesperada, como tener que arreglar el coche o una factura médica demasiado elevada. El EITC permite que muchas familias eliminen esas deudas de inmediato.

Que el ahorro sea el otro uso habitual del EITC refuerza aún más la idea de que los pobres saben lo que hacen. Su prioridad es, de forma casi uniforme, conseguir las herramientas necesarias para conseguir una cierta estabilidad, algo que les permita no estar pensando siempre a corto plazo. Acceso a trabajo, cero deudas, ahorros, son las tres estrategias naturales.

Cuestión de suerte

Los pobres, en contra de lo que dicen los señores serios de moral victoriana todo el santo rato, no son pobres porque son unos fracasados, sino por accidente. El camino a la pobreza es, casi siempre, la pobreza de los progenitores; nacer pobre. Para aquellos que caen en ella desde la clase media, el problema inicial es una empresa que cierra, un problema de salud, una tragedia familiar o una crisis económica general, no vicio y costumbres morales laxas. Cierto, siempre hay algún personaje que es un vago militante, ácrata sin rumbo y caído en la indecencia, pero son los menos. Sin embargo, siempre hemos insistido en construir un estado de bienestar basado en la vaga, estúpida idea de que debemos castigar a la minoría irresponsable en vez de ayudar a los que han tenido mala suerte.

En España, esto es un problema evidente. Tenemos un estado de bienestar que no sólo es (relativamente) pequeño comparado con el de nuestros vecinos, sino que además es agresivamente incompetente en ayudar a quien menos tiene y sacar gente de la pobreza. Seguimos anclados en la idea de que luchar contra la pobreza es caridad que debe hacerse a desgana, no una respuesta concreta a un problema estructural de nuestra economía. Sabemos que las sociedades más igualitarias no sólo son más justas, sino que tienen un mayor crecimiento económico a largo plazo y que reducir desigualdades y generar riqueza no son opuestos, sino complementarios.

Es hora de dejar atrás el absurdo mundo de fábulas morales y clasismo rancio para seguir justificando que la mejor respuesta ante el sufrimiento ajeno es chillarles que deberían haberse portado mejor. Hablemos de cómo podemos solucionar la pobreza, no cómo estigmatizarla aún más.

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