Dos escándalos de dimensiones paquidérmicas deberían hacer caer al Gobierno. O, al menos, provocar una crisis del Ejecutivo. O el cese de un ministro. ¿Me creerían, quizás, la renuncia de un secretario de Estado?, diría Woody Allen. Se trata de dos episodios desvelados por Vozpópuli y que, poco a poco, se han abierto paso en la rijosa agenda político/informativa de nuestro país, tan ocupada en ignorar los pecados del presidente, bailarle el agua a los golpistas, atusarle la coleta a Iglesias y abofetear con insistencia a Ayuso. Hablamos de los 53 millones de euros entregados a la desconocida compañía aérea Plus Ultra y la desaparición de miles de dosis de vacunas por arte de birlibirloque, dos sucedidos que tan solo han merecido explicaciones sicalípticas por parte de los voceros de La Moncloa.

Plus Ultra es asunto pestilente y sangrante, tal y como venimos detallando desde el 10 de marzo, día en el que se se publicó la primera entrega de este serial in progress, cuyos aspectos más lacerantes reseñaba este lunes Alvaro Nieto. Nueve indicios claros de prevaricación y cuatro ministras salpicadas convierten este affaire en cuestión que reclama respuestas convincentes y medidas tajantes y no los tristes balbuceos expedidos por Reyes Maroto, titular de la cartera de Industria y Turismo.

Con tan sólo un artefacto (al que llaman avión) en su escuálida flota, Plus Ultra ni es una firma estratégica, ni solvente, ni relevante, es un foco de conflictos con sus clientes y un dechado de incidencias con los pasajeros, en contra de lo que argumentaba el Ejecutivo para justificar la generosa donación. Es, además, el arquetipo de entidad a la que el Gobierno español, con un sector turístico al borde de la asfixia, jamás debería entregar un euro. Menos aún, 150.000 por cada empleado. "La aerolínea que ofrece más maletas", pregona su singular lema que enlaza con otro tenebroso asunto de valijas venezolanas. Delcy Rodríguez, Barajas de madrugada, el ministro José Luis Ábalos y aquellas cuarenta maletas de sospechoso contenido que se perdieron en la noche madrileña a bordo de una furgoneta con cristales tintados y rumbo desconocido. El juez que archivó vertiginosamente el asunto sepultó también los vídeos que registraron las correrías de la número dos de Maduro por las dependencias VIP del aeropuerto acompañada por el ministro español de Transportes. Sospechosa operación, jamás aclarada, que también reclamaba ceses. Uno al menos.

De la Pampa a Murcia

Escaso interés ha mostrado hasta ahora la fiscalía de Dolores Delgado en arrojar un punto de luz y claridad sobre ambas cuestiones. Ni sobre Delcy ni sobre Plus Ultra. Lejos de amainar, el caso de la aerolínea con un solo aparato se expande. Superada su catalepsia inicial, PP, Cs y Vox han llevado el asunto al Congreso, donde recibirá nada cristiana sepultura. Más recorrido puede tener la iniciativa de los eurodiputados González Pons y Garicano, del PP y CS respectivamente, ante la comisaria de Competencia. Cuando Bruselas asoma su hocico por el horizonte, en vísperas de que comiencen a librarse los fondos del rescate, algo tiembla en los cimientos de La Moncloa. Y en el entorno de Rodríguez Zapatero y de Iglesias, ambos con truculentas, irregulares y muy satisfactorias relaciones con la narcodictadura bolivariana.

'Vacunas vip', así bautizaron precisamente en la Argentina de Cristina Fernanández Kirschner a las dosis que desaparecen subrepticiamente de los depósitos oficiales y van a parar a los hombros de conocidos malvivientes, líderes políticos, sindicalistas y peronistas en general. Esta 'vacunas vip' son el eje de un cierto escandalete en Buenos Aires, pero sin alcanzar la categoría de la convulsión.

En velocidad de vacunación, España está en la cola de Europa, sólo superada por Polonia en lentitud y torpeza. ¿Dónde han ido a parar esas vacunas desaparecidas? ¿Se han perdido? ¿Las han distraído? ¿Volvemos al estraperlo del franquismo?

Casi como aquí. Inés Arrimadas llamaba 'robavacunas' a aquellos dirigentes del PP murciano que se saltaron las listas de espera y justificaron la inopinada moción de censura promovida por Ciudadanos con muy escaso éxito. Cómo denunciar a cuatro paisanos que se saltan la cola de los vacunables y, al tiempo, pretender pactar con el partido que ha escamoteado miles de dosis, todavía con destino desconocido. Vozpópuli lleva escrupulosamente la cuenta de las partidas 'evaporadas'. Hay un desvío de unas 30.000 unidades entre los datos que entregan los laboratorios y las cifras de Sanidad. Cientos de ancianos aguardan con razonable desesperación la vacuna que les corresponde y que no llega. En velocidad de vacunación, España está en la cola de Europa, sólo Polonia nos gana en lentitud y torpeza. ¿Dónde han ido a parar esas vacunas? ¿Se han perdido? ¿Las han distraído? ¿Hemos vuelto al estraperlo del franquismo? ¿Se inoculan a familiares de altos cargos, como es idea asentada? No resulta edificante burlarse de la salud de de los ancianos.

Mienta usted, aquí no pasa nada

Nixon, cabe recordar, no dimitió por espiar la sede de los demócratas. Lo defenestraron por mentir. Con similar parámetro, Sánchez debería haber dimitido unas trescientas veces. Ha faltado a la verdad casi todos los días de su mandato, desde el momento mismo en el que se coaligó con los que había jurado no acercarse ni a heredar. También evitó la encomiable actitud de imitar al menos a tres ministros europeos, un presidente húngaro o una vicepresidenta de la Eurocámara que presentaron su renuncia tras descubrirse que habían plagiado sus respectivos másteres. Nuestro presidente, lejos de amagar con la renuncia, le encargó a un adjunto que transformara la apócrifa tesis en un desmesurado libraco que por ahí sigue.

Tiene Podemos ahora mismo más de media docena de sus dirigentes imputados sin que nadie ose reclamar renuncias o urgir ceses. El propio partido está siendo investigado entre el más absoluto desinterés por parte de los medios y aún de la oposición

Dimitir no es virtud que se practique por aquí con frecuencia. Lo hizo Cristina Cifuentes tras desvelarse un episodio algo turbio en un supermercado, que no se tradujo ni en imputación ni en condena. Es más, acaba de resultar absuelta en una intrincada causa sobre su máster, asunto aireado con particular empeño en los medios de comunicación y apenas mencionado una vez que el tribunal exoneró a la expresidenta de la Comunidad de Madrid. Curiosamente, Podemos, partido actualmente investigado, tiene bajo imputación a más de media docena de sus dirigentes sin que alguien ose reclamar renuncias o urgir ceses.

Sánchez, cierto es, forzó la salida de dos de sus ministros en los primeros tiempos de su llegada a la Moncloa. Máxim Huerta ocultaba un tironeo con Hacienda y Carmen Montón asumió la responsabilidad de un máster posiblemente tan irregular como el de su presidente. Meses después, naturalmente, a ambos se les dispensó un amable trato en su ubicación laboral, en especial a la dama levantina a quien encumbraron a un sillón muy codiciado y bien remunerado en la OEA. ¿Qué narices hace allí? Se ignora.

En un año largo de pandemia, con cien mil muertos, seis millones de parados y decenas de miles de empresitas quebradas, no ha habido instancia oficial alguna que haya asumido errores, despropósitos, pifias, por no hablar de embustes, trampas, engaños

Tanto la espuria entrega de 53 millones a Plus Ultra, lo que viene siendo al cambio algo más de 'medio Zendal', como el escamoteo de miles de vacunas no han sido merecedoras de renuncia alguna, ni siquiera de disculpa pública, de retractación, reconocimiento del daño causado y, por supuesto, de propósito de enmienda con medidas que reparen el estropicio. Ni uno solo de esos gestos se ha registrado. No le agrada a Sánchez reconocer sus errores, sus excesos y aún sus ostensibles episodios de latrocinio. La mentira no penaliza en nuestra artrítica democracia, que ha asumido con complacencia la elusión de responsabilidades del que gobierna. En un año largo de pandemia, con cien mil muertos, seis millones de parados y decenas de miles de empresitas quebradas, no ha habido instancia oficial alguna que haya asumido errores, despropósitos, pifias, por no hablar de embustes, trampas, engaños. "No tengo nada de lo que arrepentirme", arguyó el falsario Illa minutos antes de saltar como candidato a Cataluña en plena tercera ola de la pandemia.

Nuestra democracia, que nunca logró alcanzar el nivel de robustez necesario para superar las tinieblas del pasado, languidece anestesiada por una propaganda hipnótica y obsesiva y unos medios de comunicación lenitivos y sedantes. ¿No llegan las vacunas? Más rociítos ¿Se dispensan millones de euros a los amigos de Maduro? Más jorgejavier. Y si algo falla, Iglesias ya ha prometido que encarcelará a Ayuso. Dos escándalos como los mentados tumbarían a un Gobierno en un biotopo democrático sustentado en un Estado de derecho. No es el caso.

El proyecto político del sanchismo es otra cosa. Un esquema de ambición personal despojado de escrúpulos, de principios, de cualquier componente ético y amparado en la ausencia absoluta de moral. Semejante estructura saltaría por los aires en una democracia valiente, recta y vigorosa. Un manto de conformismo lanar cubre todo el escenario nacional, desde el social al económico, del cultural al judicial, del público al empresarial. La factoría de ficción, que con reseñable habilidad conduce Iván Redondo, pergeña nuevos episodios con la velocidad de un supernétflix para mantener entretenida a una clase política entre desbarajustada y boba y para alimentar la abulia de un cuerpo social silente y aterrorizado. "Soy capaz de mucho más", repetía el niño Miles en la inquietante Otra vuelta de tuerca de Henry James. Sánchez también. No hay quien lo frene.