Este año 2021 coinciden tres efemérides de gran significación a ambos lados del Atlántico, el 200 aniversario de la independencia de México, los 700 años de la fundación de la capital azteca, la legendaria Tenochtitlan, y el quinto centenario de la conquista de ese país por Hernán Cortés, su menguada hueste española y sus miles de aliados indígenas. Como es natural, esta celebración múltiple ha de ser organizada principalmente por el Gobierno mejicano, pero es obvio que España debe tener un papel y un protagonismo especial en los actos que se celebren. La cosa ya empezó mal cuando en marzo de 2019 el presidente López Obrador envió una carta tan impertinente como inoportuna al Rey Felipe VI exigiendo que nuestro país se disculpara oficial y públicamente por los abusos cometidos por los conquistadores hace cinco siglos. Aparte de que juzgar moral y políticamente acontecimientos de un remoto pasado bajo el prisma de los principios, valores y normas jurídicas del presente es una anacronía absurda, lo que el primer mandatario mejicano demostró con esta desacertada misiva es su profundo desconocimiento de la historia de España y de la de su propia tierra, tan íntima y fraternalmente unida a la nuestra.

La literatura sobre las increíbles aportaciones de España a América es ingente y ocupa bibliotecas enteras, que, por lo que se ve, López Obrador no se ha dignado leer, aunque sólo sea una mínima parte. Por ejemplo, no estaría de más que se familiarizase con el magnífico trabajo de Luis Suárez Lo que el mundo le debe a España o a obras más recientes y amenas como No te arrepientas de José Javier Esparza o Imperiofobia y leyenda negra de Elvira Roca Barea, por citar tres ejemplos bien acreditados de rigor, precisión y calidad. Si se hubiera documentado debidamente, en vez de entregarse a tópicos electoralistas y demagógicos, no escribiría banalidades ni pondría en peligro un múltiple acontecimiento conmemorativo que, lejos de resucitar agravios imaginarios y estériles, ha de contribuir a un hermanamiento aún más estrecho de la vasta comunidad hispanoamericana en beneficio de todos.

No consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados"

Aunque los ejemplos que demuestran la vaciedad y la mezquindad rencorosa del presidente mejicano son incontables, me limitaré a mencionar dos que deberían bastar para reducirle al silencio contrito. El primero hace referencia a la protección que desde los albores de la llegada de los españoles a América dispensó siempre la Corona a los nativos de los lugares que se iban incorporando al dominio y la tutela real. Se supone que el hoy engallado presidente no ha tenido ocasión de conocer el codicilo del testamento de Isabel la Católica en el que se dice, entre otras cosas notables: “Suplico al Rey mi Señor muy afectuosamente y encargo y mando a la princesa, mi hija, y al príncipe su marido que… no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados y si algún agravio han recibido, lo remedien…”. Esta doctrina de la gran Isabel contrastaba frontalmente con la cultura imperante en la época sobre el derecho de conquista, según el cual los conquistadores pasaban a ser propietarios de vidas y haciendas de los conquistados, considerados meros bienes materiales a plena disposición de sus nuevos dueños. Búsquese, si no, alguna preocupación similar a la expresada por la católica soberana en las prácticas portuguesas, inglesas u holandesas de aquellos días o posteriores.

Ánimas racionales

Bien es verdad que la institución de la encomienda, imperante en los principios de nuestra presencia en el Nuevo Mundo, no era precisamente un dechado de tratamiento humanitario a los encomendados, pero hay que comprender los sacrificios, esfuerzos y penalidades, por no hablar de las onerosas deudas contraídas para conseguir su objetivo que habían sobrellevado los encomenderos. Aún así, sucesivas leyes, como las Leyes de Burgos de Fernando el Católico de 1512 o las Nuevas leyes de Carlos I de 1542 siguieron insistiendo en las mismas ideas de las últimas voluntades de Isabel, espoleados por las denuncias y los informes recibidos de los misioneros dominicos, franciscanos o agustinos que, entregados abnegadamente a su labor evangelizadora, velaban por sus catecúmenos. El célebre sermón de Fray Antonio Montesino a los gobernantes y encomenderos de La Española en diciembre de 1511 fue lo suficientemente elocuente y tuvo un fuerte impacto en la Corte al otro lado del océano: “¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?” Semejantes admoniciones no eran pura retórica porque los buenos frailes se negaron a dar la absolución a los que maltrataban a los indios a su cuidado. Hecho insólito en la historia, una potencia conquistadora había creado y aplicado un armazón normativo para proteger a los conquistados. Jamás otra nación del orbe distinta a España ha hecho nada parecido. López Obrador debería tenerlo en cuenta.

Dicho claramente, para que el presidente López Obrador se entere, las lenguas amerindias han sobrevivido y conservan su pujanza gracias a España y su respeto a la pluralidad cultural

El segundo ejemplo es el inmenso trabajo, el perseverante empeño y los abundantes saberes que entre los siglos XVI y XVIII centenares de estudiosos dedicaron a estudiar las lenguas amerindias, su vocabulario, su estructura, las dotaron de escritura y tradujeron numerosas obras religiosas, científicas y literarias, más de un millar, al náhuatl, al quechua, al mapuche, al guaraní, entre otras parlas autóctonas. La primera cátedra de quechua se creó en la Universidad de Lima en 1579. Es suficiente mencionar la Historia General de las cosas de Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún, publicada a finales del siglo XVI, una verdadera enciclopedia etnográfica en doce volúmenes en español y en náhuatl, para calibrar la atención que los españoles de América dedicaron al conocimiento de las lenguas locales. Fueron las elites políticas que tomaron el control tras la independencia las que quisieron eliminar los idiomas originarios en aras de la modernización uniformizadora de sus repúblicas, pero su afán destructivo fue inútil, tal había sido la labor de salvación realizada por España en los trescientos años anteriores. Actualmente, el quechua tiene ocho millones de hablantes, los mismos el guaraní, cinco millones las lenguas mayas y dos millones el náhuatl y también el aimará. Dicho claramente, para que el presidente López Obrador se entere, las lenguas amerindias han sobrevivido y conservan su pujanza gracias a España y su respeto a la pluralidad cultural.

Una huella profunda

Los territorios hispanos de América, a diferencia de los sometidos a otras potencias europeas, nunca fueron colonias, fueron una España transatlántica y sus habitantes considerados súbditos de la Corona al igual que los castellanos, aragoneses, navarros o andaluces, españoles de ambos hemisferios, como rezaba la Pepa en su grandioso arranque. No tenemos, por tanto, nada de lo que avergonzarnos y si bastante de lo que enorgullecernos sobre la huella profunda que hemos dejado en América y en la próxima carta que le dirija el presidente mejicano a nuestro monarca en lugar de reproches extemporáneos y carentes de fundamento, no estaría mal que le expresase su reconocimiento de lo mucho y fecundo que sembramos en el hermoso Virreinato de Nueva España.