La semana pasada Francesc Pujol, profesor de la facultad de Económicas de la Universidad de Navarra, escribió sobre el mal uso que se está haciendo de los datos públicos de la pandemia en algunos medios. En una serie de tuits explicó por qué extraer conclusiones del número de contagios diarios es “burda desinformación”. Dediqué un rato a entender los motivos de su enfado. Tenía razón y también la tenía cuando señalaba que resultaba inaceptable hacerlo a estas alturas de pandemia. Que informar sobre algo que causa tanto sufrimiento no se haga con rigor y respeto a la delicada materia que soporta esos números -personas enfermas, empleos perdidos, vidas suspendidas desde hace más de un año y muchos muertos- es materia para reflexionar.

Dos días después de aquello volví a encontrarme con otra de esas frases escandalosas sobre cifras pandémicas. Un titular, que me llegaba a través de personas de “ciencia”, indicaba que Madrid “aportaba” -sí, sí, aportaba fue el verbo elegido- “cuatro de cada diez nuevos contagios” de coronavirus. En el cuerpo del artículo iban más allá: ¡llevaba al menos un mes haciéndolo!

Ignorancia y frivolidad

He aprendido que las cosas extremadamente raras suelen ser falsas. También que para cuando las aguas vuelven a su cauce ya da igual cuál fuera la verdad y cuál el motivo que originó la falsedad. Creo que la mayoría de las veces es solo ignorancia. Una ignorancia tan profunda que es incapaz de imaginar las consecuencias que puede provocar. Una ignorancia que vive en la frivolidad del “no importa, ya me desmentirán”.

Esta vez hice unas simples divisiones en un papel -cuatro de cada diez es un 40%- con los datos del Ministerio y los contagios del día en Madrid y en el conjunto de España, obtenía un 40,55%.

Miré los números a 7 y 14 días: en el día en que Madrid “aportaba” ese 40%, había notificado 1.449 contagios y Cataluña 185. Sin embargo, a los 7 días, ambas comunidades acumulaban cada una cerca de 7.000 contagios y a las dos semanas la cifras ascendían a 15.680 para Madrid y 13.187 para Cataluña. Con estos datos, el titular podría haber sido: Madrid “aporta” un 24,87% de los contagios y Cataluña un 20,91%.

Cada comunidad autónoma reporta con un grado de fiabilidad totalmente distinto y solo al cabo de los días las diferencias se corrigen y ofrecen una idea aproximada de la dimensión del asunto

La explicación de Francesc Pujol se demostraba cierta. Los datos diarios de contagios, recogidos en la web del Ministerio, son, usando sus palabras, “NADA” informativamente hablando. Cada comunidad autónoma reporta con un grado de fiabilidad totalmente distinto y solo al cabo de los días las diferencias se corrigen y ofrecen una idea aproximada de la dimensión del asunto.

No es “solo” el titular concreto, la tertulia o el comentario que se hace viral. Es cuestión de segundos que surjan las explicaciones y con ellas el señalamiento de culpables. Es cuestión de segundos que aparezca la peor versión del ser humano. Este impulso lo hemos visto muchas veces en acción: con la inmigración, los atentados, los crímenes… es una pulsión que se alimenta del miedo de unos y el ventajismo de otros.

Ese titular falso, con esas interpretaciones rematadamente equivocadas, dispararon el nivel deductivo hasta alcanzar la Teoría de Juegos y detectar al jugador gorrón que causa daño al bien común, en este caso, Madrid. Creo que aquellos que difundieron el artículo añadiendo opiniones contundentes sobre datos inservibles ni siquiera lo leyeron antes de buscar culpables. Es la explicación más caritativa que se me ocurre porque, dada su formación, no podían no saber.

Cuando hablamos de “Madrid”, “Cataluña” o de la “China”, no hablamos de entes. “Madrid contagia” implica que las personas que viven en Madrid provocan infecciones mortales, por desidia o egoísmo, a otras personas.

El subsidio de los andaluces

Cuando decimos que “España nos roba” no señalamos una ley mal diseñada que provoca un ligero desajuste contable: decimos que los andaluces que reciben un subsidio “quitan” el dinero a unos esforzados trabajadores en otra zona de España.

No estoy segura de si decir esto resulta naive, remueve algo por dentro o provoca un enfático asentimiento dado el nivel de barbaridades vertidas por puro hooliganismo en este último año.

Este carroñerismo de Fuenteovejunas lo vemos también en las competiciones por la tasa de vacunación. Aunque cada vacuna que se pone en cualquier lugar del mundo nos protege un poco a todos -¡sí, así es como es exactamente!-, no celebramos el éxito, no nos preocupamos de que todos tengan opciones de acceder a las vacunas al ritmo más veloz posible: lo usamos para tapar las vergüenzas propias mediante el ataque a otro.

No me cabe la menor duda de que si la Unión Europea hubiera actuado como Gran Bretaña o Estados Unidos desde el principio, las voces señalando la “deriva iliberal e insolidaria” se habrían escuchado en Oklahoma

La prohibición de exportar vacunas, que con Trump nos parecía una muestra de supremacismo, hoy, con Biden, nos parece razonable: el resto, ¡que hubiera negociado mejor! Ahora consideramos idiotas a los que pretenden cumplir los pactos firmados y permiten la exportación de vacunas a otros países. No me cabe la menor duda de que si la Unión Europea hubiera actuado como Gran Bretaña o Estados Unidos desde el principio, las voces señalando la “deriva iliberal e insolidaria” se habrían escuchado en Oklahoma.

Es inútil pedir coherencia. Estos temas hace tiempo que dejaron de ser una cuestión de principios o beneficio mutuo, para ser asuntos de tacticismo: demostrar amor a los colores hasta el ridículo.

Decía Doris Lessing que había algo que los responsables de los campos de prisioneros sabían perfectamente. En cualquier colectivo hay un pequeño grupo de individuos que piensa por sí mismo. Elimínalo y el resto se volverá dócil y aceptará sin resistencia cualquier exigencia que se le haga.

Los humanos somos seres complejos haciendo lo posible en vidas llenas de complicaciones. Antes de señalar a un vecino, merece la pena recordar las palabras de Lessing y valorar si actuamos como ciudadanos ejemplares que piensan por sí mismos o como vulgares delatores que dan rienda suelta a sus peores instintos.