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Miquel Giménez

Opinión

El peluquero suizo de Anna Gabriel

Anna Gabriel.
Anna Gabriel. EFE

La líder de las CUP no piensa volver a España ni declarar ante los jueces. No cree tener las garantías suficientes. En su formación han elaborado un discurso exculpatorio, pero nos consta que están profundamente inquietos por una razón de peso: ¿quién peina ahora a Gabriel?

Tirándose de los pelos

Estando los de Esquerra y los de Puigdemont tirándose de las cabelleras, no es asunto baladí que Anna Gabriel, hasta ahora de flequillo rebelde y coleta revolucionaria, haya comparecido ante los medos de comunicación con su densa y espléndida melena pulcramente recortada y alisada, incluso con matices de mechas sabiamente aplicadas. Gabriel, que era un icono de la camiseta eslogan, el pañuelo palestino y los pelos sin conocer la misericordia de un modesto peine, ha dejado a todo el mundo patidifuso con esa imagen de diputada de derechas, modosa, con un francés pausado que acentúa aún más la dulce voz que pone cuando quiere la dirigente radical.

Más allá de la excusa formal que los de las CUP han elaborado, ya saben, internacionalizar el proceso y poner contra las cuerdas – una vez más – al pérfido Estado español, resulta complicado defender la presencia de la ex diputada abertzale en el país capitalista por antonomasia. Si lo que se pretende es poner bajo el foco la tremebunda situación que se vive en la Cataluña sojuzgada por, fíjate tú, el fascismo español, ¿no sería mejor hacerlo en Bruselas, allí por donde anda el zangolotino de Puigdemont? O, ya puestos, ¿qué tal en Nueva York, sede de las Naciones Unidas? ¿Quizás en La Haya, sede del tribunal internacional? Pues no, Gabriel se ha ido a Suiza porque parece ser el único lugar desde el que podrá hacer oír su voz de protesta, cual Rosa Luxemburgo contemporánea. Por si alguno de ustedes cree que es un país idóneo, porque allí radican determinados organismos, les recomiendo leer a Teresa Freixas, eminente jurista, que les explicará mucho mejor que un servidor la tontería que esa tesis supone. Sigamos.

Es lógico que sus correligionarios, aunque leales y solidarios, no dejen de preguntarse en el ínterin qué rayos pinta en Ginebra la señora. Se palpa la angustia que les produce, un miedo atenazante a que la verdad que intuyen y se niegan a aceptar se abra paso con fuerza hasta estallar como una bomba. Sí, señoras y señores, hay quien empieza a creer que la auténtica razón de la fuga a Suiza no es otra que la de acudir al célebre local Le Bal des Créateurs, donde la mundialmente conocida coiffeuse Victorine Guerin ejerce un soberbio y sutil magisterio en las cabelleras más sofisticadas y bellas. Christophe Durand, director y fundador del negocio de la Rue de l’Arquebuse, ¿podría pasar a ser el consejero áulico de la ex diputada? ¿Le contará a este sus penas Anna, desconsolada por no poder tener una República catalana? Cuidado con esto, porque las confidencias entre clientes y peluqueros son sobradamente conocidas, y podrían dejar los mensajes de Puigdemont a Comín en un cuento para parvulitos. Como es lógico, tal escenario les resulta intolerable a los de la copa vaginal, el hijo de la comuna y la vivienda okupada sin agua caliente.

Comprendemos la zozobra que reina en este momento entre los abertzales catalanes. ¿Se ha convertido Gabriel en una traidora, se ha vendido al capitalismo de las cremas hidratantes, a la misanplís capilar, a los rulos y los secadores, en franca promiscuidad con el zapato topolino, la manga ranglán o la falda plisada? Todo parece indicar que sí, porque, si no es para eso, ya me dirán ustedes para qué otro asunto ha podido fugarse la señora al país helvético, conocido solamente por ser abrigo y cobijo de las fortunas más oscuras y sucias en sus herméticos bancos. Recuerden ustedes que en las cámaras acorazadas de la banca suiza aún existen cajas de seguridad sin abrir pertenecientes a Martin Bormann, el rey Faruk, Trujillo, LuckyLuciano o Nixon. A ver si se ha ido allí para descubrir en WikiLeaks ese asunto. Pero no. Es una teoría muy cogida por los pelos.

Tomarle el pelo al independentista

La cuestión de la independencia está íntimamente ligada a la cabellera, o sea, a la cosa de los pelos, quizás por influencia de Wifredo el Velloso, personaje al que gustan citar mucho los pseudo historiadores catalanes según los que, de hacerles caso, hasta el padre Adán era de Mollerusa. Vean: a Puigdemont se le reconoce por su flequillo, a Gabriel por su pelo revuelto y ahora por su peinado canónico, purista; Artur Mas luce desde siempre una melena kennedyana, semejante a los anuncios de las barberías que, en mis mocedades, pregonaban las virtudes del esculpido a la navaja; de Pilar Rahola me abstendré por cortesía y complicidad alopécica. En fin, digamos que todo el asunto estaba cogido por los pelos, que a muchos se nos pusieron los pelos de punta al comprobar el poco seso que tenían los nacionalistas, que, al fin y a la postre, de lo que se trataba era de tomarle el pelo al Estado y, no en segundo lugar, a la propia masa independentista.

Porque he ahí el nudo gordiano de la cuestión. ¿Qué pensarán quienes decían que las CUP eran la reserva espiritual de la revolución, de la independencia, de la honestidad y de la valentía ante la fuga de Anna Gabriel a Suiza? ¿Seguirán dando apoyo a los Comités de Defensa de la República cupaires o dejarán de hacerlo, presos de una infinita melancolía? ¿Alguien va a pedirles cuentas alguna vez, y me refiero a los suyos, no a la justicia, a todos los que, en cuando han visto que la cosa se ponía negra, se han dado el piro?

Pues bien, nadie va a pedir el libro de reclamaciones ni mucho menos acusar de nada a los que se desdicen ante el juez, a los que niegan tres veces, diez veces, cien veces su responsabilidad política, a los que se esconden detrás de excusas cobardes o a los que ponen tierra de por medio. No lo harán porque en Cataluña el separatismo ha devenido en una pseudo religión, en la que se cree o no se cree, siendo total y absolutamente un asunto de fe personal. Eso es muy complicado de erradicar y mucho más de combatir de manera cartesiana. Convencer a los creyentes separatistas que les han engañado miserablemente equivaldría a intentar que mude de opinión una ancianita que se ha pasado la vida atándole los cojones a San Honorato cuando ha perdido alguna cosa. Ya saben, “San Honorato, San Honorato, los cojones te ato”, hasta que aparecen las gafas o las tijeritas extraviadas. Al proceso nadie puede exigirle ni mucho menos atarle nada, porque siempre ha sido eso, nada, humo, pasiones, quimeras, deseos imposibles. Que eso se lo tragase una parte de la población catalana, tras décadas de adoctrinamiento, tendría una explicación sociológica. Que aquellos que estaban en el puente de mando y sabían lo que había hicieran ver que también se lo creían es de una bajeza moral imperdonable.

A Cataluña también le hace falta un cambo de peluquero, si volvemos al asunto de Gabriel. Y no tener pelos en la lengua, esos pelos que impiden decirle a Puigdemont que se vaya a archivar monos a Brasil, que señalen a los fanáticos separatistas como lo que son, fascistas de manual, que expliquen con pelos y señales – mira, más pelos - a la gente que se creyó toda esta pantomima que ni era ni es ni puede ser posible una Cataluña separada de España. Pelos en la lengua que son, en realidad, miedos y cobardías que vienen de muy lejos, miedos como el de ser tildado de botifler. Como si a estas alturas del partido eso tuviese ya la más mínima importancia.

Decía Inés Arrimadas, a propósito del escándalo que se ha organizado alrededor de Marta Sánchez y su letra al himno nacional, que el proceso había traído al menos algo positivo: que muchas personas se volvieran a sentir orgullosas de España. Seria hermoso que eso mismo se pudiera decir de Cataluña. Una tierra en la que nadie impusiese nada, donde se concediese importancia a la razón, donde fuese reconocido socialmente lo que se es y no lo que se dice que se es. Todo eso cae lejísimos de lo vivido hasta ahora, un mundo artificial de lacitos amarillos, manifestaciones agropecuarias o declaraciones altisonantes. Sería hermoso que cada uno pudiera peinarse con la raya a la izquierda o a la derecha, hacerse la permanente, rastas, teñirse de cualquier color  e, incluso, lucir una calva reluciente de patricio romano. El general Galba, si me dejan elegir. Es una de las innumerables ventajas de no tener pelo. Ningún chisgarabís puede tomártelo. Ni en Suiza.



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