Hemos cantado ¡Bingo! o, mejor, indultos. El presidente Pedro Sánchez adelantó este lunes la concesión en el Gran Teatro del Liceu en Barcelona ante 300 selectos de la minoría inasequible al desaliento que flotaban entre las casi 2.300 butacas que suma su aforo completo. La puesta en escena, muy cuidada en todos sus detalles, fue una versión corregida y exagerada de la que se hizo en Casa América el 31 de agosto de 2020. Sabemos que quien maneja la luminotecnia controla los decibelios de la conversación.

De modo que se hizo la oscuridad, a sabiendas de que obtenida se induciría el silencio en la sala. Entonces, se dejó oír una voz en off, sin rostro, “Señoras, señores, con ustedes el presidente del Gobierno”. Apareció Pedro Sánchez pisando las tablas y avanzando hasta el atril despojado de distintivo alguno. Tampoco había trasera con despliegue de logotipos de patrocinadores como es habitual. Nadie le había introducido ni presentado. ¿Quién hubiera merecido ser encumbrado con semejante privilegio? Sólo se veía iluminada la figura del presidente, todo lo demás en el escenario y en el Liceu eran tinieblas. Como dice el poema de Agustín García Calvo “luz que medra en la noche, más espesa hace la sombra, y más durable acaso”.  

Bon día, empezó Sánchez, sin encomendarse a nadie ni hacer referencia a la empresa del Liceu ni a los organizadores del acto. 

Bon día, empezó Sánchez, sin encomendarse a nadie ni hacer referencia a la empresa del Liceu ni a los organizadores del acto. Enseguida brindis lingüístico para congraciarse a base de I som on som un verso de Miquel Marti i Pol, que procedió a traducir como “Y estamos donde estamos”, en evitación de despistes y para mantener un bilingüismo equilibrado. Marcaba así desde el inicio una voluntad de estilo, un cultismo revelador, buscaba poner su sello el nuevo escribidor incorporado a Moncloa. Muy intencionada la elección del poeta pero el verso “estamos donde estamos”, en línea con “yo soy el que soy” o “fútbol es fútbol” de Boskov es reflejo de un peligroso regreso a la tautología. 

Para compensar la apertura del Bon día y del poeta del I som on som abrochó la mención a Juan Marsé al que denominó genio catalán, denominación que enseguida le reprocharán. Luego enmendó la ley de la gravedad para asegurar que pesan más las expectativas de futuro que los agravios del pasado. Se declaró  un dechado de cumplimiento de las promesas formuladas en discurso de investidura del 4 de enero de 2020. Adujo que quienes se oponen a los indultos afirman que quienes van a recibirlos no van a abandonar sus ideales y se preguntó si cambiarían ellos los suyos si les encarcelaran. Pero esta es una dialéctica confusa porque ninguno ha sido encarcelado por sus ideales sino por los delitos que ha cometido.  

Sánchez adujo que quienes se oponen a los indultos afirman que quienes van a recibirlos no van a abandonar sus ideales y se preguntó si cambiarían ellos los suyos si les encarcelaran

Ni en el Gran Teatro del Liceu, ni en las escalinatas de Moncloa, donde volvió a comparecer Pedro Sánchez al concluir el interminable Consejo de Ministros, pudieron los periodistas del séquito hacer preguntas, ni siquiera estar presentes. Pero, al final, como se veía venir, los indultos no han sido por razones de justicia ni equidad sino por utilidad pública. Y el presidente Sánchez ha dicho con claridad que “La utilidad pública soy yo”. Quien le lleve la contraria, lo pagará y se irá a la cama sin cenar y sin los fondos europeos. Continuará.