Le reprochaba este lunes mi amigo Santi González a Pedro Sánchez el manejo de los porcentajes. En su comparecencia para dar cuenta de la crisis de Gobierno, el presidente había alardeado, entre otras jactancias, del aumento experimentado por la cuota femenina en la nueva plantilla gubernamental, ­del 54% al 63%, y el periodista González, tan puntilloso siempre –y esto en un periodista es una cualidad, no un defecto–, le recordaba que el presidente, o sea, él, también forma parte del Gobierno, por lo que el porcentaje alcanzado por las féminas era algo menor, del 60,87% en concreto.

El error –que tanto puede achacarse al desconocimiento de la ley por parte de Sánchez y sus asesores como al engolamiento patológico que afecta al personaje y le impide verse integrado en un equipo, aunque sea como máximo responsable– no tendría mayor trascendencia si no fuese porque un par de días más tarde su vicepresidenta segunda y antes tercera, Yolanda Díaz, tropezaba con la misma piedra. Me refiero a los porcentajes o, si lo prefieren, y ya que se trata de piedras, a los cálculos. En una entrevista en la Ser, y tras indicar que no descartaba en absoluto que pudiera haber en el futuro cambios en las carteras correspondientes a Unidas Podemos, Díaz precisaba que ellos ya habían hecho su propia remodelación al renovar en un 50% su representación en el Ejecutivo.

Ni que decir tiene que ese 50% de la vicepresidenta está mucho más lejos de la verdad que el 63% del presidente. Como recordarán, la remodelación de la porción comunista de la tarta gubernamental se produjo a raíz de la tocata y fuga de Pablo Iglesias para presentarse a las elecciones autonómicas madrileñas. Salió Iglesias del Gobierno, entró Ione Belarra y Díaz alcanzó la dignidad vicepresidencial. ¿Cómo puede inferirse de ello que se ha renovado la representación en un 50% siendo como son cinco los ministros de UP y habiendo tres –Montero, Garzón y Castells– que siguen en sus puestos y una, la propia Díaz, que ni siquiera ha trocado sus atribuciones por unas nuevas, como sí ha ocurrido, por ejemplo, en el caso del socialista Iceta? Misterios de la matemática política.

Que Irene Montero continúe moldeando la realidad con sus desvaríos genéricos debería merecer un estudio clínico

Pero, en todo caso, lo más grave no es ese desbarajuste numérico ni tampoco esa burla de la verdad que viene caracterizando a cuantos gobiernos ha presidido hasta la fecha Pedro Sánchez; lo más grave es la sensación de que no estamos en presencia de un solo gobierno, sino de dos. De que no hay coordinación ninguna entre ambos bloques, sino pulso y enfrentamiento constantes. De que el presidente es incapaz de imponerse a la vicepresidenta, hasta el punto de emprender una crisis de gobierno que no afecta más que a una de las patas, la suya, la socialista. Porque el problema va mucho más allá de los relevos. Que en el Gobierno sigan asentando sus reales Garzón y Castells debería ofender a cualquier español en busca de trabajo. Que Montero continúe moldeando la realidad con sus desvaríos genéricos debería merecer un estudio clínico. Pero, al margen de ello, están las contraprestaciones que nos pide la Unión Europea para poder disponer de esos fondos que son, a estas alturas, el mayor objeto del deseo de gobernantes, empresas, sindicatos y demás beneficiarios.

Un fraudulento doctor

Y entre las recomendaciones que acaban tornándose exigencias estaba la reducción de ministerios. O sea, de la estructura mastodóntica del Ejecutivo, lo que supone cargos, asesores y, en definitiva, gasto público. España es el segundo país de la Unión con más ministros. Sólo nos supera Italia. Pero allí, al menos, existe un gobierno de unidad nacional y un presidente, Mario Draghi, procedente del Banco Central Europeo, que llegó con los deberes hechos y ejerce en verdad el cargo. Nosotros, en cambio, debemos conformarnos con la presidencia de un fraudulento doctor en Economía y Empresa que encima no preside más que lo que le dejan. Como para volverse locos.