Si preguntásemos a los españoles para qué sirven los indultos a los golpistas, la absoluta mayoría contestaría que para que Sánchez siga en la Moncloa. Una encuesta de Tezanos diría que hasta Casado es partidario de indultarlos porque la venganza y la revancha no son principios constitucionales.

En 42 años hemos tenido gobiernos buenos, malos y regulares, pero ninguno tan desvergonzado, ni uno que haya contado con palmeros tan disciplinados. Están saliendo justificadores de la ignominia con una celeridad que demuestra un buen adiestramiento. Dicen, entre otras cosas, que desean la protesta en la Plaza de Colón para que se visualice el “trifachito”. Tienen ya preparadas las noticias y columnas hablando de “ultraderechistas”, “franquistas” y “fascistas” para catalogar a los que se manifiesten a favor del respeto a la ley y a las sentencias.

Incluso hablan del sentido de Estado que debe adornar a toda oposición, siempre que sea de derechas, claro, porque la izquierda tiene bula. No olvidamos la oposición de Zapatero o el “no es no” de Sánchez. Pero, además, confundir el sentido de Estado con el interés particular de un político es lamentable. La identificación entre el apaño de un gobernante para seguir en el poder y el bien general es algo que no se leía en España desde la dictadura de Franco. Y es que el intelectualismo orgánico no cambia las formas.

De esta manera, los seis magistrados que firmaron el informe de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo contra los posibles indultos son antipatriotas

La argumentación se completa diciendo que la oposición no es patriota. La deslegitimación de opositores por este camino es algo común en tiranos y totalitarios. Aquí lo intentan con un discurso burdo: si no se apoyan los indultos, no es patriotismo. De esta manera, los seis magistrados que firmaron el informe de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo contra los posibles indultos son antipatriotas. Los partidos y asociaciones que critican esa cesión al golpismo, también, así como los periodistas, escritores y académicos que censuran esa gracia del Presidente.

Al final, solo Sánchez es patriota, un visionario que quiere construir España con quienes quieren destruirla, que busca modernizar la Constitución junto a los que trabajan porque no exista, que gobierna una democracia con los mismos que se ríen de ella. Es el sanchismo en todo su esplendor: zafio en las formas y siniestro en el fondo.

Concordia y convivencia

La palabrería para justificar los indultos no será suficiente esta vez. Encadenar sustantivos vacíos que suenan bien en su cabeza no da como resultado la convicción ni la confianza de los españoles. Soltar que nos espera un “futuro mejor”, como ha dicho Sánchez, basado en la “concordia, la convivencia y la reconciliación" porque salgan a la calle unos golpistas que lejos de arrepentirse preparan la próxima, es tan insostenible como irresponsable.

La democracia española no va a mejorar porque sus detractores estén en la calle sin cumplir su condena, sino porque se demuestre que estamos en un Estado de Derecho, y que la Justicia es un valor universal basado en la ley, no un capricho particular y arbitrario. ¿Qué autoridad tendrán en adelante los tribunales cuando se cometan delitos contra el orden constitucional? ¿De qué vale la norma si un político pone “la voluntad” como el valor jurídico supremo? Si la ambición del gobernante está por encima de la ley, no hay diferencia con una dictadura.

El problema político actual es que el sanchismo y sus aliados comunistas y nacionalistas quieren dejar al margen de la vida pública a quienes no piensan igual. Resulta significativo que todos los que defienden el orden constitucional y que sostienen que la Transición fue un gran momento sean tachados de “fascistas” o “ultraderecha”.

Hay un jefe de Gobierno capaz de lo que sea para seguir en el poder, junto a unos nacionalistas, como los vascos, que han comprendido enseguida que es ahora o nunca

Es chocante que quienes piden respeto para una sentencia judicial firme, resultado de la deliberación de jueces y magistrados de una institución legal y democrática con todas las garantías, acaben siendo “antipatriotas”. Y, al contrario: los que quieren romper todo para conseguir su régimen totalitario, incluso usando la violencia, son progresistas, modernos demócratas, e incomprendidos pacifistas.

La realidad es que hay un presidente del Gobierno capaz de lo que sea para seguir en el poder, junto a unos nacionalistas, como los vascos, que han comprendido enseguida que es ahora o nunca. Ortuzar llama “diálogo” a lo que es chantaje a un político debilitado por su ambición desmedida. Por eso dice que la mesa “bilateral” con Cataluña pondrá las bases para un nuevo modelo territorial. “Quedan dos años largos de legislatura y hay que aprovecharlos”, ha dicho el nacionalista vasco.

Sánchez y su PSOE son indispensables para los separatistas, lo que es un mal negocio para la democracia y la libertad. Quien recoja el testigo del gobierno de España, si es que eso es posible, tendrá delante de sí unos hechos consumados muy difíciles de revertir porque el sanchismo está empoderando al independentismo, gangrenando la economía y enturbiando la política exterior.

No solo eso: el sanchismo está dividiendo a la sociedad española por donde no debe, que es la continuidad del orden constitucional. Sus defensores quieren que el ambiente sea irrespirable, y que todo aquel que ose contradecir al Padrecito de los Pueblos Ibéricos sea tenido por “fascista”. Es evidente que tras el paso del sanchismo va a hacer falta un meditado y amplio proyecto de reconstrucción de la democracia, en su ley y espíritu.