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Jesús Cacho

Opinión

¿En qué se parecen Mariano Rajoy y François Fillon? En nada

François Fillon, en una imagen de archivo.
François Fillon, en una imagen de archivo. EFE

Cerca de 8,5 millones de franceses (un 33,8% de cuota de pantalla), siguieron el jueves por la noche el tercer debate televisado (TF1 y France 2) entre François Fillon y Alain Juppé, los dos aspirantes que, descartado Sarkozy, dirimen hoy domingo en segunda vuelta de primarias el nombre del candidato de la derecha gala a la presidencia de la República Francesa en mayo de 2017. A la 1 de la tarde del viernes, un sondeo de Le Figaro en el que habían participado 85.500 personas daba como ganador del mismo a Fillon por un 74%, frente al 26% de Juppé. El cara a cara del jueves no cambió nada. A Fillón, que había obtenido el 44% de los votos en la primera vuelta celebrada el domingo 20, le bastaba con no perder y, tranquilo y seguro de sí mismo, no perdió. Todo apunta, pues, a que él será el candidato de Los Republicanos, el gran partido de la derecha gala, y previsiblemente el próximo presidente de la República a pesar de la amenaza del Frente Nacional (FN). Un acontecimiento de primera magnitud destinado a dejar profunda huella no solo en el país vecino, sino en una UE paralizada por el impacto del Brexit y no digamos ya en España: el programa económico de Fillon camina en dirección opuesta a la mayoría de las medidas que hoy discuten Gobierno y oposición y con las que el Gobierno Rajoy parece dispuesto a tragar gustosamente.

Como dice la famosa canción de Dylan, los tiempos están cambiando también en Francia, el eterno problema de una Europa enferma de estatismo y reacia a cualquier viento de cambio. La apabullante victoria de Fillon contra todo pronóstico del pasado domingo ha emparentado lo ocurrido en el país vecino con esa profunda corriente de fondo que ha derrotado las encuestas en Estados Unidos, en Colombia y en otros lugares. Para la extrema derecha del FN, Fillon es “un ultraliberal globalizador, entregado a las consignas de Bruselas y Berlín”. Para el primer ministro socialista, Manuel Valls, “Francia no necesita soluciones ultraliberales y conservadoras”. Los extremos se tocan. Para muchos franceses, sin embargo, es un político que habla claro, dispuesto a contar a sus compatriotas la dura realidad de la Francia de hoy sin paños calientes. Y que promete soluciones liberales sin miedo a la respuesta de izquierda y sindicatos. “Nos encontramos en una situación cercana a la quiebra” ha repetido hasta la saciedad. “Francia necesita un vuelco, una terapia de choque. No podemos seguir como durante los últimos 20 años; hay que cambiar las cosas”. Es un mensaje que muchos franceses están decididos a comprar.

Para curar al enfermo, el candidato quiere recortar el gasto público (el 57% del PIB, uno de los más altos del mundo, que pretende llevar hasta el 50% en 2022) en 100.000 millones durante el quinquenio, una parte de los cuales servirá para financiar las rebajas fiscales prometidas a hogares y empresas, en un esfuerzo compartido entre Estado, Ayuntamientos y Seguridad Social. Fillon pretende mantener inalterable (“ni un solo euro más”) el gasto durante los próximos 5 años, introduciendo en la Constitución la obligación de los Gobiernos de velar por el equilibrio presupuestario. Se trata, además, de reducir la deuda pública, actualmente en torno al 100% del PIB, al 95% en 2022. Para conseguir ahorrar aquellos 100.000 millones, ha prometido eliminar 500.000 funcionarios (Francia tiene 5,6 millones). ¿Puede la Administración pública funcionar con menos gente?”, se ha preguntado: “Sí”, se ha respondido: “haciéndoles trabajar más”. Aumentando, en efecto, la jornada laboral a 39 horas semanales desde las 35 actuales, y sin coste adicional para el erario. “Creo que los funcionarios, que disfrutan de empleo vitalicio, deben realizar un esfuerzo extra para hacer posible la recuperación del país. No sería de recibo que mientras en el sector privado empresarios y trabajadores negocian un aumento de jornada, los funcionarios continuaran con las 35 horas y reclamando además las 32… Esta no es mi visión de la justicia social ni de la igualdad”.

Mano dura de Fillon con los sindicatos

Fin de la jornada laboral de las 35 horas semanales en el sector privado, y plena autonomía para que las partes negocien su duración, con el límite puesto en las 48 horas que marca el derecho comunitario. Fin también del monopolio sindical en la representación de los trabajadores mediante la “libertad de candidatura”, y recorte del tiempo dedicado a actividad sindical por los “liberados”. Palo a los sindicatos. Para salvar la seguridad social de la quiebra, Fillon propone aumentar la edad de jubilación de los 62 a los 65 años, edad que se irá ajustando de acuerdo con la evolución de la esperanza de vida. El candidato conservador se propone, por otro lado, devolver la competitividad a las empresas mediante una rebaja inmediata de sus cargas fiscales por importe de 50.000 millones, con prioridad a la bajada de las cotizaciones sociales, y la reducción paralela del impuesto de sociedades, tan de moda hoy en España, que actualmente es del 33,3% y que pretende igualar con la media de la UE (23%). “El único modo” (sic) de financiar semejante política de oferta consiste en aumentar el IVA en 2 puntos, sin afectar a los productos de primera necesidad. El candidato promete, en fin, reducir a 30 días el retraso en los pagos a las pymes galas.

Queda por abordar el problema del paro, “le mal français du chômage”, que el candidato planea atacar acabando con las 35 horas y aligerando su carga impositiva de las empresas. “Es vital para Francia contar con empresas competitivas”. En esta línea, pretende topar el subsidio de desempleo en el 75% del salario de referencia, para hacerlo descender progresivamente de forma que su cuantía incentive la búsqueda activa de empleo. El estatuto de los trabajadores se reformará con la introducción de un contrato en el que se especifique por adelantado los motivos de rescisión del mismo. En Sanidad, Fillon pretende liberalizar (“désétatiser”) el sistema sanitario galo, limitando al 2% el incremento anual del gasto. En cuanto a las cuentas públicas, los “impagados” dejados como herencia por François Hollande podrían llevar el déficit hasta el 4,7% del PIB en 2017, de modo que el candidato se fija como objetivo reducirlo al 3% en 2020, con la intención de equilibrar el presupuesto en 2022. En materia impositiva, prevé una reforma global de la fiscalidad instaurando una tasa moderada sobre todas las rentas del capital, con la supresión del polémico “impuesto de solidaridad sobre las fortunas” (ISF).

Víctima Europa entera de una alarmante falta de liderazgos sólidos, capaces de aportar soluciones tan convincentes como audaces a los problemas de nuestro tiempo, Francia parece dispuesta a sorprendernos por la derecha con un político sin complejos –en realidad dos, puesto que el programa económico de Juppé no dista gran cosa del de Fillon-, dispuesto a aplicar su recetario liberal para sacar a Francia del marasmo en que se debate desde hace tiempo. Reconociendo que es obligado ser precavidos, porque hemos visto ya desfilar por el Eliseo a demasiados Sarkozys arropados por maravillosos discursos liberales que luego colgaron en el perchero en cuanto las potentes centrales sindicales galas decidieron echarse a la calle, es justo reconocer que François Fillon lo tiene, de momento, muy claro. Él es la esperanza de esta Europa acomodaticia y apoltronada, incapaz de crecer y dar soluciones a las nuevas generaciones. Él, el ejemplo a imitar por esta España nuestra donde todas las señales que el nuevo Gobierno y la oposición emiten estos días parecen apuntar en dirección contraria a lo que propone y promete el candidato de Los Republicanos. Para nuestra desgracia, Fillon y Rajoy no se parecen en nada.

El Gobierno del PP presume de “atizarle” a las empresas

Esto, lo de España, tiene, en efecto, mala pinta. Ni Gobierno ni oposición quieren recortar un ápice el perímetro del Estado para poner coto a su voracidad recaudatoria. Es una evidencia que las empresas van a tener que hacer frente a una subida del Impuesto de Sociedades y al empuje creciente de los costes salariales. La proposición de ley de Unidos Podemos para la subida del SMI a 800 euros mes, admitida a trámite el martes por el pleno del Congreso con el respaldo del PSOE y Ciudadanos, que el Gobierno no tendrá más remedio que aplicar si finalmente se aprueba, es una locura que la economía española difícilmente podría soportar. La combinación de cargas fiscales y costes laborales se traducirá en pérdida automática de la competitividad ganada con la crisis, induciendo a empresas y empresarios no solo a paralizar las nuevas contrataciones sino a aligerar plantillas. Nuestra clase política parece desconocer algo tan obvio como que quien crea empleo es la empresa, no las decisiones demagógicas adoptadas en el Parlamento. Y siendo normal que los Pablemos lo ignoren, resulta insólito ver a PSOE y C’s competir en soluciones populistas, a las que se pliega con singular desparpajo la mayoría de los Nadales elevados a la categoría de ministros por Mariano Rajoy.

El nuevo ministro de Industria, por ejemplo, ha decidido que el pago del llamado bono social energético corra a cargo de las eléctricas porque sí, pero ¿no es el Presupuesto el encargado de hacer frente al coste de las políticas sociales? El entusiasmo que los socialdemócratas del PP, dispuestos a traicionar de nuevo a su electorado, despliegan a la hora de sacudir a las empresas, no difiere gran cosa del que pondría cualquiera podemita de pro. Los sindicatos, perdidos en la noche de los tiempos, han reaparecido con fuerza. También ellos han olido sangre y están dispuestos a reclamar su parte, con el anuncio de movilizaciones en diciembre. Siento decirlo, pero por mucho que el crecimiento en curso cubra con el mando del consumo de las familias el horizonte inmediato, realmente esto empieza a tener muy mala pinta.



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