La tentación de establecer paralelismos es grande entre quienes nos dedicamos a analizar, esto es, a tratar de entender la actualidad política. Paralelismos en el tiempo, entre el ayer y el hoy –e incluso, lo que ya resulta francamente atrevido, entre uno cualquiera de esos dos estadios y un nonato mañana–, y paralelismos en el espacio, donde las semejanzas lo mismo pueden trazarse tomando como referencia una escala global que atendiendo a nuestro pequeño mundo, hecho de regiones, ciudades, barrios, calles y escaleras de vecinos. La cuestión es comparar. Y, por supuesto, contrastar. Entre dos piezas presuntamente análogas siempre se da alguna disparidad, alguna incoherencia, alguna muesca diferencial.

Así, las recientes elecciones a la Comunidad de Madrid han dejado un panorama político cuya relevancia va más allá de la subida a los cielos de Isabel Díaz Ayuso o del hundimiento infernal de Ciudadanos. Me refiero a lo ocurrido en la izquierda: pinchazo del PSOE, erupción de Más Madrid como fuerza mayoritaria y tocata y fuga de Iglesias. Dejemos, si les parece, al PSOE en la sala de recuperación, a expensas del suministro de oxígeno que le facilitará a buen seguro el próximo CIS de Tezanos, y vayamos con los otros dos. De igual modo que en su momento el desmarque de Íñigo Errejón y la creación de Más Madrid para concurrir a los comicios autonómicos y municipales –seguidos a los pocos meses, con vistas a las generales, del eufemístico Más País, expresión inequívoca del sarpullido que provoca en la izquierda patria la palabra España– fue celebrada como un signo de moderación; de igual modo, digo, los votos obtenidos el 4-M por Más Madrid en relación con los logrados por un Podemos en teoría fortalecido por la figura de Pablo Iglesias como candidato han encendido de nuevo la llama de la esperanza entre quienes creen que el extremismo de izquierda tiene solución.

La crispación va por dentro

No niego que en estos tiempos presididos por el culto a la imagen y al eslogan alguien como Errejón resultara mucho más presentable que alguien como Iglesias. Una cara aniñada y una voz relativamente agradable confrontadas a un rostro crispado –hasta cuando sonríe– y a un rebuzno de largo alcance. Y algo parecido podría decirse de la comparación entre Mónica García e Isa Serra, aniñamientos aparte. Bien es verdad que en este último caso, tal y como me comentaba no hace mucho alguien que ha coincidido con ambas en la Asamblea de Madrid, la sonrisa de póster de la primera, la exitosa candidata de Más Madrid, no es más que fachada, puro teatro. En otras palabras: la crispación y cuanto esta conlleva van por dentro.

Y es justamente esa lección la que deberíamos tener muy presente. Más Madrid, Más País o Más lo que sea se presentan –y son percibidos por no pocos medios de comunicación– como una opción más abierta, más razonable, más dialogante que Podemos. Pero el fin último sigue siendo el mismo: la impugnación de nuestra democracia liberal. En este sentido, y dado que este artículo trata de paralelismos, acaso no esté de más comparar lo que está ocurriendo en esa franja ideológica limitada de momento a la capital y su entorno con los recientes movimientos en el independentismo catalán. Me refiero al desmarque de ERC en relación con Junts per Catalunya. También Junqueras y Pere Aragonès llevan tiempo preconizando una vía supuestamente más amable que la encarnada por Puigdemont y Laura Borràs. Pero el objetivo perseguido por unos y otros no difiere en absoluto: la consecución de la independencia. De nuevo, pues, la impugnación de nuestra democracia liberal. Otra cosa son las estrategias, los métodos y los tiempos empleados. Y, por supuesto, los cómplices de la operación. A saber, esa izquierda que reúne a Más lo que sea, a Podemos y a los nacionalismos periféricos de distinta intensidad, pero sobre todo al partido cuyo secretario general es a la vez presidente del Gobierno de España. Para vergüenza, huelga añadirlo, de este país.