El pesimismo vende, y más tras este infausto 2020. No es de extrañar: pandemias, manifestaciones, populismo, democracias en crisis, desigualdades cada vez mayores, desastre económico, catástrofes naturales y conflicto abundan por doquier. Por primera vez en décadas, muchos tememos que nuestros hijos vivirán en un mundo menos prospero y menos democrático que nosotros.

Esta columna, sin embargo, no va de futuros deprimentes o la multitud de crisis que nos acechan. Es navidad, al fin y al cabo; no son días de mirar al vacío sin esperanza, a pesar de haber tenido que celebrar las fiestas separados. Hoy quiero escribir sobre la posibilidad, en absoluto descabellada, de que 2020 es quizás el último año del viejo mundo, y que nos espera un futuro mejor.

No soy el primero en llegar a esta conclusión; hay varios observadores que han visto la extraordinaria velocidad en desarrollar y empezar a distribuir la vacuna contra el coronavirus como una señal de que años de progreso científico están a punto de dar un nuevo impulso a la economía internacional. El motivo es que la vacuna contra la covid no es cosa de dedicar cantidades obscenas de recursos a un problema. Su existencia es posible porque varias revoluciones científicas recientes han dado el salto a aplicaciones prácticas directas en el mundo real.

Ideas geniales

El desarrollo tecnológico, desde la revolución industrial, sigue unos patrones bastante comunes y un tanto impredecibles. En general, una nueva invención (el motor de vapor, los ordenadores, la electricidad) no genera cambios sociales por si sola. Lo que vemos es que alguien, en algún lugar, tiene una idea genial para hacer algo de forma novedosa, pero esta invención en un primer momento no tiene un impacto demasiado visible en la economía.

Un ejemplo es la electricidad e iluminación eléctrica; Edison comercializa sus bombillas en 1880, pero durante bastantes años su impacto directo fue un tanto marginal. Al principio, la electricidad se utilizó para edificios singulares y viviendas de clase alta; la tecnología además se vio envuelta en una guerra de estándares (alterna o continua), pero nadie parecía ver aplicaciones a gran escala más allá de espectáculos luminosos. Poco a poco, sin embargo, más lugares tuvieron acceso a suministro eléctrico, y más inventores empezaron a plantearse otros usos.

No es hasta principios del siglo XX cuando los ingenieros se dan cuenta que, dado que no necesitas conectar toda tu maquinaria con correas de transmisión, las viejas fábricas de varios pisos dejan de ser necesarias

El motor eléctrico era conocido desde hacía casi un siglo, pero nadie le había prestado demasiada atención. Sí, era una idea ingeniosa, pero que no valía la pena desarrollar; nadie tenía una central eléctrica a mano, al fin y al cabo. La bombilla, sin embargo, crea esas redes de suministro eléctrico, así que otros ingenieros e inventores deciden que es hora de darles un uso práctico. Frank Sprague desarrolló un motor lo suficiente ligero y compacto para instalarlo en tranvías, y en 1887 tenemos la primera red de transporte público urbano electrificada del mundo en Richmond, Virginia. El invento de Sprague es copiado, refinado, mejorado; una década después su uso se está extendiendo en la industria, substituyendo a motores de vapor. No es hasta principios del siglo XX cuando los ingenieros se dan cuenta que, dado que no necesitas conectar toda tu maquinaria con correas de transmisión, las viejas fábricas de varios pisos dejan de ser necesarias, y las modernas cadenas de montaje empiezan a aparecer. La explosión de la productividad nacida de la corriente eléctrica no sucede hasta treinta años después de Edison.

Las aplicaciones prácticas

La vacuna contra el coronavirus es, en cierto modo, un ejemplo parecido. El Human Genome Project, el proyecto originario para crear un mapa del código genético del ser humano, fue lanzado en 1990. Por aquel entonces, secuenciar genes era inmensamente caro, tanto por el coste de los instrumentos de laboratorio como el coste de los ordenadores necesarios para analizar los resultados. El proyecto, sin embargo, abrió la puerta a todo un mundo de investigación científica e innovaciones sucesivas. El coste de los ordenadores cayó en picado. Tres décadas después, lo aprendido desde entonces ya no es teórico, si no que tiene implementaciones prácticas inmediatas. En el caso del coronavirus, supimos el código genético de la enfermedad casi de inmediato y las vacunas fueron diseñadas literalmente en dos días; el retraso ha sido en comprobar que era segura y fabricar dosis, pero la tecnología está ahí.

En muchos lugares del mundo es hoy más barato instalar una central fotovoltaica que una térmica o una central de ciclo combinado de potencia equivalente

Lo realmente interesante del momento en el que estamos es que hay varias tecnologías increíblemente importantes que están en una situación parecida a la ingeniería genética. Ya hemos mencionado a los ordenadores y su potencia de cálculo, pero lo de los semiconductores va más allá. El componente más importante son los paneles solares, que han multiplicado su eficiencia mientras el coste de fabricación caía en picado. En muchos lugares del mundo es hoy más barato instalar una central fotovoltaica que una térmica o una central de ciclo combinado de potencia equivalente. Dado que apenas tienen piezas móviles ni necesitan combustible, el coste de operación de la energía solar es irrisorio, y sigue cayendo.

Esto sería significativo ya en solitario, pero hay otro cambio tecnológico que está ocurriendo en paralelo que puede convertirlo en un cambio revolucionario: baterías. Uno de los accidentes más felices de la explosión de la potencia de cálculo en microprocesadores es el desarrollo de la telefonía móvil, y con ella, una demanda insaciable en baterías de litio. Eso ha atraído fabricantes, y con ello, innovación en todo lo que respeta a almacenar energía. El resultado ha sido no sólo un aumento considerable de la eficiencia de las baterías, sino una caída colosal del precio, además de la emergencia de una variedad de alternativas al litio que están cerca de ser comercializadas. Hace diez años la idea de tener una central eléctrica o eólica con baterías capaces de almacenar gigavatios de corriente eléctrica para horas sin luz solar o viento era una cosa absurda con un coste descomunal. Hoy ya es rentable construirlas.

Inteligencia artificial

La cosa no se detiene aquí, por supuesto. La absurda cantidad de poder de computación en nuestras manos va camino de traer consigo avances considerables en inteligencia artificial. El coche autónomo ha resultado ser más complicado de lo que esperábamos (resulta que el cerebro es un ordenador extraordinariamente flexible), pero vamos a ver sistemas expertos cada vez en más lugares. La pandemia, además, ha traído consigo el teletrabajo, y con ello, el potencial de nuevas formas de organización en el sector servicios.

Lo más importante es que no estamos hablando sobre cambios realmente revolucionarios como fusión nuclear o viajar a Marte. Gran parte de estas nuevas tecnologías están entrando ahora mismo en el tejido productivo. Desde alimentos transgénicos absurdamente eficientes a fabricar carne a gran escala (y coste ambiental y energético reducido) en laboratorio a una revolución energética donde el coste de generación será cercano a cero ya que no necesitas combustible, pasando por robótica y automatización a una escala nunca vista, es muy posible que todas las invenciones de los años noventa estén a punto de cambiar el mundo de veras en los próximos años.

Una economía donde el coste de la energía es casi cero, la ingeniería genética y medicamentos ultrapersonalizados (léase: vacunas contra el cáncer) son baratos y accesibles y la inteligencia artificial algo tangible es un mundo potencialmente mucho más próspero, seguro, y viable que el actual.

Y lo mejor, no es descabellado decir que quizás no esté lejos.