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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

Virus y ciencia: ¿solución o amenaza?

Seguimos sorprendidos de que en pleno siglo XXI se tarde al menos “un año y medio” en crear una vacuna segura

La primera vacuna contra el coronavirus probada en humanos da pasos positivos y pide financiación
La primera vacuna contra el coronavirus probada en humanos da pasos positivos y pide financiación EFE

Cuando empezó la pandemia de la covid-19, de repente todas las miradas se volvieron hacia los virólogos y epidemiólogos en busca de respuestas y vacunas. Todos nos lamentamos de que no se hubiera invertido más dinero antes en la investigación de los virus pensando que, en tal caso, la ciencia nos podría haber salvado y haber dispuesto de un remedio eficaz a los pocos días.

Sin embargo, a medida que los meses iban pasando algunas dudas comenzaron a aparecer. Tuvimos que hacer un curso acelerado para comprender las noticias y los artículos de opinión que se publicaban. Mientras, los propios expertos no se ponían de acuerdo sobre el origen y naturaleza del virus, y en determinados países varios científicos y periodistas desaparecían o eran silenciados. Pero probablemente las dos mayores sorpresas fueron dos.

Descubrimos que existían unos laboratorios (de los que hasta entonces casi nadie había oído hablar) muy extraños cerca del foco de la epidemia, cuya seguridad era puesta en duda y de los que algunos afirmaban que no era la primera vez que un virus escapaba. De forma paralela, averiguamos que los virus se crean, modifican y 'patentan' con total naturalidad, como si fuera el invento del papel secante o de la fregona, “nada que ver” (a pesar de ser códigos de secuencias de ARN) con los métodos y fórmulas matemáticas que no pueden ser patentados. Es decir que existe un mercado para estas cosas. Y sin embargo, ¿por qué ninguno de estos dos descubrimientos había sido votado en la ONU o en el Parlamento europeo o formado parte de ninguna campaña electoral?

 Algunos puntos negros

Veamos un ejemplo: El 20 de noviembre de 2019 la European Patent Office aprobó la patente de un nuevo coronavirus. La finalidad (loable) al parecer era, a través de un tipo de mutación del coronavirus obtenido, lograr una vacuna para prevenir las infecciones del virus Sars-cov conocido que producía síndromes respiratorios agudos en humanos como en las epidemias de SARS y Cov de 2003 y 2009. No obstante, ni este trabajo ni ningún otro similar parece que haya servido para lograr la ansiada vacuna en tiempo record a pesar de que el propietario de dicha patente participe en el consorcio Cobra Genetics, creado en marzo de este año para tal fin.

Lo que más importa ahora no es tanto analizar los puntos oscuros que subyacen en la financiación de estos procesos (¿se aplican las reglas de transparencia a la creación de un "Hub" o "banco" de enfermedades infecciosas?, ¿se publica la financiación que reciben unas investigaciones y otras no?), sino si realmente esta forma de proceder resulta más beneficiosa que perjudicial… para la salud de la humanidad. Seguimos sorprendidos de que en pleno siglo XXI se tarde al menos “un año y medio” en crear una vacuna segura, a pesar de que en la actualidad estén en marcha más de cien ensayos para encontrarla (¿eficaz competencia o despilfarro de recursos?). Con estos parámetros temporales en la próxima ocasión que aparezca un virus un poco más mortal ya sabremos el resultado de antemano: Game over.

El problema es la falta de transparencia y la ausencia de debate serio sobre la función que cumplen estos laboratorios y otros semejantes del ámbito privado

Todo lo que se haga para tener una vacuna preparada debería ser bienvenido. El problema es que en estos momentos aunque no sabemos si la ciencia ha sido colaboradora necesaria para el surgimiento del coronavirus, sí podemos estar seguros de una cosa: toda la red de laboratorios supersecretos ha servido exactamente para…, nada. Y eso que precisamente la excusa para no firmar un Tratado que prohibiera las armas biológicas ha sido poder experimentar libremente para estar preparados por si atacaba el vecino o surgía un nuevo virus letal.

El problema aquí no es la falta de financiación. Existen doce laboratorios de bioseguridad P4 de EEUU y cuatro en China (con previsión de ampliarlos hasta doce para el año 2025), por no hablar de otros países o de laboratorios P3.  El problema es la falta de transparencia y la ausencia de debate serio sobre la función que cumplen estos laboratorios y otros semejantes del ámbito privado. ¿De verdad merece la pena correr el riesgo de que por un error de seguridad se liberen nuevos virus en lugar de dedicar esa ingente cantidad de dinero a la ciencia que de verdad cura y previene enfermedades, por ejemplo, el cáncer? Una vez más nos responderán que la intención detrás de esos centros es buena (e.g. buscar vacunas) pero cabe recordar que “el infierno está empedrado de buenas intenciones”.

Control de los laboratorios

No afirmamos que en 'esta' ocasión tenga un origen artificial si bien el premio Nobel de medicina Luc Montagnier defendió que el coronavirus es el resultado de una modificación en laboratorio al que se han añadido secuencias del virus del sida, con el objetivo potencial de encontrar una vacuna para el VIH. La cuestión es que este asunto tiene la suficiente relevancia para que la sometamos a debate global, valorando si es más lo que ganamos que lo que arriesgamos porque el resultado final nos afecta a todos. ¿Quién controla estos laboratorios?, ¿es algo que se pueda dejar a los Gobiernos nacionales aunque sean autoritarios y no estén sometidos a ningún control parlamentario?

El proceso de evolución tecnológica resulta imparable pero no es necesario someternos impasibles a sus sombras y amenazas. Ya H.G. Wells (La isla del doctor Moreau de 1896 o El hombre invisible de 1897) planteó la obligación del científico-tecnólogo de respetar ciertos límites; si no caeremos, como alertaba A. Toffler (La Tercera Ola) en la vieja e insensata forma de enfocar la tecnología: si funciona, prodúcelo, si se vende, prodúcelo, si nos hace fuertes, constrúyelo”.

Convivir sin límites

Aunque en esta ocasión el virus fuera de origen natural nada impide que la próxima vez sea distinto. Por ello debemos diseñar un esquema institucional de carácter internacional que vigile y supervise todos estos procesos. Podemos tratar de reducir los riesgos y el error, pero errar es humano y no existe el riesgo cero. Podemos pensar que todos los gobiernos y los científicos son bondadosos, pero negar la tendencia al mal es como negar la propia sombra del inconsciente. No existe ninguna ética sin límites (Nulla ethica sine finibus). De hecho, hay que ser muy ingenuo o muy malvado para pensar que podemos convivir sin límites propios y ajenos.

La única solución sería que la OMS deje de estar politizada y establezca normas iguales para todos, con posibilidad de imponer sanciones para los incumplidores sean públicos o privados (tipo OMC). Ya existen Agencias internacionales para supervisar instalaciones nucleares. ¿Por qué no un Tratado para prohibir las armas biológicas y que libere la investigación en este terreno de patentes para evitar tentaciones indeseables? Que la propia naturaleza acabe con nosotros tiene un pase, pero asistir impasibles a cómo encendemos la mecha, resulta irracional, es decir no-humano.

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