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Igor Marín Ochoa

Opinión

Así, nos vamos al carajo

Tras la semana de la crispación en la que los ‘golpistas’ y los ‘terroristas’ se enfrentaron en el Congreso, las aguas han vuelto algo a su cauce

Los españoles salieron en masa a la calle.
Los españoles salieron en masa a la calle. EFE

Reconozco, con cierto pudor, que fui uno de esos idiotas que no dio al coronavirus la importancia que tiene. Pensé que era una gripe más, una enfermedad que jamás paralizaría el mundo. Que la covid-19 se convertiría en una de esas palabras que aparecen en los resúmenes de fin de año y poco más. Pero la realidad es tozuda y nuestra vulnerabilidad es casi tan infinita como nuestra soberbia. Y las muertes, los miedos y los sacrificios nos han arrasado y han llegado para quedarse algún tiempo.

No es por ser amigo del pesimismo, que no tiene ningún sentido, pero sí de bañarnos cada día en la realidad para prevenir lo que podamos frenar. Hay que asumir que el mundo ha cambiado en todas sus vertientes: política, económica, empresarial, social, personal…  La realidad es dura. Con datos que nos obligan, cuando menos, a ser cautos y pacientes.

El virus en América. Es lo más trágico de todo lo que está pasando. La sensación de seguridad europea, donde las medidas de protección se han relajado hasta llegar a esta falsa normalidad, nos ciegan de la realidad de la pandemia. Estamos peor que nunca, con miles de contagiados nuevos. Esto conlleva una tragedia humana inimaginable hace seis meses. Además, mete a una parte importante de nuestros potenciales clientes -EE.UU y todos los países iberoamericanos- en una espiral de crisis que nos salpica de lleno. Quizás los ultranacionalistas piensen que no va con nosotros, pero lo que sucede es de nuestra total incumbencia. Primero y por supuesto, en lo humano. Tenemos que ser solidarios y utilizar toda nuestra fuerza cooperante. Pero también, y mucho, en lo económico. Sin los pedidos del nuevo continente, la empresa española no podrá sobrevivir mucho tiempo.

La relajación de las medidas en España. Parece mentira que la memoria sea tan frágil. Hace dos meses se empañaban nuestros ojos cuando los telediarios nos anunciaban cerca de mil muertos diarios. La ciudadanía salía a los balcones a dedicar a nuestros sanitarios un homenaje escaso para el esfuerzo titánico que hicieron y hacen. Pero pocas semanas después, los mismos informativos que nos hablaban de muerte nos muestran aglomeraciones de gente sin mascarilla, distancias de seguridad en las que no cabe un suspiro, pueblos en fiestas a pesar de que se hayan cancelado oficialmente, celebraciones deportivas impropias del momento en que vivimos… Como rezan algunos carteles, que estemos desconfinados no significa que el virus se haya ido, simplemente que ahora hay sitio en los hospitales para tratarnos. La amenaza sigue y la libertad individual conlleva, o exige mejor dicho, la responsabilidad individual.

Urge la implicación de todos para salvar el empleo. No es hora de medias tintas ni de pensar en los beneficios empresariales

Los datos del paro. El otro bicho, el de la pobreza, no ha hecho más que asomar. Las cifras del paro son la introducción a lo que, segura y lamentablemente, viviremos en otoño. Urge la implicación de todos para salvar el empleo. No es hora de medias tintas ni de pensar en los beneficios. Hay que mantener el empleo como sea. Por un lado, reforzando mediante ayudas el consumo y el turismo. Impulsando a los sectores que son tractores de nuestra economía. Por otro, provocando un cambio de modelo productivo. Una revolución verde y digital que nos haga más resistentes frente a futuras recesiones. Porque si la crisis se prolonga, será imposible mantener un país subsidiado por muchas reformas fiscales que se hagan.

Las amenazas de las empresas. Por todo la anterior, las empresas que puedan tienen que tener claro que no es el momento de pensar en los accionistas sino en la sociedad en general. Ya volverán los tiempos de los beneficios. Pero ahora toca mantener el empleo. Daimler, sirva el caso, amenaza con despedir a miles de trabajadores porque se ha desplomado su beneficio. En el primer trimestre ‘solo’ ha ganado 617 millones de euros, en vez de los más de dos mil del mismo periodo de 2019. Vaya, parece que con ese dinero en las cuentas y con todos los planes renove de los gobiernos de Europa no le llega para aguantar el tirón. También me contaban que una empresa editorial con más de cinco millones de beneficios el año pasado ha rebajado un 12% el sueldo de sus empleados. Si el objetivo sigue siendo el accionista, esas empresas tienen muy poco futuro. Obviamente, hay otras empresas que lo están pasando mal y hay que apoyarlas. En Portugal, por ejemplo, han nacionalizado su línea aérea para evitar que desaparezca. En España deberíamos estar pensando lo mismo con Iberia por todo lo que conlleva y genera.

Las campañas electorales insulsas. Todo esto solo lo podemos cambiar con unas instituciones y gobiernos fuertes, cuanto más apoyados y basados en el consenso, mejor. Pero las dos campañas electorales que hay en marcha en estos momentos están pasando prácticamente inadvertidas hasta en las propias comunidades donde se celebran. Ni en Galicia ni en Euskadi hay ambiente electoral. La abstención amenaza con instalarse en unos colegios electorales donde el miedo al contagio va a ejercer de freno. Aquí hay dos reflexiones que deberíamos tener en cuenta.

Tras la semana de la crispación en la que los ‘golpistas’ y los ‘terroristas’ se enfrentaron en el Congreso, las aguas han vuelto algo a su cauce

Por un lado, los partidos deberían asumir ya que la política de frentes ya genera un rechazo en la mayoría de la ciudadanía. Las preocupaciones y necesidades -por lo tanto, las prioridades- han cambiado y con ello debería cambiar la forma de hacer política. Quizás no tengamos ahora a los líderes para hacerlo, aunque es cierto que tras la semana de la crispación en la que los ‘golpistas’ y los ‘terroristas’ se enfrentaron en el Congreso, las aguas han vuelto algo a su cauce. No tanto porque los dirigentes políticos se hayan convertido de golpe a maestros del acuerdo. Principalmente, porque los paneles sociológicos semanales les dieron la señal de alarma de que su camino iba directo al precipicio. Y hoy en día no hay más ideología que Twitter y las encuestas. Las formaciones tienen que cambiar, como bien ha hecho Cs, y convertirse en herramientas útiles a la sociedad. Dentro de unos meses, de muy pocos, cuando acaben los ERTE y las cifras del paro sean aún más insoportables la ciudadanía va a girarse hacia sus gobiernos y parlamentos. Más nos vale tener preparadas todas las medidas y todas las respuestas.

La otra reflexión referente a la política es para todos y cada uno de nosotros. Necesitamos instituciones fuertes, parlamentos conformados con la máxima participación posible. Ciudadanos comprometidos con sus ideas y una nueva hornada de líderes políticos para un tiempo nuevo. Las viejas respuestas ya no sirven. Las nuevas debemos buscarlas entre todos, sin dejación de responsabilidades. Dejar de ser clientes del Estado para, de nuevo, actuar como una sociedad comprometida.

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