La pandemia se cebó con ellos y, sin embargo, casi no se les ha oído. Quizá porque a pesar de ser las víctimas que estaban más a mano, las que más hemos descuidado, el virus ha sido poco más que un mal sueño para muchos de nuestros mayores, los que han sobrevivido, los que se han reenganchado a la vida con una determinación que, pensaban, nunca más iban a necesitar. No, este año no ha sido el peor de sus vidas para los que vivieron calamidades que, hoy, cualquiera de nosotros no dudaría en calificar como insoportables. Hambre infinita, frío insondable, terror asegurado en cada rincón. Eran niños cuando a la mirada se les agarró un miedo atroz que fueron poco a poco dejando a un lado, pero que nunca han podido olvidar. Quizá por eso, ahora, han reaccionado a la amenaza con la serenidad que nos ha faltado a los demás, con la superioridad de ánimo de quien ya lo tiene visto todo y sabe que esta no es la cara más ingrata del miedo.

No, este año no ha sido el peor de sus vidas para los ancianos a los que en el comienzo de esta brutal pandemia colocamos en el furgón de cola de la asistencia sanitaria. Es posible que ni siquiera lo haya sido para los que se quedaron en el camino, solos, en un hospital sin caras o en una residencia en la que los rostros solo reflejaban pavor y desconsuelo. El 2 de abril escribí aquí que con nuestros mayores estábamos cometiendo una gigantesca injusticia, una inmoralidad que nos perseguirá como sociedad durante mucho tiempo. Hoy, transcurrido el lapso suficiente para opinar con más perspectiva, me reafirmo en lo dicho. El 80% de los fallecidos por covid en España tenía más de 75 años. En Alemania, en el mes de julio, habían muerto, a causa de la pandemia, 635 personas mayores de 74 años por cada millón de habitantes; en España 9.155. Una masacre sobre la que seguimos esperando explicaciones de las autoridades 'sociales', las mismas que insultan nuestra inteligencia intentando desviar la atención de su propia decadencia generando conflictos donde no los hay.

La covid ha puesto al descubierto las fragilidades estructurales de un país que, subido al caballo desbocado del populismo más oportunista, parece incapaz de encauzar ni uno solo de sus graves problemas

La pandemia ha sido sin duda la primera gran plaga del milenio, pero sus efectos serán más duraderos en unos lugares del planeta que en otros. No soy nada optimista en lo que a España se refiere. No hemos estado a la altura. Y el problema es que no hay señales de que lo vayamos a estar en un próximo futuro. Y ya no me refiero a la crisis sanitaria, sino a la estructural de un país que, subido al caballo desbocado del populismo más oportunista, parece incapaz de encauzar ni uno solo de sus más graves problemas. No soy optimista porque, como ya nos advirtió Tony Judt, uno de los grandes gurús de la socialdemocracia europea, en Algo va mal (Taurus, 2010), “políticamente, la nuestra es una época de pigmeos”. Y eso que cuando Judt (Londres, 1948-Nueva York 2010) afirmó tal cosa, todavía no habían irrumpido en la escena David Cameron, Donald Trump o Boris Johnson.

Cero razones para el optimismo

No es fácil ser optimista cuando a diario comprobamos que la permanencia a toda costa en el poder se sitúa por encima de la vocación de servicio público, que incluye la aceptación de sacrificios personales; cuando, en ausencia de debates provechosos, los moderados se inmoderan y los radicales se radicalizan aún más; cuando la coexistencia de cesarismo y mediocridad deriva en combinación letal; cuando la confrontación por razones tácticas no deja resquicio alguno al consenso; cuando se castiga el mérito y se premia la indolencia; cuando se reniega en documento oficial de la lengua común; cuando la propaganda sustituye, con todo éxito, a la verdad; cuando el periodismo recupera la mejor tradición franquista de la relamida alabanza al poderoso y desde la política se diseñan estrategias de control de los medios en lugar de favorecer su independencia; cuando a las cuentas pendientes, en lugar de ordenarlas en un plan de pagos realista, se les da una patada hacia delante para que pasen a engrosar la ya muy desbordada mochila de las nuevas generaciones.

Es imposible ser optimista en un país de 47 millones de habitantes que asume sin apenas estremecerse las imposiciones de una minoría, de apenas dos millones, dispuesta a acabar con siglos de Historia compartida y con una malla institucional que, superados los férreos controles de la dictadura, logró situar a España, en un tiempo récord, entre los países más prósperos del planeta. Una minoría en la que no faltan personajes cuyo pensamiento conecta con la raíz intelectual, si es que eso existe, del fascismo, y que lleva años maquinando, ora de forma encubierta, ora a plena luz del día, la forma de destruir nuestro modelo de convivencia a través de operaciones de desprestigio financiadas con dinero público; una minoría, y esta es la gran novedad, que cuenta con la connivencia de un sector del Gobierno de la nación que ha convertido la fabulación y el chantaje, no siempre sutil, en sus principales herramientas de acción política.

Nunca se había producido una marcha atrás tan general y de tal envergadura. El retroceso ha sido profundo en todas y cada una de las variables que miden la confianza, fiabilidad y expectativas de una nación

Entiendo que no todos se sentirán concernidos con el título de esta columna. Y doy por supuesto que muchos españoles no pensarán que este ha sido el peor año de sus vidas, pero me reitero en la convicción de que para el conjunto del país, para los anhelos de progreso y la reparación de la autoestima del conjunto de la sociedad, este ha sido probablemente el ejercicio más nefasto desde la muerte de Franco. Y no toda la culpa es de la covid-19. La pandemia ha sido demoledora, pero sus efectos van más allá del número de fallecidos y de su impacto económico. El virus nos ha desnudado, ha dejado al descubierto nuestra impensada fragilidad. Nunca se había producido en las cuatro últimas décadas una marcha atrás tan general y de tal envergadura. El retroceso ha sido profundo y homogéneo en todas y cada una de las variables que miden la confianza, fiabilidad y expectativas de una nación: libertades, seguridad jurídica, transparencia, cohesión social y territorial, credibilidad financiera, competitividad, prestigio internacional…

Ha sido 2020 el peor año de nuestras vidas por los que hemos dejado atrás, sin el menor consuelo, pero también, y sobre todo, porque nunca antes como ahora los que se asoman al futuro lo hacen con presagios tan desoladores, confirmados por unos presupuestos que nos venden como progresistas pero que, debido a la brutal transferencia de cargas que proyectan hacia las nuevas generaciones, pueden convertirse en los más retrógrados de la historia reciente.

Este ha sido el peor año de nuestras vidas porque deja tras de sí un insoportable rastro de vidas y sueños rotos. Pero, sobre todo, porque no se atisba a nadie capaz de ofrecer una sola razón para la esperanza. Y a quien la podría ofrecer se lo quieren cargar.