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Cristina Casabón

Opinión

El arte del toreo político

Las campañas electorales son, en esencia, una vasta zona de conflicto. Torear y marear es la clave, y es lo que acaba siendo rentable

Miles de manifestantes a favor de la independencia de Cataluña.
Miles de manifestantes a favor de la independencia de Cataluña.

Los expertos en diseño de campañas electorales saben que solo tienen que apostar por las emociones fuertes, algo muy parecido a lo que ocurre en el 'arte de la lidia', la tauromaquia. Aunque con sus peculiaridades, claro está. Saben que lo que rige nuestra política es lógica amigo-enemigo, y que ser el candidato más odiado por la oposición te confiere un estatus superior entre los tuyos. Esto solo puede entenderse si concebimos el escenario político como una relación de fuerzas contrapuestas, caracterizada fundamentalmente por la intensidad de la antagonismo identitario. La intensidad de este antagonismo ha degenerado en Cataluñaen un escenario electoral marcado por el tribalismo y la atomización de partidos.

En sociedades muy polarizadas y con un voto marcadamente identitario, como la catalana, el factor político acaba frustrando toda promesa de equilibrios de convivencia. Algunos siguen pensando que la política puede ejercer el papel de árbitro social, pero la realidad es que juega con esos niveles de intensidad que acaban politizándolo todo, en el sentido de lo que Carl Schmitt nos ofrece en su obra El concepto de lo político, donde la esencia de lo político se identifica con la distinción entre amigo y enemigo. En sociedades tribales que giran en torno a los conflictos de identidad, los políticos con más capacidad de generar amor-odio son los que establecen unos vínculos más intensos con sus votantes. En el caso de Cataluña, el procésha dejado de ser un proyecto político y se ha convertido en un proyecto de fervor fracasado. Las elecciones de 2020 están marcadas por un escenario tribal: hay hasta 14 partidos independentistas. Como comenta Laura Fàbregas, la eclosión de esta “galaxia de partidos separatistas busca reeditar el pulso con el Estado o encontrar nuevas vías para lograr la secesión”.

La gestión de la pandemia polémica y politizada por todos los partidos, que divide a los políticos, a la prensa y a los ciudadanos, ha conseguido polarizar tanto como el 'procés'

El conflicto en esta campaña no está determinado, pues, por las políticas de sus candidatos, sino por la atomización que se ha generado en torno a un proyecto identitario; muchas de estas marcas son nuevas formaciones que se han creado a partir del malestar con los partidos independentistas tradicionales, ERC, JxCat y CUP. Estos múltiples candidatos necesitan definir a los enemigos políticos de manera rotunda para asestar una estocada. Además, ahora tenemos también a figuras estrella como Salvador Illa, que es uno de los políticos mejor valorados por los suyos y peor valorados por la oposición. Porque, no nos engañemos, uno de los asuntos que más divide a los españoles es la gestión de la pandemia (los datos son del CIS). Ha sido una gestión polémica y politizada por todos los partidos, que divide a los políticos, a la prensa y a los ciudadanos, y que ha conseguido polarizar tanto como el procés. Tenemos el escenario perfecto de polarización por la superposición de dos debates muy candentes y polémicos.

Escenario de polarización

La campaña se prevé, por tanto, como un teatro con guión improvisado: los políticos pueden sacar un conflicto a partir de cualquier tema que encaje en esa zona de indeterminación del procés. El conflicto en esta campaña no está determinado por los programas electorales de sus candidatos (que en gran medida no tienen ninguno, más allá de mantener vivo el conflicto identitario de manera rentable). Si los candidatos estrella saben nadar en un escenario de polarización, solo hace falta un poco de imaginación para que toda cuestión se discuta en clave identitaria, desde la campaña de las vacunas hasta cualquier pseudopolítica nacionalista, con lo cual los candidatos adquieren la posibilidad de estar presentes en todos los escenariosa la vez y de habitar en diversos territorios antagónicos con una única clave: la lidia del toro bravo. Toda crítica al enemigo sirve de munición para la campaña, y el “vienen a por nosotros” actúa como motor que incrementa el grado de intensidad de la identidad y el tribalismo.

El conflicto por el conflicto

En la política schmittiana, aumentar y mantener activo el conflicto es algo así como una inversión en la marca personal de cada partido. Cuanto mayor es la futilidad del debate, tanto más útil resultará, ya que refuerza la disposición al conflicto por el conflicto. Todos los candidatos políticos creen que están comprometidos en batallas identitarias elevadas por el bien de la sociedad catalana contra una oposición deshonrosa y corrompida por la mala fe, mientras que ellos mismos solo entran a regañadientes al campo de batalla por una especie de amor folclórico.

Estamos ante el nivel más sublime de la batalla política, ese arte de meter la estocada para salir a hombros. Schmitt nos permitió imaginar una nueva forma de pensar lo político, y lo que define la política catalana es la fragmentación social y la dinámica amigo-enemigo, sin límite asignable, sin tierra segura y tranquilizadora. En este clima, las campañas son, en esencia, una vasta zona de conflicto. Torear y marear es la clave, y es lo que acaba siendo rentable. ¡Que Dios reparta suerte!

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