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Miquel Giménez

Opinión

Palabras sordas para oídos necios

Aunque mueven los labios, de su bocas no sale palabra ninguna, solo el vacío del silencio. El separatismo ya no sabe articular más que miradas de odio y de angustia. Pero cuando escuchan voces de cordura, es mucho peor. Sus oídos necios no las entienden

Elisenda Paluzie, entre Quim Torra y Marcel Mauri
Elisenda Paluzie, entre Quim Torra y Marcel Mauri EFE

El divorcio entre razón y pasión

Nadie quiere escuchar otra cosa que aquello que desea; nadie entiende nada más allá de lo que alcanza su propia limitación. No hay esfuerzo, no hay superación, no hay en Cataluña más que un inmenso sopor, un letárgico devenir en el que la autocomplacencia se retroalimenta de sí misma. Ningún separatista está en disposición de ver otra cosa que el espejismo lejano de una república vaga, indefinida, de la que se sabe poco. Es perfecta en su monstruosidad, porque la indefinición con que nos la presentan la hace interpretable para que cada uno pueda acomodarla a su propia psique. Los constitucionalistas tampoco pueden colegir la enormidad que tienen ante sí, la de un pensamiento mágico e irracional al que no podrán erradicar solo con un argumentario cartesiano cargado de razones, cifras o hechos.

Conciliar el sentimiento con la praxis es tan difícil como imposible. Cuando las organizaciones separatistas apelan a los mismos ultimátums que sus propios gobernantes resulta totalmente inútil acudir al ordenamiento jurídico porque ¿qué otra cosa es la ley sino un intento de aproximación a la lógica empírica? No puede pretenderse que quien ha optado por instalarse en lo irreal, lo que desea, en lugar de lo real, lo cotidiano, se deje impresionar por este o aquel artículo. Ellos caminan, me refiero a los partidarios del separatismo, como el sonámbulo que ignora a donde va, el camino está siguiendo y el peligro de despeñarse a lo largo del mismo. Tal estado narcoléptico cuando se aplica a la masa – ya se describe el enorme riesgo de éste en El gabinete del Doctor Caligari – produce multitudes que seguirán fatalmente su marcha pues son incapaces de despertar ante ninguna voz, ante ningún llamado de atención.

El pensamiento político mágico, aquel que anunciaron con alarma y urgencia Louis Pawels y Jacques Bergier en El retorno de los brujos, está injerto profundamente en el inconsciente político catalán y extirpar el tumor supone también desgarrar carne y tejido sano. El nacional populismo encarnado en la ANC no es un fenómeno ajeno a la convulsa Europa y a sus eclosionantes disidencias que la salpican de ácido en Alemania, Francia, Italia, Bélgica o Dinamarca. Todo se dirige hacia la conjura en contra del orden emanado de la revolución burguesa, la industrial, la luz de la razón y el humanismo. Caen derribadas las estatuas antaño colosales del sistema democrático y el liberalismo político ante el embate de arietes fundamentalistas, primitivos, primarios, arietes que se sustentan en la pasión desbocada y sin ninguna atención al intelecto. Estamos ante un instante grave, quizás decisivo, en el que las puertas de la historia vuelven a entreabrirse para dar paso a una sinrazón hábilmente camuflada con las túnicas de la libertad y la justicia. Son disfraces con los que pasar disimulados a través de ese umbral por el que, periódicamente, intentan llegar hasta nuestras casas, nuestras almas, permutando la paz por un incalculable desasosiego, una inquietud, un miedo, digámoslo ya, del que se alimentan y precisan para su supervivencia.

Siendo fuerzas primigenias surgidas del caos de las ideas, no existe componenda posible entre el orden que nace luminoso de Descartes y Platón, del ágora clásica, de Kant y el de la oscuridad que bulle amparándose en las tinieblas de Howard Stewart Chamberlain, Gobineau y las siniestras advertencias de la Vehme pergeñadas en los claros de los inmensos bosques germánicos en noches sin luna. Imposible apelar a la razón ante quienes la niegan, de la misma forma que es imposible pretender que la compartan o siquiera la entiendan. Ellos escuchan otras voces.

Cuando se conjuga en exceso el imperativo

El clima espiritual de una sociedad, ese pulso que se mide escudriñando las sutilezas de lo cotidiano y que los demoscópicos jamás intentan abarcar precisamente por esto mismo, nos dice que Cataluña está viviendo una época de miseria anímica enorme, inaudita. Incluso en tiempos de guerra los pueblos suelen elevar su alma colectiva, si más no, con la luz de la esperanza. Ahora, desgraciadamente, solo reina la confusión que es preámbulo del desengaño, ese terrible estado que suele ser heraldo de la rabia y la cólera desatada.

El separatismo, en tanto que nacionalismo y, por tanto, de pensamiento total en el sentido de no concebir nada que quede fuera de su propio círculo, ha usado el imperativo en forma de conjuro para romper la realidad de un mundo que no se corresponde con su imaginario. Imperativo que se ha traducido en la polarización de quienes lo acatan y cumplen como vía de adhesión al dogma, incluso de orgullosa aceptación de su anulación como entes individuales, que renuncian a la discrepancia del tótem.

Eso nos lleva a la perversión de las palabras que es, en no poca medida, el elemento que perturba el natural entendimiento entre los que defienden la razón y los que se atrincheran en lo mágico. El término conjura se ha vuelto positivo, perdiendo aquel sesgo conspirativo un tanto siniestro, un tanto delictivo, un tanto perverso. Se conjuran para que en un mes llegue la república, caiga el gobierno central, los presos estén en libertad. Conjurados. Ese es el motto privativo de ellos. En esa senda se halla el discurso separatista, que no deja ningún resquicio para que se introduzcan términos que pudiesen frenar su propio exceso. En la Alemania del Tercer Reich – véase la obra de Víktor Kemplerer o la de Ernst Loewy- se utilizaba el lenguaje para enfatizar aspectos positivos del régimen. Así, Wir frieren Gemüse o Wir fliegenProviant, traducidos como Congelamos verduras o Volamos víveres, pretendían dar la impresión a la masa de que el Estado, fuera del cual no podía existir nada, se ocupaba de su alimentación, garantizando que nada iba a faltarles. Similares serían los Implementemos la República, Hagamos país y muchos otros de corte similar.

Este contexto en el que lo nebuloso se impone a lo tangible, en el cual altos mandatarios del gobierno catalán pronuncian exhortos, conminando a ukases inaplazables, virulentos en formas y fondo, sigue la misma pauta. El imperativo no admite más réplica que su acatamiento, escapando de cualquier escenario en el que pueda discutirse lo que predica. Todo eso nos lleva a pensar, con la melancolía de quien ve como se hunde la tierra bajo sus pies ante la pasividad o el estupor de quienes le rodean, que cuando se habla de diálogo no se está hablando de nada. Aquellos que lo propugnan también viven en un pensamiento irreal, ilógico y me atrevo a decir que puerilmente peligroso. He aquí porque las palabras del separatismo suenan solamente para sus propios oídos, puesto que están hechas para un monólogo interno que no pretende llegar a nadie que se halle fuera de su radio de acción; de la misma manera, sus oídos jamás captarán concepto alguno que escape del imperativo, del pensamiento mágico al que se hallan habituados. Es, efectivamente, un estado de hipnosis, de estupor intelectual, de sueño inducido.

Bien podía escribir Friedrich Georg Jünger en 1934 el profético poema Mohn – Adormidera – en el que supo reflejar en un solo verso este estado de la masa: “El zumo de la adormidera calma el dolor. ¿Quién nos concede el olvido de la bajeza?”.

Con un 155, con dos, con mil, no se resolverá esto. Es preciso ir más lejos. Este es un combate intelectual, espiritual, ideológico que trasciende con mucho nuestras tierras. Es la lucha de un modelo de convivencia frente al caos populista.

Miquel Giménez



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