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Miquel Giménez

Opinión

El país de las maravillas

Trescientos catalanistas moderados impulsan la iniciativa 'El país de demà', el país de mañana. Ya no saben que inventar

Marta Pascal.
Marta Pascal. EFE

Pretenden contrarrestar la consigna separatista con un nuevo modelo de catalanismo y se van a reunir este sábado próximo en el monasterio de Poblet. Sabia elección, ahora que Montserrat se debate entre los estertores agónicos del separatismo, por un lado, y la pederastia por el otro. Además, en Poblet se encuentra el archivo Tarradellas, que se negó en su testamento a que estuviese en ninguna otra parte, amén de la tumba del duque de Wharton, fundador de la masonería en España según dicen las crónicas, tumba que Franco ordenó retirar del cementerio por la coa del complot judeo masónico, ya saben. Con todos esos mimbres, disponen del ambiente adecuado para marcar distancias con el separatismo de barretina, trabuco.

Que tengan éxito en su propuesta ya es harina de otro costal. Ese colectivo con reminiscencias espartanas bautizado como los trescientos parte de premisas y personas marcadas por el hierro de la ganadería que nos ha conducido hasta aquí. Son gentes que provienen de la convergencia pujolista y la malhadada hueste de Duran i Lleida. Poco de original, pues, tienen que contarnos. Entre sus filas figuran personas como el ex alcalde de Sant Cugat i ex conseller Lluís Recoder o la víctima de la ira jupiterina de Puigdemont Marta Pascal. En sus papeles, que no son pocos, declaran no ser contrarios a la independencia, aunque, claro, no empleando los métodos de estos últimos años. Suena la vieja canción de siempre que intenta pasar por moderna, aunque pudiera suceder que el revival del nacionalismo más camp pudiese tener algún eco, siquiera entre los nostálgicos.

Personalmente, lo dudo. No parece que estén los tiempos para que un grupo, por más cualificado que sea, de viejas glorias, funcionarios de nivel, profesionales, politólogos, sociólogos y demás cuadros intermedios salidos de las clases dirigentes nacionalistas puedan aportar nada nuevo al deprimente panorama político catalán. Que la gente se reúna para hablar acerca de cómo salir del actual momento letárgico y monocorde de mi tierra o de las peleas entre separatistas fracasados, que no otra cosa son los dimes y diretes que hay entre puigdemontianos y junqueristas, es tan útil como juntarse con el loable propósito de analizar las diversas clases de lepidópteros. Son formas de entretenerse. Pero que el documento del que parten, 120 páginas, vaya a ser un revulsivo que acabe con los extremismos separatistas es mucho pretender.

Es decir, no es que les parezca mal la independencia, es que, simplemente, consideran a los golpistas unos torpes

Se jactan de un “catalanismo crítico” empleando expresiones tales como “falta de respeto a las leyes”, “improvisación”, “fracaso estratégico” o “la ruptura con la larga tradición del catalanismo político” al convocar un referéndum para la independencia “al que no se sentía convocada una parte muy importante de la sociedad”. Proponen un programa político respetuoso con la constitución, recuperar el Estatut del 2006, competencias blindadas en educación, lengua, cultura, derecho civil e inmigración, reforma en la financiación y un sistema de relación bilateral con el estado.

Es decir, no es que les parezca mal la independencia, es que, simplemente, consideran a los golpistas unos torpes. La misma cantinela de siempre, la del peix al cove, que nos ha conducido a los excesos presentes. Porque no hay catalanismo ni nacionalismo moderado. En cuanto lo son, dejan su condición como tales. Añadamos lo peregrino de que algunas personalidades amamantadas en la órbita convergente vengan ahora a decirnos que tienen la respuesta a lo que pasa, como si vinieran de nuevas. Eso es dar gato por liebre, vendiendo un nuevo país de las maravillas.

Debe sucederles lo que al conejo que describía Lewis Caroll: tiene prisa, y ellos han de tenerla al ver que pronto hará falta que ocupen los despachos los de siempre, pero con un talante más moderado. Les recuerdo a todos que el cuento acaba con una reina exigiendo que le corten la cabeza a todo quisqui. Para ese viaje no hacen falta ni alforjas ni documentos ni reuniones. Sabemos cual es el destino final.

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