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Miquel Giménez

Opinión

El pacto de Berlín

Carles Puigdemont tras su salida de la cárcel.
Carles Puigdemont tras su salida de la cárcel. EFE

No, no se trata de una vieja película de espías o de hacer pasar a occidente a un científico ruso, es algo mucho más peligroso. Carles Puigdemont está en la capital alemana. ¿Por qué? ¿A quién ha estado llamando desde ayer?

La Orden Nerón: dejar al enemigo solo tierra quemada

Ya que el fugado de la justicia española se encuentra en la capital de Alemania, no vendrá a desmano recordar una de las últimas órdenes emanadas desde el Führerbunker, cuando el telón estaba a punto de caer sobre el III Reich. Se trata de la tristemente célebre Befehl betreffend Zerstörungsmassnahmen im Reichsgebief, conocida popularmente como Orden Nerón. En ella Hitler conminó a su ministro Speer a dejar arrasada toda Alemania, volando instalaciones eléctricas, de agua potable, fábricas, campos de cultivo, en fin, todo cuanto pudiera ser de utilidad a los ejércitos que invadían ya el Reich. Condenaba así a su pueblo a la muerte por privarlo de todo lo imprescindible. Cuando Speer le dijo que él no podía cumplir aquella monstruosidad porque supondría llevar a Alemania a la Edad Media de nuevo, y le imploró que pensase en el pueblo alemán, el Führer, encogiéndose de hombros, le espetó que su pueblo se merecía eso y más todavía, por no haber estado a la altura de un genio como él.

Esa misma táctica es utilizada, aunque de manera mucho más sutil, cuando en un sistema democrático un político ve que va a perder el poder y desea que sus adversarios no encuentren más que problemas insolubles. El expresident lo dijo no hace mucho: “España tiene un pollo de collons. Ese pollo, organizado por él y por los separatistas, tiene la sencilla solución de aplicar con firmeza la ley, sin ambages, con contundencia, pero Puigdemont sabe que se las tiene que ver con un gobierno débil y timorato en Madrid, así como con una clase política comprada, adocenada y servil en Cataluña, salvo honrosísimas excepciones.

De ahí que, mientras salía de la cárcel de Neumünster, en Barcelona la portavoz del cesado, Elsa Artadi, diese por hecha la investidura de Jordi Sánchez en una entrevista que le hacía TV3. “Lo tenemos atado a tres bandas”, declaraba enigmáticamente. Las CUP se apresuraban a decir que no, que ellos no habían pactado nada y menos con otro candidato que no fuese el de Bruselas. El carrusel y el mareo político continuaban. Ahora bien, ¿se trataba de una maniobra de despiste más u obedecía Artadi órdenes recibidas desde la antigua capital germana? Hay quien afirma que sí, y que éstas tienen la misma inspiración que la Orden Nerón: acabaremos por ir a elecciones, dicen los cercanos al fugado, probablemente hacia mediados de julio, pero los partidos constitucionalistas han de encontrarse con un campo de minas insalvable, un Cataluña sacudida por las acciones abertzales de los CDR y un arsenal de papeles provenientes de diferentes organismos internacionales que conminen a España a dar bola blanca a los golpistas. La estrategia de los asesores de Puigdemont es complicar cuanto más mejor el panorama político catalán, porque saben que esto también afecta, y mucho, al conjunto de España.

Ha estado utilizando como elementos integrados en su discurso monolítico la pseudo violencia del 1-O – algún día sabremos las razones que llevaron a Mariano Rajoy a impedir la divulgación de las imágenes en las que se ve a los “pacíficos” independentistas agredir salvajemente a guardias civiles, periodistas y ciudadanos no secesionistas a lo largo de ese día – junto a reivindicaciones de personajes como Pablo Hasel, las fotos censuradas en Arco, los titiriteros condenados por apología del terrorismo, la obligación por parte de la justicia europea de que no sea delito quemar una fotografía del jefe del estado, en fin, todo lo que arrime el ascua a su sardina.

Con el auxilio siempre interesado en el mismo objetivo, el caos, de podemitas de aquí y de allí y la cobarde equidistancia de un socialismo cobardón y folclórico, su estrategia parece irles bien. Porque en ese acuerdo a tres anunciado por Artadi es cierto que las CUP no están. ¿Quién, entonces?

El amigo Doménech

Dicen fuentes próximas al núcleo duro del fugado que se podría contar con el auxilio de los Comuns, que Xavier Doménech habría aceptado una investidura del preso Sánchez, amparándose en no se sabe que papelito de la ONU. Que tal papel ni sea una ley, ni un mandato imperativo ni una resolución del plenario de la ONU, les da igual. La cuestión estriba en desacreditar por todos los medios al gobierno español y a España. Pura estrategia Batasuna, no en vano tienen como consejero áulico a Otegui.

La intención es seguir con esa táctica hasta que el contador se detenga y los plazos para investir a un candidato se hayan agotado. Entonces iremos a elecciones, efectivamente, y en la campaña los separatistas se aglutinarán alrededor de Puigdemont, haciendo de él todavía más una figura indiscutible, un caudillo, un jefe, alguien a quien nadie puede negar sus méritos como patriota, ni sus padecimientos o sus logros. Al igual que en la Alemania de los años treinta se decía que Hitler pasó cautiverio en la prisión de Landberg – una habitación cómoda, con libertad de movimientos por todo el presidio, secretario, máquina de escribir y tiempo para redactar el Mein Kampf, amén de tener a toda la guardia del lugar a sus órdenes -, a Puigdemont se le presentará como a un mártir por Cataluña y sus derechos.

En el resto de la UE no acaban de entender que esto puede ser el pistoletazo de salida para que en cada uno de sus países los movimientos nazis o radicales de izquierda se vean crecidos

Una vez más, las similitudes son espantosas y no presagian nada bueno para esta tierra que ha conseguido que dos millones de sus ciudadanos se entreguen a un racismo totalitario sin saberlo, o sabiéndolo, que eso es lo de menos. Mucho nos tememos que en esas elecciones volveremos a encontrarnos en la misma situación que ahora, es decir, un parlamento dividido por la mitad, unos medios de comunicación de la Generalitat al servicio de esta, una administración autonómica plagada de infiltrados nacionalistas, unos Mossos contaminados por el separatismo y una violencia callejera que irá, por desgracia, en aumento. Es algo peor que tierra quemada, es la destrucción de una de las regiones más prósperas de España, de Europa, y de la misma España si me apuran. En el resto de la UE no acaban de entender que esto puede ser el pistoletazo de salida para que en cada uno de sus países los movimientos nazis o radicales de izquierda se vean crecidos y con fuerzas suficientes como para tomar al asalto los diferentes estados. Si alguien se preguntaba qué pintaba el diputado nazi de Alternativa por Alemania Bernd Lucke visitando a Puigdemont en la cárcel, ya lo sabe. El apoyo que ha recibido por parte de AfD, oportunamente silenciado en Cataluña e, inexplicablemente, en el resto de España, es harto elocuente.

Dice Valentí Puig que vivimos tiempos peligrosos. Tiene razón, pero desde Berlín se está proyectando una sombra ominosa que nos hace presagiar otros más peligrosos aún. Tiempos en los que amenazar a jueces, políticos y periodistas será algo tan normal que acabará siendo ley. Ante esto no cabe ponerse a silbar esperando que escampe. Esa táctica ya no sirve. Cuando lo que tienes enfrente es algo tan poderoso como la maquinaria de los dos extremos, la derecha y la izquierda, un estado democrático debe reaccionar con músculo y energía. Aquí, me temo, preferimos entretenernos con los masters de Cifuentes o si la reina Letizia tiene o no tienen una buena relación con su suegra.

Asistimos como espectadores de privilegio a la caída del concepto de la democracia parlamentaria de corte liberal, la única que, con todas sus imperfecciones, ha demostrado ser la que garantiza unos mínimos de libertad, progreso y justicia. Lo que venga a continuación lo sabemos por la historia: o dictaduras marxistas o fascistas, no hay nada más.

Puigdemont sigue dando órdenes desde Berlín como antes hacía desde Bruselas, solo que ahora está más fuerte, más respaldado. Y aquellos que le dan apoyo no son los del lacito amarillo, son algo infinitamente peor. Al tiempo.



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