Sánchez tiene ante sí un dilema más terrible que aquel de la dama o el tigre que plantease Stockton en su célebre relato. Precisó de Podemos para alcanzar su sueño húmedo presidencial pero, de la misma manera en que nos mintió cuando decía en campaña que no podría dormir teniendo a Iglesias en el Gobierno, miente ahora a Iglesias diciéndole que la coalición es firme. Sánchez debe escoger entre mantener a los podemitas en el Ejecutivo, con el terrible desgaste que eso le supone tanto dentro como fuera de España, o cortar amarras con los bolivarianos y exponerse a tener un país ardiendo por los cuatro costados. Sabe muy bien de lo que es capaz su vicepresidente, recuerden, el que instaba a los asistentes a una conferencia suya a salir a la caza del fascista.

El monstruo comunista que Sánchez alentó, mimó e incubó al calor de sus promesas ha acabado por escaparse del laboratorio de Iván Redondo. Era lógico, no hay monstruo que no desee liberarse de su creador y todos tienen querencia por campar a sus anchas y, si se tercia, acabar con él.  En Cataluña lo hemos visto con los CDR, las CUP, Tsunami Democràtic y Arran respecto a la antigua Convergencia; en las vascongadas lo vieron en su día con ETA, Jarrai y Herri Batasuna con el PNV. Sánchez teme, con razón, que esos autodenominados colectivos antifascistas se planten delante de su casa si cede a las presiones que le hacen a diario para que cese a Iglesias.

Todo lo que estamos viendo, piedras, containers incendiados, vandalismo, tiendas asaltadas, lo vivimos en Barcelona con los tristes sucesos de Urquinaona

Todo lo que estamos viendo, piedras, containers incendiados, vandalismo, tiendas asaltadas, lo vivimos en Barcelona con los tristes sucesos de Urquinaona. Ahora también se han vivido en diferentes puntos de España, incluida la capital. Lo dije entonces y lo repito, esto no iba ni de democracia ni de independencia, esto iba – y va – de destruir al sistema constitucional justo por la parte más débil y tumefacta del mismo, a saber, las autonomías. Romper la unidad territorial es el paso primordial para romper todo lo demás. Quienes están detrás de esto saben que sin esa unidad y sin la Corona como aglutinador de todos los españoles se acabó lo que se daba.

El mismo Iglesias, mucho más peligroso y dañino al saberse arrinconado, hace que sus consignas se repitan a diario por los medios que controla, que no son pocos a pesar de que se queje en sede parlamentaria de que a él lo han elegido los ciudadanos y a los medios no los elige nadie. Quien se crea eso es tan bobo como el que acepte que a Hasel se le procesó, condenó y encarceló por cantar y no por apología del terrorismo, por elogiar e incitar al asesinato, a la violencia, por antisemita, por machista, por haber rociado de lejía a un cámara de TV3 o amenazar de muerte al testigo de un proceso.

Iglesias también conoce a Sánchez porque son tal para cual, y sabe que lo va a traicionar más pronto que tarde, así que lo de ahora es simplemente un pequeño muestrario de lo que podría pasar si se le echa del gobierno. “¿Ves, Pedro, como pongo al país patas arriba si me da la gana?”. Este estira y afloja es la causa del gravísimo problema de orden público que se vive ahora en las calles. Se trata de ver quien se rila antes, si el presidente o el vicepresidente, y no parece que ninguno de los dos esté dispuesto a ceder. Tiene muy claro Iglesias, además, que el caso Neurona y otros asuntillos que le sobrevuelan podrían hacerle caer con rapidez del Olimpo galapagareño en el que vive tan cómodamente, entre chachas pagadas por todos, series de Netflix y libros de George R. Martin. Veremos si socialistas y populares pactan la renovación del CGPJ y si lo logran sin Podemos de por medio. Sería el pistoletazo que marcaría la salida de los comunistas de Moncloa. También lo sería de mucha más violencia callejera, claro.

Además, seguiríamos teniendo a Sánchez sentadito en su poltrona. Pero esa, como dijo Kipling, ya es otra historia. Mientras, contemplen a Iglesias en llamas. Y a los contenedores, también.