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Opinión

Pablo Iglesias escindido

‘No comparto algunas cosas que dije en el pasado’, ha dicho Iglesias. ¿No comparto? ¿Qué nos quiere decir? ¿Qué padece de repente una patología de escisión de la personalidad?

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias EFE

El jefe de filas de Podemos explicó en su día que en política hay que “cabalgar contradicciones” y justificó así el apoyo recibido por su formación de los gobiernos dictatoriales de Venezuela e Irán. No hay duda de que las cosas no siempre son blancas o negras en los asuntos públicos y que los maximalismos o la intransigencia no suelen dar buenos resultados a la hora de ordenar la vida colectiva. Sin embargo, siempre es mejor que, puestos a bandear inconsistencias, lo hagamos del lado bueno. Así, parece más reconfortante situarse con la oposición democrática de estos países que con sus regímenes represores, violentos y corruptos. Además, esta flexibilidad ética, tan magistralmente teorizada por el maestro florentino, tiene sus límites, que son la realidad y las urnas. Cuando la distancia entre lo que se predica y lo que se hace o entre lo que se afirma y la evidencia empírica es astronómica, es mejor rectificar antes de que ese contraste bochornoso nos castigue con el rechazo de los electores y nos sepulte en la irrelevancia.

Eso es exactamente lo que el líder morado ha percibido en el resultado de las elecciones andaluzas. Si uno se proclama feminista, pero se nutre de los fondos de una dictadura teocrática y misógina que reduce a las mujeres a ciudadanas de tercera clase; o se vanagloria de querer acabar con la pobreza en su propio país al tiempo que acepta la financiación de un tirano que ha sumido a su pueblo en el hambre y la miseria; o se dice patriota al frente de un proyecto de ámbito nacional mientras da alas a separatistas que pretenden liquidar a  España como Nación, más que cabalgar contradicciones lo que hace es practicar un cinismo vergonzoso. Y eso, más tarde o más temprano, se paga en términos de confianza, credibilidad y número de sufragios. Su retroceso en los recientes comicios de Andalucía y el descalabro del espacio de la izquierda en la mayor Comunidad Autónoma española han encendido todas las luces de alerta en el estado mayor podemita.

Su acto de ‘contrición’ en el Senado evidencia que Pablo Iglesias es políticamente una amenaza, moralmente un peligro e intelectualmente un bluf

El acto de contrición televisado de Pablo Iglesias en el Senado renegando de su antiguo héroe bolivariano y reconociendo que la situación política y económica en Venezuela es “nefasta”, ha sonado tan insincero como forzado. El salto desde la célebre apreciación de que “se están produciendo tantos cambios y tantas transformaciones que pueden convertirse en un ejemplo democrático para el sur de Europa”, o la no menos rotunda “Venezuela es una de las democracias más saludables del mundo”, al juicio condenatoria del pasado jueves, es realmente de calibre olímpico. Otro aspecto interesante de este dramático mea culpa lo ofrece su formulación léxica. Iglesias dijo textualmente en la Comisión senatorial sobre financiación de partidos “No comparto algunas cosas que dije en el pasado. Estaré encantado de debatir sobre cosas que pude decir en el pasado y en las que me equivoqué”. La utilización del verbo “compartir” refiriéndose a uno mismo no deja de ser intrigante. Se comparte con otros, nunca consigo mismo. No sostengo, no mantengo, no creo, lo que se quiera, pero ¿no comparto? ¿Qué nos quiere decir el ex-profesor contratado de la Complutense? ¿Qué padece de repente una patología de escisión de la personalidad? ¿Qué oye voces del más allá? Muy alarmante.

No es por casualidad que las dos materias que se consideran fundamentales para evaluar la calidad de un sistema educativo sean las matemáticas y la lengua. Teniendo en cuenta que la inflación en Venezuela está a punto de alcanzar el 1.000.000% (sí, lo han leído bien, un millón por cien) y que hace poco el próspero residente en Galapagar nos recomendaba “cada vez va a hacer más falta Venezuela y su ejemplo en el proceso que tenemos en Europa”, junto con su extraño uso de los verbos, nos lleva a la conclusión de que Pablo Iglesias es políticamente una amenaza, moralmente un peligro e intelectualmente un bluf.

Cuando la distancia entre lo que se predica y lo que se hace es astronómica, te puede pasar lo que le ha pasado a Podemos en Andalucía

En cualquier caso, si desea convencer a sus conciudadanos de que su arrepentimiento en relación a Maduro y sus crímenes es auténtico, lo tiene muy fácil. A partir del próximo diez de Enero, final del mandato presidencial recibido por el hijo de Chávez en unas elecciones democráticas, su continuidad en el poder será un caso flagrante de usurpación. Lo que el régimen chavista montó el pasado Mayo fue un simulacro grotesco no reconocido por un buen número de democracias, tanto en América como en Europa. Iglesias, en coherencia con su rectificación, ha de sumarse de manera explícita al movimiento internacional de reconocimiento de la Asamblea Nacional venezolana elegida en 2105 como única representante legítima de la ciudadanía después del 10 de Enero y como la sola instancia que puede legalmente nombrar un gobierno provisional y cursar las órdenes oportunas a las Fuerzas Armadas y a los Cuerpos de Seguridad para que la protejan del energúmeno que ya el año que viene habitará sin soporte constitucional alguno el Palacio de Miraflores. Todo lo que no sea eso demostrará que su cambio de posición no obedece a una reconciliación con la verdad, sino que es otro galope sobre contradicciones, en otras palabras, una más de sus descaradas mentiras.



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