Alguien dijo una vez que en política todo está permitido, salvo dejarse sorprender. En España llevamos demasiado tiempo instalados en la sorpresa, en el sobresalto. Ni siquiera el tremendo impacto de la pandemia ha alterado la costumbre autodestructiva de la confrontación permanente, brutal en no pocas ocasiones. Decenas de miles de muertos provocados por una gota de saliva, millones de personas sin expectativa cercana de empleo, no han sido suficientes argumentos para dibujar entre todos una malla de seguridad común, una ruta protegida de escape hacia la recuperación.

En lugar de dedicar el doscientos por ciento de sus capacidades a construir certezas, nuestros políticos siguen jugando al póker con vidas y haciendas. Unos políticos cuyos niveles de incompetencia han superado con creces las previsiones más pesimistas. No lo digo yo. Desgraciadamente, esta es una percepción compartida por destacados expertos en Administración Pública y que ya trasciende el ámbito de opinión español. Lean si no el diagnóstico que sobre la gestión de la crisis sanitaria, subrayando la falta de state capacity, ha realizado el profesor Fernando Jiménez para la Fundación Schuman.

Lo dicen los expertos y ya lo avisaban gentes como Manuel Monereo -aquí lo apuntábamos-, politólogo de cabecera que fue de Pablo Iglesias e ideólogo del comunismo nacional: “Faltan -decía Monereo- políticos grandes; la clase política ha perdido calidad y cualidad. El Gobierno de coalición pactó un programa para un mundo que ya no existe (…). Ahora ya sólo pone medidas paliativas. Y la oposición carece de un proyecto alternativo. No hay un Estado estratega que defina el horizonte”.

Políticos grandes. Si había alguna duda, estos últimos días ha quedado definitivamente despejada: en España, esa es una especie en imparable vía de extinción. “Proliferan en los escalones altos del poder los políticos-narciso, aquellos que emulan al Rey Sol y hacen de la manoseada y burda comunicación política, no de la gestión eficiente, su medio de subsistencia” (Rafael Jiménez Asensio). Tal cual. No hay mejor resumen de lo que nos pasa. Hace mucho que la gestión eficiente apenas cotiza en el mercado electoral. Por eso hay quienes aplauden la sorpresa, aunque sea un grosero ejercicio de irresponsabilidad.

Es más que dudoso que la repentina irrupción de Iglesias en la pelea madrileña vaya a movilizar mucho más a la izquierda; lo que sí parece seguro es que su discurso guerracivilista a la que va a movilizar como nunca es a la derecha

Todo empezó en Murcia, pero podía haber ocurrido en cualquier otro lugar. No sé a qué viene tanto escándalo. Lo que allí ha pasado es lo que antes o después tenía que pasar; y lo que seguirá pasando. El problema no es Murcia, ni Valladolid, ni Madrid. El problema es la comunicación política convertida en ilusionismo; la gestión cesarista de unos partidos políticos que viven en un mundo paralelo al real; la necesidad de supervivencia de dirigentes en muy poco tiempo venidos a menos; la complicidad de los medios de masas en ese juego fraudulento de superficialidades, en la aceptación de la farsa como una de las virtudes de la nueva política.

“Madrid no es una serie de Netflix”, dijo Mónica García (Más Madrid) cuando recuperó el aliento después de ver a Pablo Iglesias tenderle la mano con su máscara veneciana y antifascista. Yo no estaría tan seguro. Es muy posible que la política española no tenga siquiera el nivel exigido por Netflix, pero para cubrir esa laguna ya están los hormigueros, intermedios, resistencias y supervivientes. Espuma. Mero maquillaje tras el que ocultar la inanidad de su gestión política, puro teatro en el que un actor consumado como Iglesias se maneja con gran naturalidad.

Desconcierto en el Gobierno

Me pareció enternecedor ver cómo algún colega se derretía en alabanzas al considerar que la decisión de Iglesias de abandonar el Gobierno era prueba irrefutable de que no pretende vivir siempre de la política. Es justo lo contrario, querido. Conseguirá o no lo que se propone, pero su dimisión es precisamente un desesperado intento de salvar los muebles, de garantizarse una retribución pública que mejore con mucho el sueldo de profesor, de diversificar riesgos. Ni Pablo Iglesias es Settimio Severo, ni Irene Montero es Giulia Domna. Evitar la desaparición del partido en Madrid es un medio, no un fin. Por otra parte, vivir de la política no significa necesariamente hacerlo desde dentro de la política. Es más, Iglesias lleva toda la vida viviendo de uno u otro modo gracias a la política, y lo seguirá haciendo, en la Asamblea de Madrid o desde un despacho en el Barrio de las Letras, un suponer.

Iglesias no ha dimitido; se ha puesto a salvo. Estaba avisado, pero le vio las orejas al lobo cuando ya era demasiado tarde para evitarlo. Quizá porque el toque de atención había llegado antes de lo previsto. Moción de censura en Murcia. PSOE y Ciudadanos de la mano. En el Gobierno nadie tenía la menor idea. Sólo Ábalos. Nadie más. Una operación de alcance cocinada en los fogones de Moncloa, con Iván Redondo y Félix Bolaños como pinches con galones. Trabajando para el partido con retribución del Estado. Otra vez. A puerta cerrada. Enorme sorpresa en los despachos aledaños; en el resto de ministerios. En el PSOE. Una operación que fracasó al minuto siguiente de anunciarse, en cuanto Díaz Ayuso hizo lo que era previsible, disolver la Asamblea de Madrid y tocar a rebato. Después vino García Egea a rematar la faena; él sabrá cómo lo hizo, pero es legítimo temerse lo peor. Fin de la historia. El efecto dominó frenado en seco. En la cocina, los listos con cara de tontos. Una cagada mayúscula. ¿Culpables? Varios, con el jefe a la cabeza, e Inés Arrimadas de comparsa.

Cuando parecía que se podía abrir un período de calma electoral en el que buscar acuerdos de país, Sánchez decidió jugar otra vez a la ruleta rusa con las urgencias de los españoles, provocando un nuevo paréntesis de estéril batalla partidista

La respuesta de Iglesias al presunto giro al centro iniciado en Murcia, vía deglución de Ciudadanos, es un movimiento de autodefensa. Y probablemente de venganza. Hay serias dudas de que su repentina irrupción en la pelea madrileña vaya a movilizar a la izquierda, como nos quiere hacer creer. Como mucho servirá para aguantar ese mágico 5% que te da acceso al Parlamento regional y a un razonable sueldo. Por lo demás, lo que sí parece seguro es que su discurso guerracivilista a la que va a movilizar como nunca es a la derecha -atentos al dato del voto por correo-, además de rebajar las expectativas del bueno de Gabilondo, un candidato a palos al que, tras una triste carrera como jefe de la Oposición, ya se daba por amortizado.

Habrá todavía alguna sorpresa más (Carmena parece que no), pero las cartas de esta nueva partida de política chica ya están en lo fundamental repartidas. Iglesias ejerce de nuevo el malo de la película, y ha hecho méritos más que sobrados para merecer tal consideración. Pero no es a él a quien ahora toca pedir cuentas, sino al que encendió la mecha de esta nueva confrontación cuando lo que tocaba, tras las elecciones catalanas, era concentrar los esfuerzos en acelerar el proceso de vacunación y presentar en Bruselas proyectos sólidos para no descolgarnos del proceso de remontada europeo. En lugar de eso, Pedro Sánchez, cuando parecía que se podía abrir un período de calma electoral en el que buscar acuerdos de país, decidió seguir jugando a la ruleta rusa con las urgencias de los españoles, provocando de paso un nuevo paréntesis de cruda y estéril batalla partidista.

Eso sin contar con que, gracias a su torpeza, lo más fácil es que al PSOE de Madrid le espere otra larga etapa de oposición, salvo campaña desastrosa de los populares (hipótesis no del todo descartable: la investigación sobre la presunta financiación ilegal del partido bajo la presidencia de Esperanza Aguirre parece llegar en estos días a su fin).

Iglesias ha cometido el imperdonable pecado, en política, de dejarse sorprender. Pero solo el tiempo dirá si será él o serán otros los principales damnificados de este nuevo episodio de impericia política. Yo lo dejo aquí, con este párrafo del documento que hizo público el Círculo Cívico de Opinión el pasado mes de febrero: “Nuestros actores políticos siguen inmersos en lo que ha devenido ya una práctica generalizada de polarización, oportunismo y ausencia de medidas consensuadas dirigidas a la satisfacción del interés general. Siguen enrocados en su ensimismamiento autista, en una noria que gira sobre sí misma sin más objetivo que durar”. Así es.