Pablo Iglesias es adicto a la notoriedad. Tiene que ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Nunca quiso formar parte del Gobierno de coalición para gestionar nada, sino para añadir a su currículum político algún cargo grandilocuente con el que aplacar su insaciable ego.

Era importante figurar al frente de un ministerio con un nombre rimbombante que apenas cupiese impreso en una tarjeta de visita, así que Pedro y él parieron lo de la Vicepresidencia de Derechos Sociales y Agenda 2030. Nadie sabe muy bien cuáles son las competencias de este engendro del organigrama monclovita, pero lo que sí que está claro es que la actividad desempeñada por Iglesias tras más de un año al frente del mismo puede resumirse en menos letras que las que tiene un telegrama: escribir tuits recomendando series. Punto. Quienes se amontonan en las colas del hambre que se forman cada día frente a los bancos de alimentos aburren al señor del escudo social.

El caso es que su “yo” mediático se estaba marchitando y permanecer al margen de la marcianada esperpéntica desencadenada por la moción de censura de Ciudadanos en Murcia era pedirle demasiado. Su faceta de showman disfrazado de núcleo irradiador antifascista reapareció este lunes en todo su esplendor en el vídeo que publicó para anunciar su candidatura a la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

Me da a mí en la nariz que muchas mujeres de Madrid no van a ser tan dóciles como las de Unidas Podemos a la hora de aceptar la tutela de los morados

Primero intentó justificarse en la necesidad de una candidatura feminista para hacer frente a la extrema derecha que representa Ayuso. Qué mejor manera de acometer políticas feministas que apartar a la mujer que lidera su partido en Madrid para ponerse él, con el objetivo de arrebatar la Presidencia de la Comunidad a otra mujer. El macho alfa acude raudo a salvar a las mujeres madrileñas de las garras del heteropatriarcado. Aunque me da a mí en la nariz que muchas mujeres de Madrid no van a ser tan dóciles como las de Unidas Podemos a la hora de aceptar la tutela de los morados.

Después pasó a relacionar las políticas “exitosas” de izquierdas que su formación ha conseguido implantar gracias a su integración en el Gobierno de coalición, loando a su sucesora al frente de la vicepresidencia y del partido: Yolanda Díaz. Dijo de ella que es la mejor ministra de Trabajo de la historia. Claro que sí, Pablo: ¡los números la avalan!

Cuatro millones de parados -más de seis si contamos a los que no están inscritos como demandantes de empleo, gente apuntada a cursos de formación etc-, cientos de miles de personas sin cobrar el ERTE, el SEPE hecho unos zorros… Las conquistas de Yolanda al frente de la cartera laboral son tan grandes que debería firmar estatutos de los trabajadores todos los fines de semana en el Corte Inglés.

La teletienda comunista

El vendedor de teletienda comunista que habita en Pablo Iglesias tampoco tuvo reparos en catalogar como logro progresista la paralización de los desahucios (un eufemismo para evitar decir “legalización de la okupación” ya que tiene menos mercado entre los pijos universitarios, hijos de grandes propietarios, que les votan)  o la llamada ley del “sólo sí es sí”, un bodrio jurídico que, amén de rezumar condescendencia paternalista hacia las mujeres, vulnera la presunción de inocencia y ahonda en el derecho penal de autor.

Éstas son las credenciales que presentó Iglesias para gobernar Madrid. Ni qué decir tiene que, con semejante carta de presentación, el objetivo no es ni Ayuso ni sus potenciales votantes. La campaña que ha iniciado este lunes el líder morado pretende única y exclusivamente evitar la desaparición de Unidas Podemos de las instituciones madrileñas atacando a sus rivales más directos en la arena de la izquierda: el Más Madrid de Errejón y el PSOE de Gabilondo. Por este orden, además. El macho alfa de Unidas Podemos quiere ahora serlo también de la izquierda madrileña porque sabe que haciendo oposición a Ayuso conseguirá más cámara y flashes que en una vicepresidencia irrelevante de cuyo nombre no quiere acordarse.