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Opinión

El tipo del vídeo

Otegi, nada menos que Otegi, poniendo condiciones para otorgar la condición de honestas o deshonestas a las personas, sean quienes sean

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi.
El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi. EFE

Un querido compañero de este periódico me hace llegar, vía WhatsApp, un vídeo en el que se ve a un tipo dando un discurso delante de un montón de gente. La transcripción sería larga, así que prefiero resumírselo. Dice que él y sus seguidores están dispuestos a “coadyuvar” en la “democratización del Estado”. Coadyuvar. El uso de ese término sugiere que estamos, una vez más, ante alguien que se cree más inteligente de lo que en realidad es. Sigo. Asegura dos o tres veces que sí, que estarían dispuestos a coadyuvar, pero que no serviría de gran cosa porque él no cree que ese proceso de democratización llegue a producirse: ni siquiera sería posible, en su opinión; pero bueno, por él que no quede.

A continuación se refiere a “esos sectores populares que hoy articulan la nueva izquierda española”. Yo miro a un lado, miro al otro y lo único que se me ocurre es que se está refiriendo a Podemos, a quién si no. Y les pide que “sean honestos”. Que cuando se den cuenta, –como él, que ya digo que es muy listo– de que esa democratización es imposible, que sean honestos (repite) y que se sumen a ellos, a los independentistas, para poner en marcha “procesos constituyentes” en las “naciones del Estado”, y menciona tres: Galicia, Cataluña y “Euskalherria”. ¿Y por qué la izquierda española había de hacer eso? Porque, sigue diciendo este señor, en esas “naciones” hay “relación de fuerzas” para poner en marcha ese proceso y en el Estado español no. La verdad es que no entiendo muy bien el argumento, no sé lo que quiere decir, pero ya he dicho antes que este señor es muy listo y yo, pues no tanto.

Concluye el tipo: “Para que un día España sea roja, republicana y laica, esa España tendrá que estar anteriormente rota”.

Es difícil de entender que haya alguien capaz de decir en serio tal cantidad de atrocidades en tan poco tiempo: apenas un minuto y medio

El tipo, que habla detrás de un letrerito que reza Askatasuna (“Libertad”, en lengua vasca: era una de las tres palabras cuyas iniciales componían las siglas ETA) es Arnaldo Otegi Mondragón, de 62 años, a día de hoy coordinador de EH Bildu.

Esta es una de esas ocasiones en que uno se queda boquiabierto y sin saber por dónde empezar, porque sencillamente es difícil de entender que haya alguien capaz de decir en serio tal cantidad de atrocidades en tan poco tiempo: apenas un minuto y medio.

Otegi, que ha pertenecido a ETA desde 1977; Otegi, un torturador que participó en el secuestro de Luis Abaitua; Otegi, cinco veces encarcelado por pertenencia a banda armada, se cree a sí mismo en condiciones de hablar de democracia, de determinar quién es demócrata y quién no, de establecer como cosa hecha que España no es una democracia y que no llegará a serlo nunca. Dios mío. Es como si uno oyese a Hitler hablar de los derechos humanos. Otegi, nada menos que Otegi, poniendo condiciones para otorgar la condición de honestas o deshonestas a las personas, sean quienes sean.

Otegi, cuyo currículo académico cabe en el recibo de un taxi, hablando de algo que seguramente él cree que es sociología política, de “relaciones de fuerzas” aquí o allá; y lo hace con ese lenguaje pretencioso, rebuscado y pingorotudo que a mí me recuerda tanto a la forma de hablar de los “procuradores en Cortes” franquistas que salían por la tele cuando yo era chico, y a los que no había cristiano que entendiera. Pero aquellos procuradores al menos tenían la decencia de salir por la tele en blanco y negro, como correspondía a las vejestorieces que decían. Otegi no, Otegi sale en color. Y dice cosas que, además de no tener el menor contacto con la realidad, son más antiguas (ustedes perdonen la expresión) que mear en la pared, como esas frases de la deseable (para él) “España roja” y tal y pascual.

Caudillo nato

Este sujeto, que manifiesta con meridiana claridad su intención de destruir el Estado de derecho gracias a cuya democracia él puede decir todas esas cosas, tiene la inaudita desvergüenza de pedir a los españoles de izquierdas que se sumen a él, caudillo nato, para traicionar al país en que nacieron. En eso consiste, para este tipo, la “honestidad”.

Con este sujeto, y con otros parecidos, ha llegado a un acuerdo el Gobierno de Pedro Sánchez para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado, ese Estado al que Otegi pretende expresa, explícitamente, desmantelar. Y el vicepresidente del Gobierno español, Pablo Manuel Iglesias, asegura que sí, que es una buena noticia que Otegi y sus discípulos voten a favor de los Presupuestos, porque con ello están ayudando a hacer políticas de izquierda.

También es verdad que el hecho de que Otegi y sus apóstoles estén dispuestos a “coadyuvar” en la política española no es necesariamente una mala noticia

Vamos a ver. Una cosa es lo que se dice en los mítines, con el calentamiento de boca correspondiente, y otra cosa es lo que uno piensa en realidad. Eso es cierto. Sucede siempre. Y también es verdad que el hecho de que Otegi y sus apóstoles estén dispuestos a “coadyuvar” en la política española no es necesariamente una mala noticia, porque eso quiere decir que, tras la derrota de ETA a manos del Estado y de los ciudadanos de ese Estado (también los vascos, y en primer lugar), esta cohorte de ángeles iluminados podría estar abandonando sus lejanas ensoñaciones patióticas, como escribía Cortázar, y aterrizando en algo quizá más aburrido pero desde luego mucho menos ensangrentado, que se llama realidad.

Eso supondría, por así decir, un cierto proceso de “domesticación” de esta gente, de desprogramación, como se hace con quienes han caído en manos de una secta. Y creo que no está mal. Lleva mucho tiempo, pero no está mal. Acaba siendo bueno para todos: para los “desprogramados” y para sus víctimas.

¿A cambio de qué?

Pero ¿Otegi? ¿Ven ustedes en toda esa faramalla retórica, tan “coadyuvante” y tan repartidora de honestidades, el menor signo de aproximación a la realidad que compartimos la inmensa mayoría de los demás ciudadanos? Porque yo no la veo. La única diferencia es que han perdido una batalla de cincuenta años y que ya no matan. Han necesitado medio siglo y más de 800 cadáveres para caer en la cuenta de que matar, secuestrar y aterrorizar a los demás no sirve, en realidad, para nada. Al menos en política y en un país democrático. Otra cosa son, desde luego las organizaciones mafiosas, que es en lo que esa gente acabó por convertirse.

Si queda claro que ese proceso de “domesticación” es, como mínimo, muy dudoso (en el caso personal de Otegi es sencillamente inverosímil), ¿cómo puede ser que el presidente del Gobierno esté pactando con esta gente algo como los Presupuestos del Estado? ¿A cambio de qué? Y, sobre todo, ¿en nombre de qué? ¿De verdad se cree Sánchez que, como dice Iglesias, la inestimable ayuda de Otegi y sus legiones de ángeles ayudarán a que en España se hagan “políticas de izquierdas”? ¿En serio? ¿O más bien se trata, como muy bien pudiera ser, de mantenerse en el poder al precio que sea y cabalgando a lomos de cualquier lobo? ¿Dónde queda exactamente la raya entre el pragmatismo político y la indecencia? ¿Cuáles son, en opinión de Sánchez e Iglesias, los grandes “bienes mayores” para la nación que justificarían pactar con esta gente? ¿Exactamente cuáles? ¿O se trata de mantenerse en el poder al precio que sea, y el precio es este? ¿No había otras posibilidades menos nauseabundas para sacar adelante los putos Presupuestos? Y si las había (porque las había, vaya si las había), ¿por qué se han despreciado?

Felipe González ha dicho que él jamás habría pactado con EH Bildu ni con el tipo del vídeo, el “coadyuvante”. Se conoce que, para él, que presidió el Gobierno de la nación durante catorce años, la línea roja que separa la dignidad de la inmoralidad, o de la ambición, está algo más clara que para quien ahora dirige el Gobierno… y un partido que lleva las mismas siglas que el que Felipe dirigió desde 1974. Pero que ya nadie sabe si es el mismo. Quisiera equivocarme, pero a mí me parece que ya no lo es.

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