El cineasta Jon Viar recoge en su primer largometraje, Traidores, casi a modo de terapia personal, la historia de su familia y el trauma que le supuso averiguar que su padre, Iñaki Viar, un prestigioso psiquiatra de Bilbao y uno de los fundadores del Foro de Ermua, militó en la ETA de los años 60. Su padre participó en la colocación de un paquete bomba que nunca llegó a explotar en el edificio vacío de la Bolsa de Bilbao, por lo que fue condenado a 20 años de prisión. En 1977 salió con la Ley de Amnistía y comenzó una vida consciente y libre fuera del nacionalismo vasco, pero con el dolor de haber participado en la creación del monstruo.

La película es un relato magnético, conmovedor y lúcido sobre una clave del ecosistema xenófobo nacionalista, la familia. El padre cuenta, de forma inteligente y certera, incluso clínica, lo que lleva a alguien a simpatizar con el horror. Los relatos románticos, épicos y victimistas sobre el pueblo vasco transmitidos a modo de herencia sacra dentro del núcleo familiar provocan que se desarrolle una deuda moral con los ascendientes. Los deberes hacia una patria, una lengua y una raza diferenciada se confunden de modo inseparable con el deber de honrar a los tuyos. Estar en ETA era cosa de familia, tanto propia, como el caso de los Troitiño, como para desvincularte de una sin linaje euskaldun y ser aceptado en el entorno. Iñaki Viar descubre que era con personas como él con quienes tenía más en común que con los etarras que llegaron a la cárcel años después con delitos de sangre

Tras un año de cárcel en Segovia y de compartir vida y rutina con presos de otras partes de España, incluidos presos políticos miembros del PCE, Iñaki Viar descubre que era con personas como él con quienes tenía más en común que con los etarras que llegaron a la cárcel años después con delitos de sangre. Entonces deja de entender la necesidad de independizarse de los iguales. Descubre que “la diferencia es el nombre elegante de la xenofobia”.

El integrismo tribal que supone el nacionalismo impide que se pueda mostrar ninguna lealtad a ideas distintas. Es un mundo binario, o conmigo o contra mí. Nada existe fuera de la tribu, sólo traidores. En eso se convirtió Iñaki, algo que le llena de orgullo.

La semana pasada, el diario El Mundo publicó que Arnaldo Otegi, coordinador general de EH Bildu, había dirigido una carta a los presos etarras en la que más que animarles a que se afiliasen a Bildu, les llama a filas en lengua española y con lenguaje pegajoso.

La expulsión de la tribu

No es una tarea ajena para el exportavoz de Herri Batasuna. La formación era quien llevaba a cabo un control férreo de la disciplina de los terroristas presos en las cárceles. Se aseguraban de que ninguno de ellos abandonase la organización, la tribu, la familia. Se trataba de evitar que empezasen a pensar por sí mismos, como hizo Iñaki Viar. En ocasiones acudían familiares del asesino a ordenarle que no podía arrepentirse de nada, a pesar de que habrían logrado beneficios penitenciarios. Hacerlo no sólo suponía que la familia perdiese el estatus social que había adquirido por su pertenencia a la banda terrorista, motivo por el que muchas personas se involucraban, para ser alguien en la tribu. No obedecer implicaba la expulsión del entorno, la ruptura con la familia, ser un traidor.

En esta ocasión, Otegi pretende reavivar aquella disciplina que proporcionaba uniformidad y unidad de acción en la familia de los independentistas de izquierdas, como él la llama. Así evita posibles pérdidas de apoyos del sector más duro, al que nunca ha sido ajeno. En segundo lugar está buscando la legitimidad que le llevaría a ser lehendakari. “EH Bildu necesita la experiencia y la fuerza de las celdas para que su proyecto político crezca y situarlo en el lugar que se merece”—afirma en la carta. Esta 'fuerza de las cárceles' representa una reivindicación de la violencia y el crimen político como legitimadores para sustentar su república socialista vasca. Ellos hicieron el camino

'La fuerza de las celdas' pretende utilizar el relato victimista propio del verdugo para ganar legitimidad dentro del mundo nacionalista vasco, representando un mayor sacrificio -entiéndase aquí respecto al PNV- por el proyecto independentista. Pero sobre todo, esa fuerza de las cárceles representa una reivindicación de la violencia y el crimen político como legitimadores para sustentar su república socialista vasca. Ellos hicieron el camino. Es la violencia que cambió radicalmente el mapa político del País Vasco y, en último término, de España a través del asesinato selectivo, una especie de genocidio de no nacionalistas, de españoles. Esto fue lo que llevó a unos a prisión y a otros a los escaños.

Esos presos cuya experiencia y fuerza reclama Otegi, son asesinos como Kantauri, Bienzobas -quien segó la vida de Tomás y Valiente-, Garcia Gaztelu (Txapote) y el peor de la sanguinaria lista, Henri Parot. En su misiva, Otegi les promete la amnistía en dos fases. La primera, el acercamiento a cárceles del País Vasco. Hasta ahora la mayoría de los realizados desde el Ministerio del Interior han sido a prisiones próximas, pero fuera de la Comunidad Autónoma, a la espera de que el Gobierno vasco asuma las competencias penitenciarias.

Rabia y nerviosismo

Pero lo verdaderamente importante de la carta de Otegi, que es un documento de estrategia política siniestra, no es la amnistía prometida, sino la gran batalla que pretende dar, la del relato y la memoria. Quiere imponer una memoria única, la suya, sobre lo ocurrido. Muestra su rabia y nerviosismo ante la proliferación de proyectos audiovisuales que por fin muestran la realidad de las víctimas de la banda terrorista ETA, como lo es Traidores, Bajo el silencio, El desafío: ETA y alguna más.

Otegi aparece en Traidores junto a Josu Ternera llamando “patriotas y compañeros” a cuatro terroristas del comando Vizcaya que murieron en la explosión accidental de una bomba que transportaban. No quiere Otegi que esto forme parte de la historia, ni de la memoria. “No podemos responder mirando hacia otro lado ante los intentos evidentes de imponer un único relato sobre lo sucedido”—afirma.

La cadena de televisión autonómica vasca EiTB, la más cara por habitante de toda Europa con un presupuesto de 160 millones de euros, de los cuales 142,6 son transferencia directa del Gobierno vasco, ha financiado la serie en euskera Altsasu. Insiste en la mentira de la pelea de bar de Alsasua ocultando la paliza a los guardias civiles y sus parejas e ignorando el ámbito de odio en el que aquel episodio se produjo. En 2021 la cadena destinará 28,4 millones para producciones de este tipo.

Sin embargo Traidores no ha recibido financiación y sí alguna negativa de la red de instituciones culturales y audiovisuales públicas, salvo unas imágenes de archivo cedidas por TVE, algo que indica lo necesaria que es. No tiene financiación para poder ser distribuida al menos en Festivales. Por otro lado, los valores abertzales que refleja la serie Altsasu la han hecho merecedora de ser emitida en otra cadena autonómica hermana, TV3, con un presupuesto de 253 millones, 240 de los cuales son transferencia directa del Gobierno catalán.

Necesitan difundir mentiras como las que recoge la serie sobre Alsasua para que el odio se colectivice y se perpetúe. En Traidores también aparece Jon Juaristi y recoge uno de sus poemas que refleja la clave de la memoria y el relato nacionalista. “¿Por qué matamos? porque nuestros padres nos mintieron”.