Las estaturas que ornan nuestras calles, plazas y parques tienen vida propia. Pueden vernos, oírnos e, incluso, en ocasiones desplazarse a su gusto y antojo. Bécquer lo explicó en una de sus leyendas, en la que la pétrea estatua de un guerrero visigodo le arreaba una monumental bofetada con su guantelete de piedra a un osado oficial de Napoleón. Nosotros, lejos de tales truculencias, queremos ofrecerles una historia muy distinta, sin guanteletes ni fantasmas hechos a base de roca pura. Hablaremos del Oso madrileño que, junto al madroño, ve pasar la vida con indulgencia desde ese magnífico observatorio que es la Puerta del Sol. Dice la historia que la Villa y Corte tomó al oso como emblema debido al que cazó el Rey Alfonso XI en los montes que rodean la ciudad. Siendo el úrsido de color parduzco, bautizó el monarca a la montaña donde hizo presa de él, llamándola El Pardo, con perdón. No es extraño, pues, que algunos osos deambulen por las serranías próximas y tampoco que ningún madrileño se sorprenda por tal cosa, acostumbrados a ver tanto político haciendo el plantígrado.

Pues bien, decidido a estirar las piernas, nuestro buen amigo el oso bajó de su pedestal y encarriló sus pasos hacia la Carrera de San Jerónimo para charlar con sus amigos los leones de las Cortes. Los encontró bostezando y sin demasiado entusiasmo. Al preguntarles por qué estaban con un ánimo tan decaído, los felinos respondieron que aquella casa que custodiaban día y noche en vigilante guardia se había trocado de cámara de sesiones en Nuncio de Toledo. Mal asunto, le dijeron al oso, que escuchaba estupefacto, cuando en la sede de la soberanía nacional vale más el que no dice nada y evita que digan los otros que quien se atreve a decir lo que siente. Pluguiera a Dios, pensó el oso, jamás creí que tamaña cobardía anidara en este respetable edificio. No es cobardía, amigo, le dijeron los leones, que es pura vagancia, es pereza, es la molicie que nos hizo perder todo un imperio por culpa de camastrones y badanas, de haraganes que nunca dejarán hacer nada por temor a que alguien les obligue a ellos a hacer algo.

Marchose nuestro cuitado amigo Oso hacia otros predios más risueños y se fue a saludar a la Diosa Cibeles, majestuosa encima de su carruaje, soberanamente divina y divinamente regia. Mi diosa, buenos días tengáis, dijo el oso, a lo que Cibeles, visiblemente enojada, le contestó que buenos serían, pero no para ella. El oso temió que aquella beldad tuviera también afrentas respecto a los corregidores de la villa, pero fue ella misma quien le corrigió. Mi disgusto, amigo mío, es contra esta epidemia de malas maneras, de descorteses, injuriadores, chabacanos, groseros y malcriados que pululan por las calles de esta mi patria alborotando con sus bebidas que los dioses confundan, enseñando mamas fláccidas o ubérrimas, que lo mismo da porque el mal gusto radica en hacerlo y no en la mama, en fin, en toda esa pléyade que, so capa de aparentar una rebeldía que no conocen ni tienen, han sustituido el coraje ascético y modesto del auténtico rebelde por la grosería y los usos soeces propios de truchimanes o mozos de establo. Quisieran vivir como príncipes pero abominan de los reyes, se mofan de las religiones pero guay de quien discrepe de sus prédicas, predican lo que no cumplen y ensucian por donde van. Tamaño sainete hace que mis párpados de piedra me pesen, oso amigo, y estoy por cerrar mis ojos a todo lo que me rodea por no morir de lástima y melancolía. Que nunca hubo buen rey sin buenos vasallos.

Nuestro buen Oso, abatido, encaminó sus pasos hacia el Retiro y allí se encontró con la estatua del Ángel Caído, que destilaba un lustre y un brillo inusual. Oso, ¿a qué esas caras contritas? ¿Acaso te ha sorbido el seso las melancolías y alifafes de leones o diosas? Tú eres el oso de Madrid y ¿tendrá que ser el que cayó por pretender subir a lo más alto quien te recuerde que, por lo que a la humanidad respecta, todo pasa, nada queda, que su vanidad es vapor de olla y que Madrid, en cambio, es y será eterno? Ve, alma de cántaro, y reflexiona, porque no debes prestar tanta atención a lo que de malo haya en estas calles, aunque exista, si lo sabré yo. Atiende mejor a lo bueno, a lo que os honra, a lo que os ennoblece, a lo que ni yo mismo puedo combatir por mucho que me empeñe en enviaros a mis emisarios. Y vaya en hora buena Vuesa Merced, que me huelgo de acompañaros por no querer dejar mi sitio vacío, que hay mucho ganapán rabudo empeñado en arrebatármelo.

Volvió el oso a su lugar y, abrazando tiernamente al madroño, pensó que, de todos, Luzbel era el más atinado. Madrid es cajón de sastre de un porción de cosas pero atesora, singularmente, una: la esperanza.

Y colorín, colorado, hasta mañana a la noche.