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Alejo Vidal-Quadras

Opinión

El 28 de abril, ¿fecha fatídica?

Esta vez no estamos ante la simple articulación de una simple alternancia; algo más profundo y potencialmente muy dañino puede suceder

Foto de archivo.
Foto de archivo. EFE

Cunde la sensación de que las elecciones legislativas del 28 de Abril van a tener un alcance y un significado distintos a todas las anteriores desde las que en 1977 y 1979 configuraron una mutación total de régimen político. En las citas con las urnas para determinar la composición del Congreso y del Senado de los últimos cuarenta años se dilucidaba un posible cambio de gobierno entre dos fuerzas, una de centro-izquierda y otra de centro-derecha, con programas diferentes por supuesto, pero sin que la victoria de la una o de la otra pusiese en cuestión las bases del sistema constitucional de 1978. En esta ocasión, sin embargo, existe la sospecha de que no se trata de articular una simple alternancia, sino de que algo más profundo, más esencial y potencialmente muy dañino puede suceder.

Esta impresión presta a la fecha del 28 de Abril un aire fatídico, un carácter dramático que siembra la inquietud y la angustia en millones de españoles, conscientes de que la arquitectura institucional y el modo de vida que les ha proporcionado un largo período de paz civil, estabilidad social y prosperidad económica se encuentran seriamente amenazados. Los errores se pagan y los errores graves con un precio muy alto. La degeneración de nuestra monarquía parlamentaria en partitocracia corrupta y la complacencia cobarde frente a los separatismos no podían quedar impunes.

Nuestro país ha resucitado su peor pesadilla, la que la Transición pretendió desterrar: la Nación partida en dos mitades irreconciliables que se ven como enemigas

El resultado lo tenemos ante nuestros ojos ahora alarmados: espacios electorales fragmentados, ofensiva independentista desatada, colectivismo liberticida rampante, horizonte recesivo sobrecargado de deuda, ausencia de proyecto nacional y sustitución de la política por la comunicación, un cuadro desolador de mediocridad, superficialidad, evaporación de los principios y enfrentamiento descarnado entre siglas y entre sectores sociales. El hecho de que una de las dos formaciones que hasta hoy habían sido los pilares del orden constitucional esté en manos de un aventurero desaprensivo ciego de rastrera ambición y la otra pugne por sobrevivir asediada en sus dos flancos por rivales que ella misma ha creado con su desidia y su abandono de sus fundamentos ideológicos y morales, nos indica la hondura de la sima en la que España ha caído.

Cuando la democracia pierde todo rastro de consensual para ser puramente de confrontación, y de confrontación sin cuartel, la convivencia civilizada y la libertad corren el riesgo de desaparecer. Nuestro país ha resucitado su peor pesadilla, la que la Transición pretendió desterrar y que ha regresado con maligno ímpetu: la Nación partida en dos mitades irreconciliables que se ven como enemigas. Cabe el consuelo de que, a diferencia de la tragedia acaecida entre 1931 y 1939, la renta per cápita es alta, existe una bien asentada clase media que sirve de amortiguador de eventuales desbordamientos fratricidas y España es miembro de la Unión Europea y de la OTAN. Pese a estos factores que nos protegen del desencadenamiento de la barbarie, la perspectiva un Gobierno socialista presidido por un ególatra tramposo condicionado por aquellos cuyo objetivo es quitarnos el suelo bajo nuestros pies es desazonadora porque el estropicio que puede causar es gigantesco y el esfuerzo de recuperación que requerirá tras su paso devastador nos dejará exhaustos.

El estropicio que un gobierno de Sánchez puede causar es gigantesco y el esfuerzo de recuperación que requerirá tras su paso devastador nos dejará exhaustos

Pedro Sánchez se frota las manos porque prácticamente cualquier escenario tras el 28 de Abril le favorece. Tanto si consigue una suma suficiente de escaños con Podemos y los separatistas, como si una coalición de su Grupo Parlamentario con el de Ciudadanos le permite forzar una abstención del PP para evitar la irrupción arrasadora del radicalismo será presidente del Gobierno. Únicamente una muy improbable mayoría absoluta de PP, Ciudadanos y Vox sería una barrera que neutralizaría al nuevo Frente Popular, pero incluso entonces los complejos de una parte del constitucionalismo y la agitación social que se desencadenaría azuzada por los perdedores dificultaría enormemente la realización del programa de reformas estructurales que España demanda para afrontar con garantías un futuro plagado de dificultades.

Las elecciones tendrán lugar mientras todavía tiemble el aire con el eco de las saetas que han jalonado el transitar cadencioso y solemne de los pasos de Semana Santa. Los que crean en los milagros que pidan uno a la vez que se preparan para lo peor.

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