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Jesús Cacho

Opinión

¿Qué hemos hecho mal para llegar a este punto?

Pedro Sánchez .
Pedro Sánchez . EFE

Los españoles hemos soportado con estoicismo dos debates electorales a cuatro capaces de aburrir a millones salidos del trance con la cabeza caliente y los pies fríos. A 48 horas de la apertura de las urnas, todo está en el aire. Es opinión general que el primero lo ganó Rivera, que el segundo se lo llevó Iglesias, que Casado mejoró con el cambio y que Sánchez perdió ambos. Curiosa la performance del líder de Podemos, nuestro incorruptible Robespierre reconvertido en pacífico mosén dispuesto a predicar en misa de 12 las virtudes de la moderación entre una feligresía que le tiene retratado de cuerpo entero, que no le cree, amortizado como está desde que cambiara su humilde condición de insólito jornalero vallecano por el marquesado de Galapagar. Iglesias o la capacidad del ser humano para levantarse de la lona cuando las cosas pintan mal y hay una dacha que mantener y una familia que alimentar. Aseguran que en Podemos han pasado de la aceptada resignación de lo inevitable a la relativa euforia de quien ha logrado rescatar una parte de esa tropa indecisa que le votó en 2015 y que pensaba cambiar de acera en el barrio de la izquierda.

Euforia también en los predios de Ciudadanos. Rivera ha olido la sangre que brota de las deserciones que acorralan la sede de Génova y corre calle abajo en dirección a la estatua de Colón, y sueña con asestar un golpe definitivo en la batalla por el liderazgo de la derecha. Dramático el momento que se intuye para Pablo Casado o el todo a una carta en el atardecer de un domingo de abril. Es la dificultad de presentarte como algo nuevo cuando no has acabado con lo viejo, cuando anuncias la conquista del futuro sin renunciar a la mochila del pasado, cuando formulas un ideario liberal sin hacer anatema de la traición a esos principios tan groseramente mancillados por el cobarde Rajoy. Esa fue la razón por la que millones huyeron despavoridos de la antigua casa común, primero a Ciudadanos y después a Vox. ¿Piensas recuperarlos, Pablo, sacando de nuevo a relucir a Mariano, uno de los grandes culpables, si no el que más, de la encrucijada en la que nos encontramos? ¿Piensas atraerlos enarbolando las mismas viejas corruptas banderas? Intentas bracear en pleno debate, Pablo, pero no logras avanzar porque te sientes atrapado en el barro de un pasado reciente con el que no te atreves a cortar del todo, razón de más para caminar encorsetado y con el freno de mano echado.

¿Qué hemos hecho para merecer esto? ¿Qué pecados hemos cometido para llegar a este punto? ¿En qué hemos errado?

No menos dramático el envite al que se enfrenta Sánchez. Razón tenía el presidente por accidente cuando huía de los debates televisados como del agua hirviendo. Los episodios del lunes en RTVE y del martes en Atresmedia le han retratado de cuerpo entero, confirmando lo que todo el mundo sabía y su claque mediática se empeñaba en ocultar: que es un majadero integral, impostado hasta el ademán, necio hasta para posar, falso hasta para fingir. Mal pertrechado para el cara a cara, su carácter rebela la edad mental de un niño de primaria que se enfada a las primeras de cambio y protesta cuando le quitan el juguete, le cantan las cuarenta o simplemente le llevan la contraria. Un tipo irascible que tuerce el gesto y pierde los nervios a la menor contrariedad. Un fatuo fascinado por la arboladura de un físico que corona una cabeza vacía de contenido. Un cero a la izquierda intelectualmente hablando. Una ambición de poder sin límites y sin ideología conocida. Un peligro, desde cualquier punto de vista, como eventual presidente del Gobierno.

Con estos bueyes hay que arar. Quienes en los últimos años del franquismo aportamos nuestro granito de arena en la búsqueda de una España democrática capaz de servir de marco de convivencia para todos los españoles; quienes asistimos al milagro de la Constitución del 78 y al prodigio del perdón colectivo entre vencedores y vencidos; quienes, primero con Felipe y después con Aznar, presenciamos el espectáculo de una España que despegaba y se desprendía de su miserable costra de siglos, quienes asistimos a todo eso y mucho más jamás pudimos imaginar que a la altura de 2019 llegaríamos a vivir un momento como el actual, tan cargado de negros presagios, tan silueteado de peligros para la paz y la prosperidad de todos. ¿Qué hemos hecho para merecer esto?, ¿qué pecados hemos cometido para llegar a este punto?, ¿en qué hemos errado? o ¿en qué equivocaciones hemos incurrido para seguir, cual eternos Sísifos, condenados a sostener para siempre la piedra de nuestros demonios familiares históricos por la cuesta arriba del atrabiliario tribalismo hispano?

El rumbo se torció en 2004 con la llegada al poder de Zapatero tras los atentados del 11-M, y la deriva se consolidó con la traición del Gobierno de la derecha de Rajoy a los principios del espacio liberal. Muchas cosas hemos tenido que hacer mal para haber llegado al cruce de caminos en que nos encontramos, con los lobos del separatismo intentando romper la bóveda de crucería de la unidad de la nación bajo la que se cobija la garantía de nuestras libertades. Muchas cosas mal como sociedad para haber alcanzado este momento crucial, apenas a unas horas de las elecciones más importantes en mucho tiempo. Nos hemos acomodado, cierto; nos hemos rendido al becerro de oro de la súbita riqueza de unos pobres de siempre; nos hemos entregado a la vida muelle; hemos permitido muchos desmanes. No nos hemos alzado. Hemos renunciado al cambio desde dentro. Hemos tolerado el paulatino desprestigio de nuestras instituciones. Hemos consentido muchos ultrajes a la calidad de nuestra democracia, permitiendo el deslizamiento de una clase política cada vez más inane por la curva de una corrupción galopante y una irrelevancia notoria.

Un cambio de rumbo llama a la puerta

Sería cínico, con todo, echar la culpa de lo ocurrido a una clase política que es reflejo de una clase media social. Sobre la mesa electoral, tres platos con guisos de derecha a gusto del consumidor. A la vista de la experiencia acumulada, uno se siente incapaz de recomendar ninguna de esas recetas so pena de ponerse colorado. So pena de tener que recordar sus fallas, incluso de sentir vergüenza ajena. Ninguna de las tres, sin embargo, supone un riesgo esencial para la continuidad de nuestro sistema democrático y la jerarquía de valores que ha permitido progresar a España en cuarenta años más que en cuatro siglos. Por desgracia no se puede decir lo mismo del PSOE, de este PSOE que poco o nada tiene que ver con el de Felipe, Guerra, Rubalcaba y tantos otros notorios socialistas que dejaron su huella en el progreso económico y social del país. Al fin y al cabo fueron Felipe, Guerra y compañía quienes desalojaron de Ferraz al mentecato con el argumento de imaginarlo dispuesto a hacer lo que efectivamente hizo una vez devuelto al poder en el partido: pactar con los enemigos de la nación a cambio de sus votos para llegar a Moncloa. En su descargo hay que decir que el pájaro estaría dispuesto a gobernar con el lucero del alba en tanto en cuanto le aseguraran su juguete. Con Vox si hiciera falta. Él no es ni de derechas ni de izquierdas. Él es de Pedro Sánchez.

El futuro de España está en peligro, y aquellos españoles conscientes de esa situación de riesgo están obligados a hacerse el domingo la misma trascendental pregunta y a trasladársela, al menos mentalmente, al potencial ganador encuestas mediante: ¿volverá usted a servirse de los enemigos de la unidad de España para continuar en Moncloa?, ¿está usted dispuesto a pactar con Otegui, Junqueras, Puigdemont y compañía para seguir en el machito? Aquí no hay más que dos opciones: el PP y Ciudadanos, con Vox como testigo de boda, con todos sus interrogantes, todas sus complicaciones, que no son pocas, o un Gobierno Sánchez, con Iglesias en la cocina de la política económica (la loca combinación de incremento del gasto-subida de impuestos, con un binomio déficit-deuda insostenible, en una economía en desaceleración y sin instrumentos monetarios propios para atenuar el desastre) y el apoyo parlamentario del separatismo catalán y el nacionalismo vasco, dispuestos todos esta vez a pedir lo suyo bajo firma a pie de página.

Dicho lo cual, esta es una llamada a la responsabilidad, no una apelación al miedo. Niente paura. En la España de hoy constituyen legión los profesionales de todas las categorías que, hombres y mujeres, son magníficos desde todos los puntos de vista en sus respectivas áreas de actividad, médicos, maestros, ingenieros, investigadores, mecánicos de precisión, albañiles, artesanos, artistas… Este es un gran país, un país importante, tan admirado en el exterior como vituperado en el interior por nosotros mismos, y esa España, esos españoles de primera todos, no van a permitir bajo ningún concepto que este gran proyecto de convivencia colectiva se diluya por el albañal de cuatro malvados ansiosos de poder, en alianza con los totalitarios enemigos de España. Un cambio de rumbo histórico está llamando a la puerta.

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