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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (DÍA 2)

No habrá muebles que montar ni rincones que limpiar

Este confinamiento te enseña que cosas tan saludables y entretenidas como mirar a las musarañas están proscritas. Cuando no quede nada que hacer, habrá que optar entre el 'baby boom' o el divorcio

Habrá que elegir entre el 'baby boom' o el divorcio.
Habrá que elegir entre el 'baby boom' o el divorcio. B.P. Schulberg Productions

Hasta dentro de nueve meses no sabremos con certeza si este confinamiento provocará un baby boom que, por cierto, resultaría bastante apropiado en este trozo de planeta que cruza errante la sombra de Caín. Por lo que se escucha en mi vecindario y se lee en los grupos de Whastapp parece que, por el contrario, el coronavirus va a multiplicar el número de separaciones.

Para desentrañar esas consecuencias del enclaustre tendremos que esperar. Lo que sí sabemos ya es que esta crisis favorece sobremanera la higiene, el bricolaje y el orden domésticos. Es un hecho que a este paso en las casas de muchos ciudadanos, incluida la de un servidor, no va a quedar un mueble sin montar ni un rincón sin limpiar ni una estantería sin ordenar.

Vivimos tiempos frenéticos. Tenemos demasiada prisa a todas horas. No me atrevo a pontificar sobre si es cierto o no eso de que los seres humanos contemporáneos no estamos hechos para la contemplación y la tranquilidad. Pero es rigurosamente cierto que los seres humanos contemporáneos no podemos sumergirnos en la contemplación o la tranquilidad cuando somos observados de cerca por la pareja. Ese marcaje te obliga a estar ocupado e incluso a simular que lo estás. Esta realidad tan cotidiana se agudiza al estar confinados

Como todos los lunes, eso no cambia aunque tengas la suerte o la desgracia —eso ya lo aprenderemos— de trabajar desde casa, el día ha sido duro. La cena ha sido decente, el niño por fin se ha dormido y quieres ponerte el capítulo de esa serie de Netflix sobre asesinatos en algún país escandinavo —qué tétricos son estos nórdicos, por hablar de todo un poco—, pero notas esa mirada admonitoria que te recuerda tal o cual tarea pendiente.

Es esa misma mirada que antes solo aparecía los fines de semana pero ahora será permanente los días laborables. Es la mirada hiriente que te derrota porque te pone ante el reflejo de tu propia vagancia. No puedes confinarte en el sofá. Y lo peor es que tú también adoptarás esa mirada para que el otro tampoco pueda hacerlo.  

Este confinamiento, en suma, te enseña que cosas tan saludables y entretenidas como mirar a las musarañas están proscritas en las familias. La abulia está infravalorada. Siempre hay que hacer algo. Uno se lo recordará al otro cuando se le olvide. Y la verdad es que hasta en ese glorioso momento en que el niño duerma siempre tendrás las opciones, te apetezcan o no, de ponerte a limpiar cualquier parte de la casa por remota que sea o de ponerte a arreglar cualquiera de esos destrozos que siempre dejabas "para cuando tenga tiempo". 

La paradoja es que ahora tenemos más tiempo que de costumbre pero no podemos ni sabemos escapar de ese ritmo atolondrado que nos gobierna. Deberíamos cambiar el chip por la cuenta que nos trae. Porque esto va para largo —Ábalosdixit— y porque no todos vamos a tener que dedicarnos a tareas tan intensas como ese imposible que consiste en renunciar a una herencia antes de recibirla. Cuando ya no queden rincones por limpiar ni muebles por montar ni estanterías que ordenar, es decir cuando no quede nada que hacer, será el momento de la verdad. Seguirá sin haber hueco para el aburrimiento y habrá que tomar la decisión. O baby boom o divorcio.    

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