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Juan Zamora Terrés

Opinión

Los demagogos salvavidas

Open Arms tuvo su minuto de gloria y la oportunidad de consolidar un grupo empresarial levantado sobre la subvención

Buque de la ONG española Open Arms en aguas italianas.
Buque de la ONG española Open Arms en aguas italianas. EFE

La actualidad informativa devora cualquier suceso o acontecimiento a velocidad de vértigo, sin que hayamos tenido tiempo de asimilar o comprender el origen, las causas y las consecuencias. Hubo un tiempo, no hace tanto, que estaba en candelero hablar de los emigrantes que llegaban a Europa por medio de unas embarcaciones precarias, gomones o pateras, armadas por unas empresas mafiosas que cobraban un pesado peaje. Garantizaban esas mafias que el riesgo era escaso, pues ellos se encargaban de avisar a los barcos de las organizaciones dizque humanitarias que les esperaban, y en el peor de los casos cualquier buque que les avistara estaba obligado a recogerlos en cumplimiento de lo dispuesto en el Convenio de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Eran náufragos de conveniencia, falsos náufragos que se amotinaban si el buque salvador pretendía dejarlos en algún puerto no europeo. Ellos habían pagado muy caro el viaje a Europa, no a un puerto argelino, tunecino, marroquí o libio, por muy seguro que éste fuera.

Quienes podían pagar el pasaje exigido por las mafias eran los menos desprotegidos de la masa de personas que quieren alcanzar el cielo europeo, mucho mejor, creen, que sus lugares de origen aún en el peor escenario. La mayoría han de jugarse la vida como polizones o dejarse la piel intentando saltar las vallas y los controles fronterizos. Pero los afortunados con dinero obtienen plaza en el gomón que un maleante sin escrúpulos está armando en una ensenada de Libia, de Marruecos, o de Mauritania.

Grandes palabras

Los países europeos -y los países desarrollados que constituyen objetivos para las personas que huyen de la miseria económica y social- no acaban de encontrar soluciones para esa inmigración descontrolada. Aceptarlos y no poder integrarlos en condiciones, caso de España y de otros muchos países, significa condenarlos a la mendicidad o la delincuencia y provocar un problema político de graves consecuencias. Rechazarlos o internarlos en centros ad hoc supone desatar la demagogia canalla de quienes se llenan la boca de grandes palabras, justicia, igualdad, dignidad, y se pregonan a sí mismos como salvadores de la Humanidad. Apelan a los sentimientos más simples y consiguen que muchas personas simpaticen con ellos.

Muy pocos le preguntan por qué no lucha por abrir las fronteras si de verdad le interesa la vida de quienes desean llegar a Europa

Tenemos en España un ejemplo cabal de este tipo de manipulador, una organización empresarial, Pro Activa Open Arms, dirigida por un populista de palabra agria, que se ha erigido en defensor de los náufragos de conveniencia y ha chuleado sin escrúpulos a las Administraciones públicas (el Ayuntamiento de Barcelona le regaló 600.000 euros, el de Madrid 100.000, etcétera), con el cuento de que “salva vidas”. Muy pocos le cuestionan esa labor de colaboración con las mafias; muy pocos le preguntan por qué no lucha por abrir las fronteras si de verdad le interesa la vida de quienes desean llegar a Europa.

Muy pocos tienen el valor de enfrentarse a la demagogia, pues son tachados de gente sin alma, o como les acusó el inefable Manuel Castells, ministro de Universidades del Gobierno de Pedro Sánchez (según consta en la nómina del Consejo de Ministros, pues no se sabe a qué dedica su tiempo), personas con “bajeza moral y falta de humanidad”, una acusación que el secuaz aprovechado de Ada Colau hacía extensible a la vicepresidente del Gobierno español, Carmen Calvo (La Vanguardia, 31 de agosto de 2019).

Ahora ya no está el tema de la migración por vía marítima en primer plano de actualidad. Open Arms tuvo su minuto de gloria y la oportunidad de consolidar un grupo empresarial levantado sobre la mentira, la subvención, el silencio de la sociedad y la complacencia de unas políticas y unos políticos analfabetos y sectarios que, lejos de resolver los problemas que les competen (no saben más), alimentan la demagogia y la crispación social.

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