Una de las incorporaciones más nefastas a nuestra política ha sido el concepto de “asimetría” y sus derivadas, que ha venido a justificar el odio siempre que sea ejercido por nosotros contra otro al que se le añaden todos los gestos y signos del mal de males. Así, una diputada de Podemos puede justificar el acoso a Begoña Villacís -cuando la vicealcaldesa estaba, además, embarazada-; así, la izquierda y el independentismo puede tachar a Isabel Díaz Ayuso de loca, ida e incluso de “frenopática”; al tiempo, todo ello, que se acusa a la oposición de ultra, crispación y conflicto social.

Esto de la asimetría, que empezó siendo parlamentaria y ha acabado siendo moral, es de esos artefactos que arrancan como estrategia de campaña y acaban como distorsión profunda de la cultura política. Tanto como para que buena parte de la opinión pública considere no sólo aceptable, sino muy adecuado y conveniente, acosar a una mujer o insultarla. Es la sustitución de la civilidad por el tribalismo.

Establece esta gente que la convivencia entre grupos con caracteres diferentes es imposible y que, por tanto, sólo queda la imposición sobre el otro para garantizar la propia existencia

Una sustitución, además, planificada. No es que los líderes de la nueva izquierda española tengan una pulsión desmedida por el combate o que padezcan traumas infantiles porque les quitaran el bocadillo en el recreo. Es Mouffe puesta en práctica: la división consciente de la sociedad a partir de elementos particularísimos -orientación sexual, ideas de género, etc-, estableciendo la ficción de que la convivencia entre grupos con caracteres diferentes es imposible y que, por tanto, sólo queda la imposición sobre el otro para garantizar la propia existencia.

Es propio de líderes políticos sin fondo, de líderes de guardarropía, aventar esta clase de fracturas, y propio de democracias en problemas, que puedan ser tan fácilmente emboscadas con palabros y concetos tan rudimentarios como el de la asimetría. Sólo quien se sabe incapaz de ejercer un liderazgo pleno, que incluye el respeto al otro, busca la eliminación del contrario y, cuando esto es imposible, como en el caso de la presidenta del Comunidad de Madrid, el emponzoñamiento de su reputación y de su dignidad pública.

El tiempo de la nación

Si la sociedad no reacciona, si no hay una respuesta más o menos mayoritaria cuando a Ayuso se la insulta inmisericordemente o el vicepresidente del Gobierno -ahora convertido en pandillero con escolta- llama al sabotaje a medios de comunicación, es que la propia sociedad se ha convertido en asimétrica; en sociedad a medias que sólo abarca al nuestro y destierra de la ciudadanía al otro.

Resulta inútil reclamar una reflexión más o menos sincera, porque quienes deberían hacerla -líderes políticos, sociales, etcétera que están al frente de la izquierda en España- son conscientes de que al final de esa reflexión se toparían con una triste verdad que no están dispuestos a asumir: que, de seguir por este camino de la erosión y la fractura, el resentimiento y el odio, acabará por romperse la sociedad.

Inútil porque al sustituir el espejo en el que se regodea su narcisismo por una cola del hambre o un autónomo quebrado y endeudado, la conciencia empezaría a martillearles y tendrían que elegir entre el poder -que sólo pueden alcanzar desde la división, desde una sociedad instalada en la dicotomía- y la responsabilidad patriótica con su país y su tiempo.

Tal y como quedó demostrado con la estrategia de mociones planeada por Moncloa, el alejamiento entre gobernantes y gobernados es evidente. El cosmos de particularismos y obsesiones que rodea la mente de los líderes es cada vez más tupido; es la nuestra una política cada vez más solipsista, que quizá haya que asumir de una vez por todas que es el tiempo de la nación y no del Estado; el tiempo de tomar el futuro del país y de las costuras que lo unen, asumirlo como lo que es, algo propio, que nos pertenece a todos, y sostenerlo por encima de de todos y de todo.