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Natalia Bravo

Opinión

Lo obsceno de querer el bien

Para hacer leyes es necesario prescindir de la singularidad, aunque estén diseñadas para preservar al individuo y garantizar nuestra convivencia

Funeral de Gabriel Cruz.
Funeral de Gabriel Cruz. EFE

Dar con el punto medio no es sencillo. Detecto esa complejidad, por ejemplo, cuando cocino. Activo todos mis sentidos para dar con ese punto justo que no deje ni salado ni insípido el plato, ni demasiado secas las verduras, ni dejarlas reblandecidas tras la cocción. Que un ingrediente picante no tape el sabor del resto. En fin, todo un arte el conseguir un buen resultado, pero para ello una se obceca hasta obtenerlo haciendo uso del sabor y el olfato, con prudencia y tacto. Con el tiempo, a base de muchos platos insulsos y desabridos, una aprende a controlar en ese reducido espacio entre fogones lo que se me escapa poder sopesar afuera.

Si trasladamos esa mesura al mundo para calibrar el bien para todos, ese lugar donde confluyen los intereses de la mayoría y donde no nos trituremos entre nosotros, debemos encontrar un equilibrio donde nadie quede fuera. Como cuando todos los ingredientes mezclados dan un sabor armónico, solo así se articulará un clima de bienestar, pero ¿nos hemos preguntado cuáles son los bienes en común que preservan o benefician al conjunto de la sociedad? Una respuesta fácil y plana sería que nadie quiere el mal, porque todos anhelamos una sociedad justa donde nunca prevalezcan los intereses individuales que pudiesen enterrar los intereses colectivos. Más o menos, eso se traduce en democracia. Sin embargo, hasta la democracia arrastra sus errores y comete sus fallos.

Solo afrontamos la responsabilidad del bien común y nos movilizamos para velar por ella cuando la catástrofe se toca y se ve

Es paradójico que nadie detecte anticipadamente a un asesino. Tampoco se perciben, previo a la tragedia, unas carencias en su conducta de forma que se evite el mal. Aún andamos anestesiados sobre qué es eso del dolor ajeno, como para detectarlo antes de que el mal sea mayor. Es después de que ocurre el crimen y pasa a un estado irreversible que rechazamos la vileza y eso nos lleva a todos a la catarsis colectiva. Pero quizá la reacción llega tarde. Afrontamos la responsabilidad del bien común y nos movilizamos para velar por ella cuando la catástrofe se toca y se ve. Creer que hasta entonces no nos pertenecía la responsabilidad es un engaño. En todos recae que el espacio común sea un lugar integrador.

¿Qué podemos hacer? En Europa, después del horror de la Segunda Guerra Mundial surgió la idea de abogar por la fraternidad para frenar de alguna manera la sed de venganza que pudo provocar esa bestialidad inhumana. Habría que volver ahí para dar con una fórmula a los problemas del presente, a los cotidianos y que creemos irreparables, antes de caer en la trampa de dar por perdida la sociedad como un espacio cohesionado y expulsar de ella al que tratamos como el demonio. He ahí lo obsceno de querer el bien, porque no lo queremos para todos. Para hacer leyes es necesario prescindir de la singularidad, aunque estén diseñadas para preservar al individuo y garantizar nuestra convivencia.



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