Se celebró el otro día en Pekín el centenario del Partido Comunista Chino. La coreografía la tenían muy bien ensayada. La estrella de la función eran unos helicópteros sobrevolando el bulevar principal de la ciudad en formación muy apretada formando el número 100. Luego unos cazas que escupían una estela de color rojo y amarillo surcaron los cielos de la capital. No hubo desfile militar. La celebración propiamente dicha, con muchos uniformes y banderitas, tuvo lugar en la plaza de Tiananmen. Allí en perfecta formación se dispuso una multitud muy bien ordenada por cuadrantes, cantaron unos himnos, lanzaron unas salvas de artillería, Xi Jinping dio un discurso y eso fue todo. Yo esperaba algo más más, un gran desfile como aquellos de la plaza roja de Moscú en la época dorada de la Unión Soviética. Pero no, el Gobierno chino tiene ya tanto poder que no necesita desfiles militares para hacerlo visible. Está mucho más interesado en mostrar al mundo que el régimen es muy popular y que los chinos están encantados con el comunismo al estilo chino.

Organizaron por la noche un espectáculo de luces y sonido en el estadio olímpico con miles de asistentes a quienes unos drones grabaron desde el aire. No eran espontáneos, sino gente del Partido adiestrada para interpretar la ceremonia desde las gradas como un tifo futbolístico. Entretanto, en las pantallas del estadio se loaban los logros del régimen: las grandes obras públicas como los trenes de alta velocidad, las presas, las autopistas de ocho carriles por sentido, los rascacielos de las grandes ciudades, las cápsulas espaciales y los médicos luchando contra la covid. Entre estos últimos no aparecía obviamente Li Weinliang, el héroe de Wuhan que avisó al mundo de lo que estaba pasado en la ciudad antes de morir.

El remate final fue un gran castillo de fuegos artificiales, algunos tan bien sincronizados que dibujaron cinco estrellas de cinco puntas en el cielo de Pekín. En definitiva, un espectáculo propagandístico muy bien realizado para luego servirse por internet, en YouTube mismamente. Eso sí, los chinos en YouTube no podrán verlo porque no pueden acceder a ese servicio. Lo tendrán que ver por Tencent, que es el YouTube chino. Aunque lo más probable es que no les llame la atención. Toda la iconografía desplegada durante el aniversario es muy familiar para ellos. Pero en este aniversario no se miraba tanto al pasado como al futuro, de hecho, todo se enfocó en el futuro de una forma especialmente intensa, y no solo en el futuro de China y el Partido Comunista Chino, sino más concretamente en el futuro del líder del Partido y presidente Xi Jinping.

El 1 de julio fue el cumpleaños oficial del Partido, pero también el inicio de una operación que poco tiene que ver con el pasado y mucho con el futuro inmediato del partido y de la propia China

Voy más lejos, por primera vez desde la muerte de Mao Zedong en 1976 a los chinos de a pie se les está diciendo que todo el futuro, que todos los futuros posibles, se reducen una sola persona llamada Xi Jinping. Desde la muerte de Mao China no había encontrado un líder tan carismático como este hombre, alguien con un apoyo tan abrumador por parte del Partido y con una hoja de ruta a largo plazo tan clara y meridiana. Esto significa que la fiesta del aniversario no fueron sólo un par días ondeando banderas rojas y lanzando fuegos artificiales. El 1 de julio fue el cumpleaños oficial del Partido, pero también el inicio de una operación que poco tiene que ver con el pasado y mucho con el futuro inmediato del partido y de la propia China. Xi Jinping quiere deshacerse de los restos del liderazgo colectivo que se estila en el Partido Comunista de China desde hace más de 40 años y convertirse en un caudillo incuestionado.

Podríamos pensar que el hiperliderazgo de Xi Jinping afectará de lleno al partido, pero no tanto al país. En China el Partido y el Estado son la misma cosa. El Partido representa la aristocracia estatal. El partido en sí tiene 92 millones de miembros, parecen muchos, pero en China hay 1.400 millones de habitantes, por lo que sólo 6 de cada cien chinos tienen carné del Partido. La organización se va renovando poco a poco, pero no se nutre de los “trabajadores” que dice representar. Un ejemplo, en 2019 fueron aceptados en el Partido dos millones de personas, de esos dos millones sólo 6.000 provenían de las fábricas o las explotaciones agrarias. El resto eran hijos o allegados de otros miembros, una suerte de casta que lleva generaciones orbitando en torno al Partido.

El PCCh es en esencia un almacén de tecnócratas y empresarios favorecidos por el Estado. No hay más rendición de cuentas que la que exige el propio Partido. Esa rendición de cuentas se cifra más en la lealtad a los superiores que en los resultados. No hablemos de transparencia porque esa ni está ni se la espera. Eso de que el gobernante tenga que mostrar lo que hace y por qué lo hace, o que esté sometido a críticas por parte de la sociedad civil es un mal hábito liberal que critican desde la prensa oficial, en la que abundan los ataques a los sistemas democráticos de Occidente, todos, según ellos, decadentes y corruptos. Frente a la supuesta decadencia occidental (que muchos en el propio Occidente compran sin reparos), el régimen vende logros altisonantes materializados generalmente en grandes obras públicas.

Los chinos tienen tan capada la red que les cuesta enterarse de lo que se cuece más allá de sus fronteras. Lo cierto es que a muchos de ellos tampoco les interesa

Si echamos un vistazo al Diario del Pueblo, un periódico digital que ofrece varias ediciones, una de ellas en español, lo primero que concluimos es que China es el país más feliz del mundo. Encontramos, aparte de un especial sobre el centenario, dos editoriales extensos sobre como “los derechos humanos al estilo estadounidense avivan el odio” (sic) o como “el racismo intimida a las minorías en EEUU” (resic). De las violaciones a los derechos humanos de los uigures en Sinkiang nada se dice, tampoco de los problemas en Hong Kong, o de cómo han cerrado el diario Apple Daily justo para hacerlo coincidir con la entrega de Hong Kong por parte del Reino Unido el 1 de julio de 1997. En Pekín son muy aficionados a reincidir en ciertas fechas para ir recargándolas de significado. Algo como lo de Hong Kong no puede aparecer en el Diario del Pueblo porque es simple propaganda gubernamental, pero tampoco podrá verse en ningún periódico o cadena de televisión. Ni siquiera por internet. Los chinos tienen tan capada la red que les cuesta enterarse de lo que se cuece más allá de sus fronteras. Lo cierto es que a muchos de ellos tampoco les interesa. Tienen un empleo y buenas expectativas de futuro. Eso les mantiene despreocupados. Todo lo que esperan es que el Gobierno mantenga las condiciones para el crecimiento económico, es decir, que las fábricas sigan echando humo y los barcos cargados de mercancías continúen zarpando de los puertos. El milagro chino es esencialmente ese, y Xi Jinping lo sabe a la perfección.

Desde que se convirtió en líder del partido en 2012, Xi ha consolidado su poder a una velocidad asombrosa, ha eliminado a los rivales y a toda la disidencia política que había en el exterior del Partido. Se ha posicionado en igualdad con Mao Zedong en el panteón del PCCh. Se espera que intente repetir un tercer mandato y que se aferre al poder como lo ya lo hizo Mao, pero sin que los chinos se mueran de hambre, algo que aprendieron de la primera fase revolucionaria que a punto estuvo de acabar con el régimen a finales de los años ochenta. Hay un detalle que suele pasar desapercibido, pero que tiene su importancia. De puertas adentro en la prensa a Xi Jinping se le denomina “líder del pueblo", ese título no se adjudicó a ninguno de sus antecesores. Nadie llamó líder del pueblo a Hu Jintao o a Jiang Zemin. Sólo Mao fue honrado con lo de “líder del pueblo”.

Quien controla el Partido controla el país. Las distintas facciones tratan de estar representadas en ambos órganos y que haya cierto equilibrio. Eso es lo con lo que Xi Jinping quiere acabar

Se ha creado incluso un "Pensamiento de Xi Jinping", y tras él ha llegado el culto a la personalidad. Pero aún no ha concluido su cooptación total del Partido, que es la fuente de todo el poder. El próximo año se celebrará el XX Congreso del PCCh. En estos congresos, celebrados cada cinco años, se fija la estrategia del partido para el siguiente lustro y se anuncian los cambios en el Politburó de 25 miembros y en su comité permanente de sólo 7 miembros. Quien controla ambos controla el Partido. Quien controla el Partido controla el país. Las distintas facciones tratan de estar representadas en ambos órganos y que haya cierto equilibrio. Eso es lo con lo que Xi Jinping quiere acabar. En el Congreso de 2017 dio sus primeros pasos y dejó el remate de la faena para el Congreso de 2022.

¿Por qué no lo hizo en 2017? Seguramente porque en aquel momento la constitución limitaba el cargo de presidente de China a sólo dos mandatos. Para quitarse ese escollo de en medio la modificó en 2018 para eliminar la limitación. El desafío de Xi Jinping es asegurar el control del Partido y, al tiempo, velar por su estabilidad interna. Tiene además que ir previendo la sucesión porque en dos años cumplirá 70 y no va a ser eterno. En algún momento empezará a perder facultades y necesitará un báculo en el que apoyarse para luego entregarle el poder. Si echamos un vistazo a la historia, las sucesiones dentro del PCCh han sido complicadas. En 1976, la muerte de Mao provocó una pelea entre la llamada Banda de los Cuatro y su sucesor, Hua Guofeng, que terminó en su detención y juicio. A partir de ahí pensaron que lo mejor era mantener cierto equilibrio, que todas las familias se sentasen en el Politburó. A partir de Jiang Zemin a finales de los ochenta hicieron coincidir el cargo de secretario general del Partido con el de presidente de la República para evitar contrapoderes efectivos y enfrentamientos innecesarios que minasen la autoridad del Partido.

Si continúa la trayectoria actual, Xi concentrará cada vez más poder en sus propias manos, incluso cuando deba compartir parte de él con un delfín. La pregunta es qué pasará cuando Xi Jinping ya no esté. Cuando Mao estaba en su lecho de muerte ungió a Hua Guofeng como su sucesor. Nadie osó llevarle la contraria. Pero, después de su muerte, el poder de Hua duró sólo unos años antes de que sus rivales en el partido, entre ellos el astuto Deng Xiaoping, comenzaran a diluir su autoridad. En 1981, sólo cinco años después de morir Mao, ya le habían sacado de la secretaría general. Deng Xiaoping maniobrando muy hábilmente desde la comisión militar de la república le dobló la mano y rehízo el sistema. Xi Jinpingg conoce bien la historia reciente de China, pero su plan es mucho más ambicioso. No quiere sólo mantener el poder en China. Aspira al liderazgo mundial y a reconfigurar las relaciones internacionales en torno a Pekín. La primera parte la tiene casi asegurada, la segunda se le podría terminar indigestando.